Oportunidad perdida

Oportunidad perdida

La profunda crisis que atraviesa la democracia inquieta a muchos, pero nadie sabe bien cómo afrontarla. El historiador alemán Jörg Baberowski aborda esta cuestión en «Am Volk vorbei - Zur Krise der liberalen Demokratie»
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Jörg Baberowski
Buchcover Am Volk vorbei

Jörg Baberowski | Am Volk vorbei | C. H. Beck | 208 páginas | 25 EUR

Am Volk vorbei / Zur Krise der liberalen Demokratie (Más allá del pueblo / Sobre la crisis de la democracia liberal) es el título del libro que Jörg Baberowski, catedrático de Historia de Europa del Este en la Universidad Humboldt de Berlín, publicó en febrero con C. H. Beck. Aborda un tema que me ronda la cabeza desde hace mucho tiempo. El primer capítulo se titula «¿Más allá del pueblo? Democracia y populismo» El autor afirma que la democracia se encuentra en un estado crítico, que podría sobrevivir o desaparecer, pero que en ningún caso puede seguir siendo lo que es.

El autor sostiene que el populismo es la fuerza que podría revitalizar la democracia liberal y moderna. Al hacerlo, reconoce explícitamente a los populistas como demócratas y asegura que en ningún caso quieren abolir la democracia. En cuanto a los demócratas liberales, considera que deberían dialogar con los populistas e intentar ponerse en su lugar. Si lo hicieran, todo volvería a ir bien, ya que lo único que hoy puede ayudarnos es retomar la práctica del diálogo para alcanzar un entendimiento. Sin embargo, atribuye la responsabilidad de esta comunicación exclusivamente a los demócratas liberales, sin exigir nada a los populistas. Incluso si estos mintieran, no habría nada que reprocharles, escribe Jörg Baberowski, pues de ellos no se espera otra cosa.

Al final de la primera página, se pregunta cómo conciliar las pretensiones de poder con la demanda de participación, así como el deseo de igualdad con la libertad. A continuación, habla de dominantes y dominados sin distinguir entre dictaduras, regímenes autoritarios y democracias. Esta ligereza, que se mantiene a lo largo de todo el libro, me resulta escandalosa. Nací y crecí en Alemania Occidental y llevo más de 20 años viviendo en Bélgica. Ambos países son democracias sólidas. En ninguno de los dos he sido —ni soy— dominado, sino gobernado (otra cuestión es si ese gobierno es bueno, malo o mediocre). Puede parecer una diferencia menor, pero para mí es absolutamente esencial.

Tras este planteamiento inicial, el autor no tiene problema en elogiar a Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, y su democracia antiliberal, sin decir ni una sola palabra sobre el control de los medios de comunicación y el poder judicial, la corrupción rampante o el reducido círculo de «dominantes» que se enriquece a costa de los «dominados».

Hacia el final del primer capítulo, Jörg Baberowski desacredita de antemano cualquier intento de crítica: «Las tesis que se presentan en este libro se apoyan en eminentes pensadores que saben más sobre la esencia de la democracia de lo que yo podría haber leído jamás, y cuyas reflexiones han elevado a un nivel sin precedentes el debate sobre lo que una democracia ha sido, es y podría ser». Tras semejante afirmación, cualquier objeción frente a esos grandes pensadores no puede sino parecer mezquina y estúpida.

Lo que no menciona es que Chantal Mouffe, Wendy Brown, Jacques Ranière, Pierre Rosvallon, Charles Taylor y Phillipp Manow (a quienes cita como referentes) han sido, y en su mayoría siguen siendo, férreos opositores al neoliberalismo y la globalización. Así, por ejemplo, Phillip Manow critica duramente la existencia de tribunales constitucionales —creados precisamente para evitar intromisiones por parte de los poderes ejecutivo y legislativo— como última instancia judicial, porque, según él, restringen en exceso la libertad del poder legislativo. Jörg Baberowski respalda todo esto sin reservas. Para él, la democracia representativa es el enemigo, aquello que hace fracasar a la democracia. Se puede debatir, sin duda, sobre cómo mejorar la participación ciudadana (asambleas de ciudadanos elegidos por sorteo, referendos, etc.), pero no dice ni una palabra sobre cómo se podría gobernar sin representación a estados con millones de habitantes.

Desde la Revolución Francesa, el lema fundamental de todas las democracias ha sido libertad, igualdad y fraternidad. Entonces como ahora, libertad significaba libertad personal (por ejemplo, libertad de expresión) y libertad económica (por ejemplo, ausencia de privilegios corporativos). La igualdad es la igualdad ante la ley (sin privilegios jurídicos para la nobleza y el clero). Hoy, la fraternidad podría traducirse como Estado social.

En el libro, el autor entiende siempre por «igualdad» la igualdad material. Pero nadie ha sostenido jamás que en una democracia todos deban tener el mismo nivel de riqueza. El autor tiene razón al criticar pequeña élite extremadamente rica que ha surgido con la globalización y que sigue enriqueciéndose, y en esto cuenta todo mi apoyo. Pero se queda en esta afirmación, sin profundizar en el análisis, ni proponer soluciones. Esta riqueza, inimaginable para la nosotros, simples mortales, a largo plazo no solo conduce directamente a una oligarquía, sino también a una especie de neofeudalismo que ya empieza a tomar forma en las democracias occidentales. También es cierto que la élite política se aleja cada vez más de la sociedad (Baberowski habla siempre del «pueblo»), pero, una vez más, se echa en falta un análisis más profundo y propuestas para contrarrestar esta evolución.

Jörg Baberowski se contenta en gran medida con afirmaciones generalizadoras, que adereza con citas de personalidades a menudo de renombre internacional, con el fin de blindar su discurso frente a la crítica. Desde el punto de vista estilístico, su texto me ha recordado a una ametralladora de la Primera Guerra Mundial: un traqueteo constante. No especialmente rápido, sino más bien monótono, hasta resultar soporífero. Las citas actúan como golpes puntuales, pero el lector no debería dejarse impresionar: desgraciadamente, lo que el autor dispara no son más que tiros rasantes.

Jörg Baberowski cree que solo una nación homogénea puede hacer posible la democracia, y llega incluso a defender el nacionalismo. ¿Ha olvidado que esa ideología fue responsable de las mayores guerras y crímenes siglo XX? Se muestra contrario a la inmigración, critica que la UE esté gobernada por una Comisión no elegida (lo cual no es correcto, ya que debe someterse al voto del Parlamento Europeo) e ignora que no es la Comisión Europea quien tiene la última palabra en materia de política europea, sino siempre los Estados miembros.

Parece oponerse por principio a cualquier cambio. Para él, por ejemplo, los cambios radicales que vivieron los países de Europa del Este tras el colapso del comunismo son algo terrible. A Baberowski le resulta extraordinariamente fácil perder de vista que se trataba de liberaciones de dictaduras que habían destruido sistemáticamente sus países. «En Europa del Este, la gente se cuenta historias sobre su vida bajo la dictadura comunista. Su verdadera preocupación no es la amenaza que las tentaciones autoritarias suponen para la democracia», escribe. Casi se puede oír el suave crepitar de la hoguera. ¡Qué maravillosos eran los viejos tiempos!

En realidad, llevamos décadas enfrentándonos a cambios extremadamente rápidos, a un ritmo sin precedentes en la historia de la humanidad. Es inevitable que estos acaben desarraigando a las personas (a veces literalmente). El hecho de que antiguas certezas desaparezcan casi a diario no es una exageración, sino un fenómeno que está afectando a los cimientos mismos de nuestra(s) civilización(es). El tema central del libro, la crisis de la democracia, es un problema real. Personalmente, aún no he encontrado una solución y, por desgracia, Jörg Baberowski tampoco ha podido ayudarme al respecto.

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