El suicidio no es cosa de africanos

Navigation

El suicidio no es cosa de africanos

Una historia de Camerún
Foto Melara Mvogdobo
Bildunterschrift
Melara Mvogdobo

Melara Mvogdobo nació en Lucerna en 1972. Estudió Pedagogía y, tras ser madre de tres hijos, vivió en la República Dominicana y Camerún antes de regresar de nuevo en Suiza. Además de dedicarse a la escritura, ha trabajado con jóvenes que han vivido experiencias traumáticas y ha dirigido talleres de artesanía textil y cocina tropical. En 2022 se mudó con su familia a Andalucía. En 2023 publicó su primera novela, Von den fünf Schwestern, die auszogen, ihren Vater zu ermorden (Edition 8, Zúrich). Su segunda novela, Großmütter, se publicó en alemán en 2025 en la editorial Transit y, ese mismo año, fue preseleccionada para el Premio Suizo del Libro. Su relato corto Dieu Merci! fue seleccionado en 2026 para la lista de finalistas del Premio Caine.

Te lo habías imaginado de otra manera. Algo más solemne e impactante.

Habías imaginado que tu familia notaría enseguida tu ausencia. Tus hermanos, tu tía, tu madre, las primas; todos sentirían el vacío que habías dejado y eso les haría sufrir. Reconocerían tu valía y se arrepentirían de haberte tratado tan mal.

Con plena satisfacción, te habías imaginado cómo romperían a llorar en el momento en que comprendieran que estabas muerta. Que te habías ido para siempre. 

Quizá sería Valentine, tu prima menor, la primera en descubrir la carta. Al leer sus líneas lo entendería enseguida. Siempre había sido muy despierta para su edad. Presa del pánico, correría hacia tu madre gritando: «¡Clarisse se ha suicidado! Está en el puits, en el profundo pozo que hay detrás de la casa, en cuyo fondo oscuro brilla el agua negra».

Lo habías visto en tu mente. Tu madre, gritando de dolor; una sartén cuyo contenido se derrama sobre el suelo de cemento rugoso de la cocina. Todos los demás, que se agolpan en la cocina y exigen saber qué nueva desgracia ha golpeado a la familia. Valentine, que recoge del suelo la nota con tus últimas palabras. Ahora quizá salpicada de salsa d’arachide (1), que ya nadie querría comer.

Estabas convencida de que tu familia se precipitaría, lamentándose, hacia el puits. Intuirían tus contornos extrañamente deformados en lo más profundo de su abismo y se aferrarían a la absurda esperanza de que aún estuvieras con vida. De que todo volvería a la normalidad en cuanto te sacaran de aquel maldito pozo. Podías oír literalmente sus gritos de auxilio. ¡Au secours, les voisins! ¡Au secours! (2) Una sonrisa se dibujó en tu rostro. Satisfecha y burlona. Porque tú sabías mejor que nadie que ya no había nada que hacer. Estabas muerta. Ni zarandeos, ni golpes en el pecho, ni las oraciones más fervientes, ni siquiera unas vigorosas bofetadas en pleno rostro te traerían de vuelta del reino de los muertos.

(1) La salsa de cacahuete (también conocida como «mafé») es una salsa cremosa y especiada de África Occidental y Central, que se prepara tradicionalmente con pasta de cacahuete, tomates y cebollas.

Solo entonces se darían cuenta de lo que significabas para ellos. Quizá no de inmediato, pero sí con toda seguridad en los días siguientes. Durante los preparativos de tu funeral, el dolor de tu ausencia se haría notar. ¿Quién se ocuparía de los innumerables recados que conlleva semejante fallecimiento? ¿A quién le pediría tu madre que fregara el suelo, que quitara las escamas a los peces del acuario y que atendiera a los invitados que vinieran a dar el pésame? ¿Acaso a tus holgazanes hermanos y primos?

Se arrepentirían de haberse burlado de ti por tener la piel un poco más oscura y de haberte puesto el apodo de briquette de charbon, «trozo de carbón». ¿Cuántas veces se habían reído de ti cuando, durante una discusión, tu cerebro se convertía en roca quebradiza y tu lengua yacía inerte en tu boca, inútil como una verdura marchita tras un largo día de mercado? Te imitaban y te llamaban idiota cuando, en lugar de defenderte, no conseguías articular más que un balbuceo.

(2) ¡Socorro, vecinos! ¡Socorro!

Te habías deleitado imaginando cómo la culpa aplastaría el corazón de tu madre. Transida de dolor, sollozaría: «¡Hija mía querida! ¿Por qué no te traté mejor?»

Pero nada de eso había sucedido. En lugar de eso, te encontrabas de pie en el fondo del puits, el agua fresca te llegaba hasta las rodillas, y no sabías qué hacer. Hacía aproximadamente una hora habías reunido todo el valor, toda la rabia acumulada, la vergüenza y todas las ofensas de los últimos años, y te habías tirado al pozo. La caída había sido breve y desagradable. Mucho más breve de lo esperado. Y ni la mitad de heroica de lo que había esperado. Te habías raspado la piel de los brazos y las piernas contra las paredes ásperas del pozo. Debías de haber intentado amortiguar la caída con las manos, porque uno de tus dedos, de forma antinatural, sobresalía de tu mano en ángulo recto.

Nadie había preguntado por ti en la superficie. Los ruidos que te llegaban, amortiguados, delataban que todo seguía su curso habitual.

No sabías que tus palabras de despedida, escritas en aquel pedazo de papel, habían sido arrastradas por el aire que provocó un portazo. Después, varios miembros de tu familia las habían pisado sin prestar atención al atravesar la cocina, hasta que finalmente tu carta había acabado en manos de tu madre, que la había hecho una bola y la había utilizado para encender el fuego en la cocina exterior.

(3) Yaundé es la capital de Camerún y, con unos 2,4 millones de habitantes, la segunda ciudad más grande del país después de la ciudad portuaria de Duala.

Echas la cabeza hacia atrás y miras hacia arriba. Tu mundo se ha reducido a un círculo gris plateado. Como a través de una mirilla o de un telescopio gigante, solo ves un pequeño pedazo de Yaundé (3). Por un lado, las grandes hojas de vuestro platanero se cuelan en tu campo de visión. De vez en cuando, se mecen suavemente en el aire tibio.

Qué paz, piensas. Quizá ese sea el secreto. Quizá uno debería contemplar el mundo siempre y solo a través de un telescopio. Concentrarse únicamente en un fragmento diminuto. Y simplemente abstraerse de todo lo demás. Tal vez entonces el mundo se volvería más claro y soportable.

Antes de decidir suicidarte, intentaste informarte.

¿Qué opinas del suicidio?, le preguntaste a tu madre una tarde en la terraza.

Cuando tu madre chasqueó la lengua en señal de desaprobación mientras se persignaba, añadiste rápidamente: Te lo pregunto por un vídeo que me ha enseñado un amigo.

(4) Hija mía

¿Qué clase de vídeo es ese?, preguntó tu madre. ¿Un vídeo de suicidas? Ma fille (4), ¿qué significa esto? ¿Qué clase de amigo es ese que te enseña semejantes barbaridades?

(5) Hermanita

Petite soeur, ¡oh! (5), exclamó tu madre dirigiéndose a su hermana, que estaba barriendo el patio. Ven aquí y escucha lo que pregunta la idiota de mi hija. ¡Un amigo le ha enseñado un vídeo de suicidas y ahora quiere saber qué opino del tema!

Tu tía dejó de barrer el patio y se acercó a vosotras en el porche. Sacudió la cabeza, perpleja, y chasqueó la lengua tal y como lo había hecho tu madre. Ma fille, ¡oh, pero qué malos pensamientos!

Dime, ma fille, esos suicidas del vídeo, ¿eran negros o blancos?

Tu tía te miró expectante. Blancos, respondiste con inseguridad, casi como preguntando.

(6) Exclamación muy conocida que expresa asombro, sorpresa, compasión o una ligera burla

¡Ehee! (6), exclamaron triunfantes al unísono las dos hermanas.

¡Por supuesto que eran blancos! ¡El suicidio no es para los africanos!

Aquel día tu madre se había encendido de verdad:

«Ma fille, ¡piensa!», exclamó indignada. Hemos soportado la colonización, nos esclavizaron, nos oprimieron, torturaron y explotaron durante siglos. Si tuviéramos tendencia al suicidio, ya no quedaría ningún africano en el mundo. Razones para desesperarnos ante la vida hemos tenido y seguimos teniendo, ¡por Dios!, más que de sobra.

(7) No, no

Pero no nos suicidamos. Non, non (7), ¡eso no se hace!, te confirmó tu tía.

No, somos duros de pelar. Como los perros callejeros del barrio. Puede que les falte un ojo, que un rival les haya arrancado el rabo en una pelea, que tengan el cuerpo cubierto de cicatrices mal cerradas, pero siguen luchando. Día tras día. No se quejan ni se lamentan. No cuestionan su destino.

Al contrario, defienden con fervor y con todas sus fuerzas el mísero resto de un hueso de pollo roído que sostienen entre las patas. Incluso cuando las astillas les lastiman la garganta y corren el riesgo de atragantarse. A los ojos de los demás, ese hueso de pollo puede parecer patético y poco apetecible. Pero el perro callejero lo defenderá hasta derramar sangre.

¡Jamás se le ocurriría rendirse!

¡Ehee! Ma fille. Así somos los africanos y las africanas.

(8) los blancos

El suicidio no es para nosotros. A diferencia de los blancs (8), estamos acostumbrados a sufrir. Esa es nuestra fuerza. ¡No nos rendimos! Sabemos que el mundo está lleno de problemas que hay que resolver y soportar. No se puede atrapar con las manos el cálido rayo del sol ni el aroma de una buena comida. Hay que disfrutar del momento y olvidarse del mañana y de la desgracia que se avecina. Los seres humanos no podemos acercarnos más a la felicidad.

Tras esa conversación, te sentiste avergonzada durante bastante tiempo. Te viste llorona y débil. 

(9) Término coloquial de Camerún y África Central que designa los chismes, los rumores del vecindario y la transmisión de información de boca en boca

Al mismo tiempo, no estabas del todo convencida. ¿De veras no había suicidas en Camerún? Te diste cuenta de que nunca habías escuchado un kongossa (9) sobre un suicidio.

Quizá tu madre y su hermana tenían razón: el suicidio, sencillamente, no forma parte del repertorio de las sociedades africanas.

Y si, a pesar de todo, se hubiera producido un suicidio en algún lugar, entonces —de eso estabas bastante segura tras aquella conversación— la familia del fallecido habría sabido mantenerlo en secreto. De la sorcellerie (10), se habrían susurrado unos a otros, cubriéndose la boca. Alguien lo embrujó. No era él mismo cuando se tragó las pastillas. Un espíritu maligno se había apoderado de él, le pasteur l'a confirmé. Sí, el pastor lo confirmó.

(10) Brujería

Seguiste dándole vueltas y llegaste a la conclusión de que, bien mirado, no estabas tan interesada en tu muerte como en darle un buen disgusto a tu familia.

Te diste cuenta de que tu plan no estaba bien pensado. Porque una vez muerta, no podrías ver sufrir a tu familia.

Así que dejaste tus planes de suicidio en suspenso por el momento.

Pero entonces ocurrió lo de Monsieur Obam.

Monsieur Obam era tu profesor de matemáticas. Y se te daban fatal las matemáticas.

(11) el bachillerato

Ya habías suspendido dos veces el bac (11), lo cual te avergonzaba mucho. Nadie en tu familia había necesitado más de dos intentos. Quizás fuese verdad que eras idiota.

Así que habías decidido tomar las riendas de tu destino. Pensabas en tus hermanas mayores, en cómo jugaban con sus encantos femeninos, en cómo, con aquel seductor aleteo de pestañas y aquel contoneo provocativo que hacía que se les agitaran las nalgas, se ganaban a cualquier hombre que se preciara de sí mismo y de su virilidad.

Tus hermanas habrían sabido salir airosas en una situación como la tuya.

Observaste a Monsieur Obam durante unos días. Un marginado reconoce a otro.

Monsieur Obam era insignificante. Casi digno de lástima. Bajito y delgado, parecía hecho de distintas piezas de repuesto. Tenía los brazos demasiado largos y las piernas cortas y arqueadas, y sobre su cuello delgado descansaba una cabeza demasiado grande que, para colmo de males y a pesar de la corta edad del señor, ya lucía una calva considerable.

Te regocijaste: ¡sería pan comido incluso para ti! ¡El señor Obam te estaría agradecido!

Así que, después de clase, lo esperaste en el lugar donde cada mañana aparcaba una pequeña moto que cuidaba con esmero.

Señor Obam, por favor, un momento.

Te había mirado con cierta perplejidad. Como si no tuviese muy claro de qué te conocía.

Estoy en su clase, le habías ayudado a recordar. Y, por lo que parece, este año tampoco voy a aprobar las matemáticas por mucho que me esfuerce.

El señor Obam había empezado a parpadear nerviosamente. Probablemente sea un tic, pensaste.

¿Se le ocurre qué podría hacer? Se lo agradecería mucho. Quiero decir, mucho, mucho.

(12) Ya veremos qué podemos hacer

El señor Obam había dudado un instante. Luego dijo: Ven a mi despacho el próximo viernes después de la última clase. On verra ce qu’on pourra faire (12).

A partir de entonces, ibas todos los viernes a última hora de la tarde al despacho del señor Obam. Una habitación pequeña y estrecha, llena de papeles y libros. Allí cerraba la puerta con llave detrás de ti, mientras tú te disponías a levantarte la blusa y dejar al descubierto tus pechos.

Nunca duraba más de media hora. Tu nerviosismo y tu incomodidad iniciales dieron paso a la rutina. Aburrida, pero sin perder de vista tu objetivo, dejabas que tu profesor te amasara los pechos jadeando. Se los metía en la boca entre chasquidos y dejaba su saliva sobre tu piel. Eso te hacía pensar en los rastros viscosos de los caracoles grandes y sabrosos que, a primera hora de la mañana, se veían en las paredes de vuestra casa.

Aquello duró varias semanas. Pero entonces, justo dos semanas antes del examen, ocurrió algo.

(13) Hostal

Monsieur Obam acababa de cerrar la puerta con llave detrás de ti, como siempre, y se había vuelto hacia ti. Tú estabas allí, lista como siempre, y le mostrabas al hombre tus pechos desnudos, cuando Monsieur Obam dijo: Hoy vamos a ir a una auberge (13).

(14) Por favor

No dejaste traslucir tu miedo ni tu repugnancia y dijiste, casi sin que te temblase la voz: S'il vous plaît (14), Monsieur Obam, eso no era lo acordado. Eso no puede ser.

(15) Vale. No hay problema

La mirada del señor Obam se posó en ti durante un momento de tensa incomodidad. Luego se encogió de hombros y dijo: Ok. Pas de problème (15). Como quieras.

No deberías haberte sorprendido. Y, sin embargo, te sorprendiste cuando el señor Obam te suspendió el examen de matemáticas. Era la tercera vez que no conseguías aprobar el bac.

Eso había ocurrido ayer. La vergüenza te cortaba la respiración y te hacía sudar a mares.

No era tanto lo de tus pechos desnudos y las manos de Monsieur Obam amasándolos. Más bien te atormentaba el hecho de haberte dejado engañar. Seguro que a tus hermanas jamás les habría ocurrido algo así. Habrían detectado las señales a tiempo y tomado las precauciones necesarias.

(16) Prenda tradicional, elegante y amplia, que llevan las mujeres en algunos países de África Occidental, como Ghana y Camerún.

Por un breve instante, habías pensado en contárselo todo a tu tía o a tu madre. En una versión ligeramente modificada, en la que el señor Obam habría salido muy mal parado. Seguramente tu tía, furiosa, habría cogido el viejo machete que había junto a la puerta de entrada y habría irrumpido en tu colegio con su descolorido kaba (16). Habría blandido el machete amenazadoramente delante de la cara del señor Obam y lo habría insultado de la peor manera. Lo habría acosado hasta que le hubieran salido gotas de sudor en la calva y, con las rodillas temblorosas, hubiera prometido corregir su error.

Sí, una parte de ti no deseaba otra cosa. Pero la otra sabía que no estabas dispuesta a exponerte para siempre a las burlas de tu familia. Podías oír literalmente las risas burlonas de tus hermanos y hermanas, de tus primos y primas: ¡Briquette de charbon ha intentado hacerse la lista! Le ha enseñado las tetas al profesor, ¿y qué ha conseguido a cambio? ¡Nada! ¡Nuestra estúpida, estúpida Briquette!

Solo de imaginarlo, te ardían las mejillas.

Así que te sentaste y descargaste tu rabia en un trozo de papel. El mismo trozo de papel que tu madre acababa de reducir a cenizas antes de que nadie pudiera leerlo.

Habías culpado de tu desgracia a todos los demás. Me tiré al pozo por vuestra culpa. La vuestra y la de Monsieur Obam.

Y ahora estás ahí, en el agua fresca de vuestro pozo, que te llega hasta las rodillas. En esa oscuridad que, extrañamente, te resulta acogedora. El dedo parece estar roto, tal es el dolor punzante que te late por dentro.

(17) Plátano macho

Sigues mirando hacia arriba, en dirección a ese pequeño círculo plateado. Ese rincón apacible de Yaundé. A la derecha, las grandes hojas del platanero (17), se mecen ligeramente. Ves los rayos lechosos del sol abrirse paso a través del gris claro del cielo. Suspiras. ¿Por qué el mundo no puede ser siempre así? Tan pequeño y tan sencillo. Lo suficientemente lejos como para no acosarte con sus exigencias.

Te encoges de hombros. Sabes que no puedes quedarte eternamente en el fondo del puits, por tentador que resulte. Pero decides conservar en tu interior esa imagen, esa vista tranquilizadora a través del telescopio. A partir de ahora, cada vez que tu vida intente exigirte más de lo que puedes soportar, evocarás esta imagen. Ese pequeño rincón de tu ciudad, de tu vida, que no te amenaza, sino que te ofrece paz y consuelo.

Pero aún te queda una cosa por hacer.

Murmuras en voz baja: Durante las próximas dos semanas, comeré y beberé fuera de casa.

A continuación, te subes el kaba empapado por encima de las caderas, te apartas las braguitas con dos dedos y orinas larga y placenteramente en el agua que te cubre hasta las rodillas de vuestro pozo.

Después gritas con todas tus fuerzas: ¡Eh! ¡Estoy aquí abajo! ¡Sacadme de una vez de este maldito pozo!

+++

Más obras de y sobre Melara Mvogdobo en Literatur Review:

¡Dieu Merci!
Una historia camerunesa desde Suiza.

Hay que aprender la felicidad como se aprende un idioma
En su novela "Abuelas", Melara Mvogdobo destila dos trayectorias vitales de dos culturas distintas en un golpe de efecto literario.  Es difícil escribir sobre el empoderamiento femenino de forma tan tierna y a la vez tan brutal.


¿Le ha gustado este texto? Apoye nuestro trabajo con una contribución única, mensual o anual a través de una de nuestras suscripciones.
¿No quiere perderse ningún texto de Literatur.Review? Suscríbase aquí a nuestro boletín informativo.