El capitán quiere ir a Dili

Navigation

El capitán quiere ir a Dili

Una historia del pasado colonial de Timor, traducida del indonesio al inglés por Nadhif Seto Sanubari
Felix K. Nesi

Felix Nesi es un escritor de Timor Occidental (Indonesia) que ha ganado varios premios literarios en Indonesia. Escribe poesía, relatos cortos, novelas, guiones teatrales y guiones cinematográficos. Su novela, Orang-Orang Oetimu (Gente de Oetimu), ha sido traducida al inglés y al alemán. Es también el director y guionista del cortometraje Saludo a los cerdos.

"Hay una guerra, meneer. La carretera está bloqueada, ¡hay explosiones por todas partes!"

Firmus alzó los brazos y habló con celeridad. Frente a él, dos hombres blancos vestidos de camuflaje le apuntaban con sus armas -uno una pistola y el otro un rifle- y ladraban en un idioma que no entendía. El hombre del rifle se acercó a Firmus y le indicó con el cañón del arma que bajara del camión. Firmus obedeció, con los brazos en alto.

"¿Oculta algún arma?", preguntó el hombre en su idioma.

"¿Alarma?". Preguntó Firmus a su vez. "¿Se refiere a algún robo? No, señor, no estamos robando. Estamos realizando un porte de madera de sándalo y sopi para Meneer Jan Nieboer."

Cuando miró hacia atrás, Firmus no vio a sus compañeros, que se suponía que estaban vigilando la carga, pero no pudo culparles por haber huido: el mismo estaba empezando a entrar en pánico.

Los cuatro habían recorrido cientos de kilómetros hacia Kupang, llevando sopi para un funcionario holandés y madera de sándalo para su transporte a Yakarta. Pero el zumbido de los aviones y el estampido de los explosivos les hizo detenerse en Oenaek. Escondieron el camión entre los árboles de una colina rocosa, y desde los peñascos negros observaron cómo los aviones surcaban el cielo, lanzando bombas y paracaidistas.

"Si los holandeses pierden, nuestro futuro está perdido."

Firmus había oído una vez a su jefe Am Kolo decir algo parecido. Los holandeses controlaban el negocio de Am Kolo. Eran ellos quienes organizaban sus ventas de sándalo, e incluso le consiguieron un camión Chevrolet para agilizar las entregas.

Pero a la mujer de Am Kolo, Ain Iba, nunca le gustaron los holandeses.

"Nuestras vidas serían mejores sin ellos", decía. "Para ellos, no somos distintos del camión, meras herramientas que utilizar. Nosotros somos los que trabajamos día y noche, pero los beneficios van a parar a sus bolsillos"

Firmus coincidía en gran medida con Ain Iba. Al fin y al cabo, él era quien hacía las entregas, así que sabía de sobra el beneficio que obtenían los holandeses. Al mismo tiempo, no veía cómo la guerra podía mejorar las cosas. Con guerra o sin ella, sus vidas eran horribles. Se preguntaba por qué los holandeses y los japoneses no hacían las paces y se dividían sus territorios como los holandeses hicieron con los portugueses, en lugar de volar todo lo que se movía, ya fueran amigos, enemigos o ranas atrapadas en una pelea entre el toro y el búfalo.

Al tercer día, cuando el zumbido y las explosiones cesaron, Firmus sacó el camión de los árboles. Decidió volver a Kefamenanu.

"Es imposible que los meneers hayan sobrevivido a los bombardeos", dijo a sus compañeros. "Si seguimos hasta Kupang, sólo veremos huesos y escombros".

Frustrado, quiso llevar el sándalo de vuelta a Kefamenanu con la esperanza de que Am Kolo encontrara un comprador entre los portugueses. Pero tras dos horas de viaje, los dos soldados salieron de entre los arbustos y sus compañeros huyeron sin él. Se quedó solo, con los brazos en alto y luchando por controlar su miedo.

Uno de los soldados se acercó a Firmus, le cacheó e inspeccionó el camión. "No hay armas, capitán", le dijo al soldado de la pistola.

El llamado capitán miró dentro de la caja del camión.

"Llevo sándalo y sopi, señor", trató de explicar Firmus, "de Am Kolo al residente Jan Nieboer. ¿Conoce a Am Kolo? ¿Y a Jan Nieboer? ¿Conoce el sopi? ¿Para beber? ¿Sándalo? ¿Kefamenanu?" Firmus señaló al oeste y al este, soltando cualquier palabra que se le ocurriera, esperando que alguna pudiera salvarle.

Mientras señalaba al este, el capitán hizo lo mismo. "¿Dili?" preguntó el capitán.

"¿Dili? Dili está más lejos. Voy a Kefamenanu, no a Dili", respondió Firmus.

"Dili", señaló el capitán hacia el este, con la confusión en el rostro.

Firmus también señaló hacia el este: "Sí, Dili está por allí. Pero está más lejos..."

"Sí, Dili", respondió el capitán como si lo hubiera entendido, y siguió señalando hacia el este. "¡Dili!". Firmus suspiró. Era inútil discutir con un extranjero armado, pensó. "De acuerdo, Dili", respondió, derrotado.

El capitán parecía satisfecho. Hizo una señal con la mano y aparecieron cinco hombres más vestidos de camuflaje. De sus uniformes colgaban armas y otros pertrechos. Uno de ellos cojeaba y otros dos lo sostenían. Firmus vio sangre seca y barro en el vendaje que le envolvía el muslo.

Dos soldados subieron a la parte trasera del camión y tiraron la mitad del sándalo para hacerse sitio. Firmus no pudo hacer otra cosa que morderse el labio mientras veía rodar las bolsas de sándalo hacia la maleza.

Cuando los soldados hubieron hecho suficiente sitio y se acomodaron, el capitán hizo que Firmus se pusiera al volante. El capitán ocupó el asiento del copiloto, con la pistola aún en la mano.

"Dili", dijo el capitán.

Firmus giró el contacto y pisó el acelerador. "Dili."

+++

Firmus llevaba siete años trabajando para Am Kolo. Era su empleado de confianza y trataba a menudo con los compradores holandeses, así que sabía cómo hablaban. Enseguida se dio cuenta de que esos soldados no eran holandeses. Olían parecido a los holandeses -como el hedor de otra raza de cabra-, pero no hablaban su idioma. Los holandeses hablaban como si estuvieran constantemente resfriados, como si estuvieran intentando escupir palabras mientras se aclaraban la flema de la garganta.

El capitán se sentó junto a Firmus y en ningún momento soltó la 

pistola; tenía los ojos abiertos las veinticuatro horas del día. La carretera de arena estaba plagada de baches, y el soldado herido gemía de dolor cada vez que se topaban con uno. Tres veces pidió el capitán a Firmus que detuviera el camión. Compartieron sus raciones, Firmus descorchó una garrafa de sopi y sirvió un vaso a cada uno.

Antes de la puesta de sol del día siguiente, entraron en Kefamenanu. Firmus condujo hacia la casa de Am Kolo. Cuando llegaron a las puertas, el capitán le miró.

"¿Dili?"

"Jefe", respondió Firmus, señalando la casa.

El capitán esperaba que este jefe fuera holandés, pero se encontró con Am Kolo, un pequeño timorense que caminaba cojeando, y su mujer, que era ligeramente más alta que él.

"¿Force Sparrow? ¿Aliados holandeses? Una vez luché para los holandeses", dijo Am Kolo en un inglés rebuscado, "¡Real Ejército de las Indias Orientales Holandesas! Teniente primero de caballería. Me hirieron en Bali; hace más de diez años que no empuño un arma".

El capitán respondió con un saludo y Am Kolo entabló una conversación trivial sobre el viaje y el tiempo. Ain Iba sonrió al capitán antes de dirigir su atención hacia los soldados que bajaban de la plataforma del camión. Luego miró a Firmus.

"¿Vendisteis algo del sándalo?"

"Lo tiraron", respondió Firmus. Se dio cuenta de que a ella no le había gustado su respuesta. "Nos tomaremos un breve descanso y luego continuaremos hacia Dili", dijo el capitán a Am Kolo.

"Pero sus hombres están heridos", dijo Am Kolo. "Deben descansar. ¿Ha comenzado la batalla contra los japoneses?"

El capitán asintió con la cabeza.

"Estábamos rodeados en Oesao", explicó el capitán, "y los refuerzos australianos y estadounidenses no llegaron. El comandante Leggatt se rindió... ese cobarde. El muy cabrón sólo pensaba en salvar su pellejo. Puede que seamos los únicos que logramos escapar. Nuestra mejor opción es seguir hacia el este y ayudar a la Compañía Independiente en Dili."

"Es un viaje bastante largo", dijo Am Kolo, "por favor, permitan al menos que mi esposa atienda a los heridos." "No hay tiempo", aseguró el capitán, "podemos descansar por el camino. Estaremos bien."

Ain Iba puso la mano en el brazo de Am Kolo.

"No pueden irse ahora", dijo. "Nuestra gente necesita conseguir más combustible."

El capitán miró a Am Kolo, que asintió aunque sabía que tenían mucho combustible almacenado. El capitán miró entonces a Firmus, que también asintió aunque no entendía ni una palabra de lo que acababan de decir.

"Bien, partimos mañana a primera hora", informó el capitán a sus hombres. "¡Mlolkit fafi!" ordenó Am Kolo a Firmus.

El capitán miró inquisitivamente a Am Kolo.

"Acabo de decirle que mate a uno de nuestros cerdos", explicó Am Kolo. "Esta noche tomaremos sopa Brenebon. Me aseguraré de que salgan al amanecer."

+++

A las ocho de la tarde, Am Kolo empezó a servir a sus invitados. Tenían la cara bien afeitada y vestían camisas limpias. El herido parecía un muchacho de no más de veinte años. Ain Iba le había cambiado las vendas y, aunque sus labios estaban pálidos por la pérdida de sangre, su pelo estaba liso y brillante.

Firmus se encargó de servir el sopi.

"Asegúrate de que nuestros invitados estén bien borrachos", dijo Ain Iba, "han tenido una semana dura".

Firmus se colocó detrás de Am Kolo, y de vez en cuando recorría la sala para rellenar los vasos vacíos.

"Hacía mucho tiempo que no teníamos un banquete como este", dijo uno de los soldados.

"Hacía mucho tiempo que no teníamos invitados", respondió Am Kolo.

Los invitados y los anfitriones comieron y bebieron a su antojo, y no tardaron en emborracharse. Arrastrando las palabras, el capitán expresó su gratitud y presentó a sus hombres.

Él y tres de sus hombres procedían de Tasmania, formaban parte del Batallón 2/40 del Ejército australiano. Los otros tres, incluido el herido, eran soldados británicos que habían conocido durante su huida. El plan consistía en que los ejércitos británico, australiano y holandés interceptaran a los japoneses en Timor, mientras los estadounidenses atacaban desde el Pacífico. Pero parecía que los japoneses se habían anticipado. El capitán no podía creer la cantidad de soldados japoneses que de repente habían aparecido en la isla, lanzándose en paracaídas desde el cielo y aterrizando en las costas.

"¿Por qué no luchan contra ellos en Australia?", preguntó Ain Iba. El capitán dijo que no entendía la pregunta.

"Perdonen mi ingenuidad", dijo Ain Iba, "pero ¿no sería más fácil luchar contra los japoneses en Australia? Los superarían en número, tendrían acceso a mejor equipo y estarían familiarizados con el terreno. Todos ganaríamos. Japón perdería la batalla incluso antes de desembarcar, no habría necesidad de ir hasta Timor, ningún timorense tendría que morir innecesariamente por la guerra de unos extranjeros, y no habría que arrojar madera de sándalo por un maldito acantilado."

"Pero, señora, si Japón se apoderase de Timor", argumentó el capitán, "morirían aún más timorenses, y sería más fácil para Japón atacar a Australia. Todos perderíamos."

Ain Iba a hablar cuando Am Kolo la interrumpió: "Por supuesto, tiene razón, capitán. Por favor, disculpe a mi esposa. Es una mujer, no sabe nada de la guerra".

Los hombres se rieron. La cara de Ain Iba enrojeció, y eso que nunca había probado el alcohol.

"Malditos extranjeros, ¿cómo os atrevéis a traer vuestra guerra a una tierra que no os pertenece?", murmuró Ain Iba en Uab Metô.

Aunque los soldados no la entendían, pudieron percibir su tono hostil, y la sala se quedó en silencio.

"¿Qué acabas de decir?", preguntó el capitán.

Ain Iba inspiró y sonrió amablemente.

"Mi marido tiene razón", dijo, "no sé nada de la guerra. Disculpe mi arrebato, sobre todo durante la cena."

El capitán se quedó mirando en silencio la cara de Ain Iba, y luego se rio por lo bajo.

"No hace falta que te disculpes", dijo, "Eres una buena anfitriona. ¿Sabes?, mi mujer tampoco entiende esta guerra. Las mujeres... son demasiado sensibles."

La sala estalló en carcajadas. Ain Iba se encogió de hombros, llamó a Firmus y le pidió que rellenara los vasos de sopi. Cogió un vaso y lo levantó.

"Un brindis, entonces, por nuestra victoria."

Y se bebió el trago.

Todos levantaron sus copas y la sala volvió a bullir. Todos tenían algo que decir. El capitán trató de explicar la importancia de salvar Timor de los japoneses, pero su estado de embriaguez le hizo divagar y quejarse de su esposa en casa, que era tan emocional como Ain Iba y no sabía nada de la guerra.

Ain Iba escuchaba y, en cuanto el capitán hacía una pausa, proponía otro brindis. Su risa y sus numerosos brindis hicieron que los soldados bebieran más y más. Hacía mucho tiempo que no les animaba una mujer respetable en un banquete, y era la primera vez que tomaban alcohol añejado con especias. Am Kolo, encorvado como un camarón sobre la mesa, bebía con sus invitados.

La invasión japonesa de Timor mató a 151 soldados australianos, unos 300 soldados holandeses, 75 soldados portugueses, 4.000 soldados japoneses y al menos 100.000 civiles timorenses. Ain Iba, Am Kolo y todos sus trabajadores fueron arrestados por el gobierno japonés en abril de 1943.

Cuando el capitán dejó de hablar y los párpados se le cayeron sobre los ojos, Ain Iba se levantó y caminó hacia Firmus.

"Trae a dos de los más fuertes", dijo, "a Sanlain y Meni. De hecho, trae también a Neno."

Firmus pensó que necesitaban hombres fuertes para llevar a los invitados borrachos a sus aposentos. Pero mientras llegaban, Ain Iba susurró: "Cerrad las puertas y pasadme el klewang. Estos perros han tenido la osadía de tirar mi sándalo y esperar que me preocupe por su guerra".

Lo que ocurrió a continuación fue una masacre que Firmus no recordaba muy bien, o más bien prefirió olvidar. Ain Iba apuñaló en el cuello a un soldado que estaba sentado en un rincón, pero el herido, que no estaba tan borracho como el resto, gritó para avisar a los demás. En su estado de embriaguez, intentaron defenderse.

Firmus recordaba haber luchado con el capitán. El cabrón era fuerte como un caballo, incluso estando borracho. Firmus cayó al suelo y el capitán empezó a estrangularlo. Estaba a punto de morir cuando vislumbró débilmente a Ain Iba, asomándose por detrás del capitán antes de degollarlo. Pudo oír la voz de Am Kolo, débil y ahogada en alcohol: "Iba... Iba, ¿qué les has hecho a nuestros invitados?".

La sangre del capitán se derramó en la boca de Firmus, espesa y rancia, como la sangre del cerdo que había matado para cenar. El capitán nunca llegaría a Dili.


Nadhif Seto Sanubari es un traductor nacido en Yakarta. En 2021 se trasladó a Iowa City y se matriculó en la Universidad de Iowa para cursar un máster en traducción literaria. Durante su estancia en Iowa, colaboró con el autor Felix Nesi como parte de la residencia de Felix y su participación en el Programa Internacional de Escritura de la universidad. Nadhif tradujo varios cuentos de Danarto como parte de su proyecto final de carrera. Se graduó en 2023 con un máster en Bellas Artes.

Nota del traductor

Como escritor estrechamente vinculado a su cultura y su pueblo, el amor y la pasión de Felix Nesi por su tierra natal se reflejan a menudo en su trabajo. Se había dado cuenta de que las historias sobre Timor son prácticamente desconocidas en el panorama literario indonesio, ahogadas entre las muchas historias de Java y Yakarta.  Felix ha adoptado la responsabilidad de dar a conocer al mundo estas voces tan poco escuchadas, y para mí ha sido un privilegio apoyar a Felix en este admirable empeño.

Su novela de 2019, Orang-Orang Oetimu, por ejemplo, describe la vida y las penurias de los habitantes de un pueblo ficticio de Timor, sin rehuir temas más oscuros como la violencia real que impera en la isla. Todo ello, por supuesto, sin perder el carácter satírico y el humor que posee su escritura. El capitán quiere ir a Dili es una de estas historias, una historia sobre el pueblo timorense, aunque da varios pasos atrás en el tiempo y nos sumerge en el final de la colonización holandesa de Indonesia, justo cuando los japoneses llegaron para hacerse con el poder.

Fiel a su preferencia por arrojar luz sobre partes del proceso de colonización que quedan al margen de los ciudadanos indonesios y de la atención mundial, Félix escribe sobre la presencia de Australia durante la Batalla de Timor. Si las historias de guerra timorenses quedan ahogadas por los relatos de los javaneses, la historia de las relaciones entre Timor y Australia queda aún más profundamente enterrada bajo la importancia que se atribuye a la lucha de Timor contra holandeses y japoneses. La historia adopta la perspectiva de un timorense de a pie, un camionero que reparte mercancías para su patrón, mientras que el capitán titular forma parte de la Sparrow Force, compuesta en su mayor parte por tropas del 2/40 Batallón de Infantería Australiano. Aunque en la isla de Timor hay hoy un monumento a la Sparrow Force por su valor y sacrificio durante la batalla de tres días en Oesao contra los japoneses, es fácil olvidar el conflicto que se produjo entre los nativos de Timor y el ejército que vino a luchar en su tierra. El capitán quiere ir a Dili constituye un examen brutal de este evento histórico con todos sus defectos, mostrando un conflicto lleno de violencia y malentendidos.