Rompecabezas
Ana Castillo Muñoz (Santurce, Puerto Rico) es una periodista afrocaribeña, escritora y coach sexual. Es creadora de Con el verbo en la piel, una plataforma educativa sobre placer y justicia social para comunidades BIPOC.
Ha publicado Corona de Flores (2021), Al ritmo de Petra (2022) y Puntos de partida (2025), y su trabajo ha aparecido en medios como El Nuevo Día y 80Grados. Actualmente trabaja en el Centro PRAFRO de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.
La primera vez
La primera vez que escuché a Ana Castillo Muñoz leer sus poemas fue en San Juan, a mediados de marzo de este 2026. El ambiente era festivo, familiar, lleno de regocijo y, aun así, en sus primeras palabras se traslucía algo de nerviosismo. A veces, estar en casa te siembra de expectativas. Su voz avanzó suave y precisa, no necesitaba volumen; los versos que oiría serían suficientes para quebrarme. Allí nació este texto como un intento por acompañar su voz y recorrer sus dos libros: Corona de Flores (2021) y Puntos de partida (2025). Así, me dejé llevar por el dolor ante la pérdida del padre, la casa rota, el encuentro con las abuelas, las millas náuticas que separan dos islas, el rompecabezas que se arma con paciencia y cuidado.
Ana Castillo Muñoz escribe desde la pregunta sobre las mujeres que la preceden: las abuelas que no estuvieron, una madre que partió de El Cibao, en República Dominicana, y llegó a Santurce en Puerto Rico para que su hija pudiera partir desde otro lugar, una señora sin vínculo de sangre que se convirtió en la más real de todas. Su poesía llora las ausencias, sí, pero no se queda en el llanto: las mide, las nombra, las ensambla. Como quien arma un rompecabezas sabiendo de antemano que faltan piezas, y que armar es ya, en sí mismo, un acto de amor.
Para completar esa escucha le hice llegar algunas preguntas por escrito. Sus respuestas atraviesan también estas páginas.
LaberintoAna Castillo Muñoz | Corona de Flores | Libreria Laberinto | 12,95 USD
Corona
Corona de Flores llega al lector con una portada en un rosa fuerte y el delineado de una figura vestida de novia, sin brazos, con el rostro cubierto por un ramo exuberante de girasoles, rosas y dalias. La ilustración —obra de Max Vega Vélez— no adorna: anticipa. Hay en ella algo simultáneamente festivo y trunco, algo que florece donde debería haber una cabeza y que no tiene manos para sostener nada. Es, antes de abrir el libro, una imagen del duelo. El hilo conductor es el padre: su abandono, su muerte, el dolor claroscuro de haberlo amado de todas formas. En el proceso de apalabrar la pérdida —como la propia Ana ha reconocido— afloraron otras dolencias que esperaban ser nombradas. La más persistente era la indagación sobre las mujeres de su familia. Los veintidós poemas del libro, sin secciones ni títulos, numerados como estaciones de un tránsito, tejen la historia familiar con una voz que no crea distancia poética sino que se acerca, se moja, se implica. Son poemas más largos y narrativos que los de su segundo libro, como si el dolor del origen necesitara más espacio para desplegarse.
En uno de los primeros poemas, la casa familiar se cuenta en restas: éramos tres, luego dos, luego una. El padre que se va deja
un hogar en pedazos / que le tocó a mami, / volver a armar / desde las ruinas.
La madre que reconstruye aparece aquí por primera vez, figura que Puntos de partida heredará y profundizará. Más adelante, la muerte del padre narrada desde el cuerpo de la hija:
mi pecho se reduce a un espacio / donde todo / se pierde, / el aire, / el aliento.
Y, sin embargo, el libro no termina en el duelo sino en una declaración de autonomía que es también una forma de sanación:
soy mi propia hija / que se presigna / se conjura / se alivia / se bendice / entre tanta maldición heredada.
Ana se pare a sí misma al final de Corona de flores. Desde ahí arranca Puntos de partida.
Abuelas
Puntos de partida nació, como la propia Ana reconoce, de una pregunta que Corona de flores dejó abierta: la de las mujeres que la preceden. Y en el centro de esa pregunta, antes que cualquier otra figura, están las abuelas. El libro abre con una dedicatoria que es ya un poema: a las ancestras que hablan en los sueños, a su eterna doña Rosa, a las mujeres que migran —a su madre—, a Barrio Obrero, a quienes no lograron llegar y descansan en las profundidades del mar y la memoria. Es un gesto de pertenencia declarada, de filiación múltiple. El primer poema del libro, en la concisión de sus dos únicos versos, llega como una corrección suave y radical:
mis abuelas no me señalan las palabras, / me provocan las preguntas.
El conocimiento que portan no se nombra —motiva la indagación. Y la poeta escribe desde ese no saber.
Le sigue la extrañeza:
mis abuelas y yo / somos tres desconocidas.
No es una metáfora: es un conteo exacto. Una abuela murió antes de que Ana naciera. La otra, de origen dominicano, vivía al otro lado del agua —237 millas náuticas de distancia, que es casi exactamente la que separa a Puerto Rico de República Dominicana. Pronto, esa extrañeza se convierte en tarea:
no están completas / mis abuelas: / rompecabezas por armar.
La perífrasis importa. No es un rompecabezas roto, es uno pendiente, uno que espera manos. El libro mismo es ese ensamblaje.
Aparece luego “Mamá” —con mayúscula, figura distinta de la madre biológica—, la mujer que crió a Ana en ausencia de su mamá, que salió a trabajar como madre soltera y migrante:
abuela fue Mamá, / así que Mamá y yo / nunca fuimos abuela y nieta.
La sustitución de roles que la necesidad impuso canceló el vínculo que podría haber existido por derecho. No hubo madre del todo, ni abuela del todo: hubo una persona que fue las dos cosas a medias y ninguna completamente. La pérdida no se lamenta, se constata con la misma precisión seca de quien mide distancias:
Mamá vivió allá / yo acá / y no es lo mismo / por más que se intente.
Y entonces aparece un nombre propio:
Mamá Luca, / este amor no tiene por límite / 237 millas náuticas.
La abstracción de “mis abuelas” se contrae en dos palabras que son simultáneamente título afectivo y geografía emocional. La cifra exacta no poetiza la distancia, la reconoce, y luego la excede. El mar que separa es el mismo mar de la dedicatoria, donde descansan quienes no llegaron. Ana no disuelve esa realidad: la sostiene y declara que el amor es más grande, no porque el dolor sea menor.
Pero es en el poema de la abuela Rosa donde el libro encuentra su centro de gravedad. Ana llegó a esa casa con un año de vida —“un año de curiosidad”— y se apropió de una viejita con quien no tenía ningún vínculo de sangre:
la comencé a nombrar abuela / aunque no supiera trenzarme los rizos ‘apretaos’ / de la melena.
Lo que construyeron juntas fue un lenguaje propio: arroz blanco, pollo guisado, presión arterial, despedidas de año nuevo que eran también ensayos del adiós definitivo. “Abuela Rosa, mi vieja blanca”. La formulación es exacta y no pide disculpas: nombra la diferencia sin que la diferencia borre el amor. Cuando abuela Rosa cumplió su promesa de irse, Ana quedó con
un destierro / una orfandad en la sien.
Escuché a Ana leer ese poema, en San Juan, en la Casa Cole de la Colectiva Feminista en Construcción. Su voz se quebró.
En la entrevista que sostuvimos para este artículo, Ana me contó el sueño que dio origen a uno de los poemas del libro: una larga fila de mujeres sosteniéndose las espaldas, apoyándose unas a otras y descansando al mismo tiempo. En el medio de la fila, ella. Y corriendo, con una libreta en llamas, una mujer de su linaje cuya identidad no puede confirmar: “¿pero quién eres tú, tía mía?” El fuego no destruye la libreta, la hace arder. Una de sus ancestras ya escribía. Ese encuentro onírico, escribe Ana, fue “una invitación a la confianza colectiva”: la certeza de que no está sola, de que antes y después de ella hay cuerpos que se cuidan.
La búsqueda culmina en un poema que es manifiesto y plegaria a la vez: “Soy todas mis abuelas tratando / de reencontrarse”. No la suma de sus ausencias sino su continuación viva, su versión presente, la que se dice presente en este plano que busca justicia y reparación:
mi nombre propio / es la plegaria que recito todas / las mañanas.
LaberintoAna Castillo Muñoz | Puntos de Partida | Libreria Laberinto | 16,95 USD
Puntos de partida
Si la abuela es el corazón del libro, la madre es su columna vertebral. Y el libro lo dice desde el título mismo: el punto de partida no es un origen mítico ni una patria abstracta, es un cuerpo de mujer que se movió:
mami es punto de partida. / ella partió de El Cibao, / de allí a la capital, / una yola, / hacia Puerto Rico, / a ‘legalizarse’, / de Santurce / a Guaynabo, / a jurar una bandera / que no le pertenecía. / de ahí, parto / yo / en cesárea.
La migración de la madre se escribe como itinerario geográfico y como acto político: una mujer que atravesó el mar en yola, que juró una bandera ajena, que llegó para que su hija pudiera nacer y partir desde otro lugar. La cesárea al final no es solo el modo de un nacimiento, es también una ruptura, un corte, otra forma de travesía.
Ana no piensa estas tensiones mientras escribe. Me lo dijo con una claridad que vale la pena retener: las lecturas políticas llegan después, cuando el texto ya está publicado. Lo que la mueve al escribir es otra cosa: la certeza de que ninguna experiencia personal se desvincula de la de otras personas que han atravesado las mismas violencias, las mismas resistencias. Lo individual en su poesía no es punto de llegada sino de entrada: una puerta hacia algo más grande.
Esa puerta tiene nombre y dirección: Barrio Obrero. Su casa, cuerpo que también la crió.
a mí me cuidó / Eva, / Elsa, / Manuela, / Candita, / Argentina, / y Barrio Obrero.
La lista de nombres propios —todos femeninos, todos sin apellido— tiene el peso de una genealogía alternativa: la de las mujeres que estuvieron cuando las abuelas no podían estar, cuando la mamá tenía que trabajar. El barrio como matriz, como red de cuidados que no pide vínculo de sangre para funcionar. En otro poema, esa red se expande hasta volverse declaración:
somos lo mismo / repetimos cada vez / abrazamos la declaración FAMILIA / escogida.
La familia escogida no es un consuelo ante la familia biológica ausente, es una forma de parentesco con su propia dignidad y sus propias raíces transatlánticas.
Puntos de partida también se detiene en el cuerpo que carga y en el cuerpo que llora. Hay un poema construido sobre la imagen de los paquetes —esos que pesan, los que no pesan pero ocupan espacio, los que duelen, los que alegran, los que al final “son colchón—”. Es una imagen cotidiana que se abre hacia algo más hondo: lo que se hereda, lo que se arrastra, lo que termina sosteniéndonos sin que lo hayamos elegido. Y hay otro poema que convierte el llanto en una cadena de verbos que ascienden:
llorar también es cantar / cantar es sanar / sanar es bailar / bailar es cerrar la mirada / conocer a tus tantas abuelas.
No es optimismo fácil —es una epistemología del cuerpo en movimiento, la idea de que el dolor no se supera sino que se transita, y en ese tránsito aparecen las ancestras haciendo un círculo para resguardarla.
Puntos de partida es un libro que se mueve. Como la madre que partió de El Cibao y cruzó el mar en yola. Como las abuelas que se fueron de múltiples maneras: por la muerte que llegó primero, por las millas que no se cruzaron, por la promesa cumplida de irse. Como Ana, que escribe para salir al encuentro de todas ellas.
Ana
Le pregunté por escrito, con la libertad de responder solo lo que quisiera.
Le pregunté por la ilustración de Franz Caba que se encuentra en Puntos de partida: un bus en medio de un mar agitado, un perro sobre el techo, el título Hasta donde Dios quiera (2021). Me contó que encontró el trabajo de este artista visual dominicano mientras hojeaba un libro de arte moderno en casa de una amiga en Santo Domingo, cuando el poemario era todavía un manuscrito guardado en un cajón. Página a página fue sintiendo una resonancia que no buscaba: alguien había hecho visualmente lo que ella había intentado con las palabras. “Su arte era un poema por sí solo”, me dijo. Y había algo más: siendo Franz Caba dominicano, había un entendimiento compartido de los referentes, de las imágenes que mejor representan “la crudeza y la belleza de lo que puede ser migrar, moverse de tierra y llevarse entre la balsa los plátanos y las memorias”. El bus en el mar y el libro son dos poemas distintos que se reconocen y complementan.
Le pregunté también por la relación entre sus dos poemarios. Me respondió que cuando escribió Corona de Flores su única intención era apalabrar el duelo por la muerte de su padre, pero que en ese proceso afloraron otras dolencias que llevaban tiempo sepultadas. La más persistente desembocó en una pregunta precisa: ¿cómo es la relación de las nietas con las abuelas cuando esa relación no pudo darse? Puntos de partida nació de ahí.
“¿Pero quién eres tú, tía mía?”. Ana le pregunta a la mujer de su sueño —la que corre con una libreta en llamas—. No obtiene respuesta. O quizás la respuesta es el propio acto de preguntar: escribir la pregunta, no dejar que la figura desaparezca sin ser nombrada.
“Forma parte de lo que yo no quiero que se olvide”.
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