Quien calla sobre el tecnocapitalismo, habla de vampiros

Quien calla sobre el tecnocapitalismo, habla de vampiros

Un multimillonario, sangre de mujeres jóvenes, fabricación de bombas e islamistas en internet: Madeline Cash recopila mitos conspirativos contemporáneos. Es curioso, pero ¿por qué la novela calla justo cuando el poder podría quedar al descubierto?
Foto Madeline Cash
Bildunterschrift
Madeline Cash
Buchcover Lost Lambs

Madeline Cash | Lost Lambs | Macmillan Publishers | 336 páginas| 28 USD

¡Pobres ovejas!
Desde el inicio de la pandemia, las ovejas ya no disfrutan tranquilamente de los pastos. Los «resistentes» las expulsaron de los prados y las convirtieron en un recurso retórico: las ovejas son animales gregarios que rumian plácidamente, sin darse cuenta de que sus rutas han sido trazadas de antemano y de que su satisfacción no es más que el fin del pensamiento crítico, lo que les impide ver más allá del cercado. Y dentro de esta jaula metafórica, las ovejas deben indicar a balidos el camino hacia la libertad al rebaño humano o, encerradas en un cercado, sustituir como metáfora al ya gastado tópico de las «marionetas del Gobierno». ¿Cuándo podrán las ovejas dejar tener una función oculta?  ¿Cuándo dejarán de estar obligadas a servir a un plan más amplio?
Ahora las ovejas también sirven de motivo para la traducción alemana de Lost Lambs, de Madeline Cash. La novela, publicada en enero de 2026 en Estados Unidos, se convirtió rápidamente en un «éxito de ventas nacional». En mayo de 2026 apareció también en alemán con el título Verlorene Schäfchen (Ovejas perdidas), traducida del inglés por Sophie Zeitz.

El escenario: la América actual en un suburbio cualquiera
A través de una múltiples voces narrativas, una red de personajes y un marcado sentido del humor, la novela narra los problemas de la familia Harper, que vive¡Pobres ovejas!
Desde el inicio de la pandemia, las ovejas ya no disfrutan tranquilamente de los pastos. Los «resistentes» las expulsaron de los prados y las convirtieron en un recurso retórico: las ovejas son animales gregarios que rumian plácidamente, sin darse cuenta de que sus rutas han sido trazadas de antemano y de que su satisfacción no es más que el fin del pensamiento crítico, lo que les impide ver más allá del cercado. Y dentro de esta jaula metafórica, las ovejas deben indicar a balidos el camino hacia la libertad al rebaño humano o, encerradas en un cercado, sustituir como metáfora al ya gastado tópico de las «marionetas del Gobierno». ¿Cuándo podrán las ovejas dejar tener una función oculta?  ¿Cuándo dejarán de estar obligadas a servir a un plan más amplio?
Ahora las ovejas también sirven de motivo para la traducción alemana de «Lost Lambs», de Madeline Cash. La novela, publicada en enero de 2026 en Estados Unidos, se convirtió rápidamente en un «éxito de ventas nacional». En mayo de 2026  apareció también en alemán con el título Verlorene Schäfchen (Ovejas perdidas), traducida del inglés por Sophie Zeitz.

El escenario: la América actual en un suburbio cualquiera
A través de una múltiples voces narrativas, una red de personajes y un marcado sentido del humor, la novela narra los problemas de la familia Harper, que vive en una pequeña ciudad del sur de California que ya soloparece un barrio periférico de otro barrio periférico. Sobre este mundo se cierne el poder del multimillonario Alabaster, hijo, heredero y propietario del puerto, y por tanto el hombre en quien se concentran el poder económico, social y simbólico. En torno a su mansión circulan rumores, deseos y fantasías extravagantes de juventud, belleza e inmortalidad, y son principalmente las adolescentes quienes se sienten atraídas por esta promesa.
Abigail, la hija mayor de los Harper, también cae en esta órbita. En una época en la que el valor social se mide por el grado de visibilidad en las redes sociales, la proximidad al mundo de Alabaster se convierte en señal de que has sido vista, deseada y elegida. La belleza no aparece aquí como una cualidad personal, sino como una moneda de cambio; el reconocimiento, no como una experiencia, sino como un pase de acceso al círculo de los privilegiados.
Junto a ella aparece Wes, un joven veterano que ahora trabaja en el equipo de seguridad de Alabaster. En él, la novela concentra la experiencia de la guerra, el trauma, la culpa y la cuestión de cómo la violencia militar regresa a la vida cotidiana estadounidense. Los personajes y las voces narrativas lo llaman «Wes, el criminal de guerra»; si esa descripción le corresponde realmente y en qué sentido, queda deliberadamente en suspenso, porque Wes se aferra a sus recuerdos con la misma obstinación con la que intenta aferrarse al presente al que ha sido relegado. A través de este personaje, la novela de Cash narra una historia específicamente estadounidense: a los veteranos se les concede una normalidad que hace tiempo que se desmorona, pero que aún les ofrece puestos de trabajo en el sector de la seguridad al servicio de magnates obsesionados con el armamento.
La novela cobra aún más fuerza cuando muestra que la propia vida ordinaria de la clase media estadounidense ya no constituye una contrapartida estable. Bud Harper, padre, empleado, gerente de cuentas y sistemas, lleva una existencia aparentemente protegida y, sin embargo, el orden del mundo en el que vive parece construido de cartón. No hace falta caer de ese mundo para perder la fe en él; la propia normalidad basta para conducir al hastío y la desesperación. Ya no existe una vida inocente o segura sobre a que apoyarse para defender toda esta ruina.
Las hijas de los Harper, por su parte, se mueven entre la crisis matrimonial de sus padres, las exigencias de la vida familiar cotidiana y las grandes tentaciones propias de la época. Louise, la mediana, por ejemplo, busca alguna forma de singularidad y acaba atrapada en espacios de la red en los que la soledad, la radicalización religiosa, la manipulación y el anhelo se vuelven indistinguibles. La hermana menor, en cambio, se mueve por este mundo con una inteligencia que casi asume la función de guía narrativa. Y es alrededor de Abigail donde surgen esas conexiones a través de las cuales lo privado, lo familiar, lo conspirativo y lo político se entrelazan cada vez de modo más estrecho.
Sin embargo, desde una perspectiva crítica, la novela adolece de una excesiva tendencia explicativa. hay demasiadas frases articuladas en torno a «porque» y «por lo tanto». Lo que les ocurre a los personajes y lo que piensan suele presentarse como una consecuencia directa de sus respectivos antecedentes sociales o identitarios. La novela les asigna narrativas típicas de la actualidad sobre radicalización, género, ascenso social, trauma psicológico o impotencia política. El mundo narrativo de Verlorene Schäfchen se reduce tanto a personajes y temas contemporáneos que, en ocasiones, lo que se dice resulta previsible.
La novela ofrece abundante material para la crítica de este tipo de razonamientos basados en el «porque», y con ello revela su propia tendencia reduccionista. En realidad, los personajes parecen en su mayor parte moldes prefabricados. Esto se debe también a que la multiplicidad de perspectivas se hace notar fundamentalmente porque cambian determinadas circunstancias sociales, referencias al entorno social y puntos de vista, pero no por el estilo narrativo en sí.
Sin duda, la estructura en red de la novela se vende bien ante la crítica posmoderna. Sin embargo, esta característica se sitúa sobre todo en el plano de la representación, no en el del texto. Y eso hace que la escritura no resulte literariamente estimulante, y mucho menos subversiva, sino más bien la acerca a un modelo Netflix: todo está conectado con todo, cada personaje se encuentra en el lugar adecuado en el momento adecuado, cada motivación encuentra su correspondencia en otra motivación. La estructura en red no resuelve los conflictos porque la novela revele realmente las estructuras de poder, sino porque vuelve la realidad plegable en forma de trama. Lo que fuera queda del texto es inmanejable, aquí se puede entrelazar con elegancia. Ahí radica precisamente la ironía: se afirma que el mundo es complejo, pero se configura narrativamente de tal manera que, al final, funciona de forma sorprendentemente armoniosa.

Ocultar los contextos: una poética de la conspiración
A menos que sigamos el ejemplo de Tibet y permitamos que las teorías de la conspiración nos expliquen el mundo. La mejor amiga de Abigail es una «friki de Internet» que como adolescente blanca de clase media pasa las tardes entregada a sus aficiones y a los equivalentes de Reddit y Telegram. También los utiliza para obtener información sobre Alabaster, que ha invitado inesperadamente a Abigail a una de sus fiestas: «En cuestión de minutos recibió una avalancha de respuestas, opiniones, fotografías, enlaces a artículos, escaneos de microfilmes y canciones reproducidas al revés. Tibet examinó el material. Distinguir los hechos de la ficción era la clave de su trabajo». Tibet se sirve de las teorías de la conspiración. La «investigación» con ayuda de esos hilos —que la voz narrativa ya había calificado previamente de teorías conspirativas— modifica su posición epistemológica. Y en la trama de la novela se confirma aquello que Tibet lee por las noches sobre «redes de poder ancestrales, rituales secretos e inmortalidad». Las fantasías de Tibet aparecen y son validadas, dejan de ser un conocimiento heterodoxo, para convertirse en una vía de acceso a las conexiones entre Alabaster y la administración municipal. Son el motor de la trama: tras su investigación, Tibet se pone en contacto con la hermana pequeña de Abigail, quien a su vez informa al criminal de guerra. La investigación de Tibet puede interpretarse así como un programa de conocimiento adoptado por la propia novela en su forma narrativa.

Sin embargo, mientras Tibet clasifica sus fuentes y examina críticamente los discursos en cuanto a su carácter ficticio, los orígenes de las narrativas que contribuyen a construir el relato concreto de Verlorene Schäfchen permanecen ilegibles. El «vampirismo» de Alabaster, del que la crítica ya se ha burlado hasta la fecha, se asemeja de manera llamativa, por su relación con el dinero y con las «redes de influencias heredadas a lo largo de generaciones», al imaginario antisemita del vampiro. Esta proximidad no es hermenéutica; puede leerse directamente en la trama. Mientras Bud acepta un soborno de Alabaster a cambio de su silencio, la hija mediana, Louise, se convierte al judaísmo tras su incursión en el fundamentalismo islámico. Para ello, acepta el «dinero manchado de sangre» que ha recibido su padre: «[…] voy a comprarte algo ridículo y caro con este dinero de sangre. “Bien”, respondió Louise. “Necesito una mezuzá”». El texto no reflexiona sobre el hecho de que esta combinación evoque asociaciones históricas cargadas de significado.
¿Por qué se vincula a los vampiros con el judaísmo? ¿No sería más plausible atribuir el ansia de inmortalidad de multimillonarios tecnológicos como Alabaster a su omnipotencia de facto, a un sistema de capitalismo sin límites y a la presión política y constante derivada de la transformación digital y tecnológica?

Louise se radicaliza en Internet a través de un islamista extremista: un escenario que también forma parte del imaginario de la derecha nacionalista.
La radicalización digital mediante el islamismo existe, por supuesto, pero actualmente proviene sobre todo de otros entornos: la manosphere, los foros incel o las comunidades tradwife. En muchos otros aspectos, Verlorene Schäfchen se inscribe en los discursos sociales y políticos ampliamente difundidos. Sus personajes encarnan relatos contemporáneos reconocibles: el veterano traumatizado, la familia burguesa en situación precaria. Aquí, la novela adopta una narrativa de amenaza propia de la derecha nacionalista. ¿Por qué precisamente esta distorsión?
En general, el mundo narrativo está poblado únicamente por personajes blancos. El «islamista», como único personaje no blanco, no habla nunca con voz propia; su discurso se transpone a través de un foro de chat, de forma indirecta. Y no es más que un terrorista.
Las narrativas que contribuyen a construir la historia no solo son conspirativas, sino que también forman parte de determinados programas políticos. Hablan de comunitarismo nacionalista, ignoran la tragedia de la vida cotidiana —salvo en las andanzas de Bud—, y convierten a «los otros» en chivos expiatorios para no atacar la evolución actual del capitalismo y a quienes realmente gobiernan en Estados Unidos. Conviene ser cautelosos antes de celebrar esta novela como «el libro del momento» o «el libro del verano».

Sobre el silencio y los corderos
En la versión inglesa, la novela se titula Lost Lambs (Corderos perdidos). También aquí los animales tienen que volver a saltar al terreno de las metáforas, como tanto nos gusta hacer. Solo que, en este último sentido, el pequeño animal de orejas largas no es culpable de haberse extraviado. Mientras que las ovejas se representan de forma burda, como dedos acusadores, el «cordero» es la criatura absoluta, la víctima. La versión inglesa del título, en cambio, aborda la brutalidad de esta novela: siempre tiene que haber alguien que desempeñe el papel de víctima.
Que sea el cordero. Por eso las teorías de la conspiración no son inofensivas: en un caso, explotan la miseria material extrema generada por el tecnocapitalismo, al tiempo que guardan silencio sobre esta injusticia. En el otro, determinados grupos humanos deben cargar con símbolos de siglos de antigüedad, desempeñar el papel de cordero y servir de pretexto para que los ricos puedan seguir agotando los medios de subsistencia de todo el rebaño. Verlorene Schäfchen no confunde estos dos escenarios. Simplemente, no encuentra un modo de abordarlos y termina contando, una vez, más, la vieja historia de los vampiros en una pequeña ciudad del sur de California que ya solo parece un barrio periférico de otro barrio periférico. Sobre este mundo se cierne el poder del multimillonario Alabaster, hijo, heredero y propietario del puerto, y por tanto el hombre en quien se concentran el poder económico, social y simbólico. En torno a su mansión circulan rumores, deseos y fantasías extravagantes de juventud, belleza e inmortalidad, y son principalmente las adolescentes quienes se sienten atraídas por esta promesa.
Abigail, la hija mayor de los Harper, también cae en esta órbita. En una época en la que el valor social se mide por el grado de visibilidad en las redes sociales, la proximidad al mundo de Alabaster se convierte en señal de que has sido vista, deseada y elegida. La belleza no aparece aquí como una cualidad personal, sino como una moneda de cambio; el reconocimiento, no como una experiencia, sino como un pase de acceso al círculo de los privilegiados.
Junto a ella aparece Wes, un joven veterano que ahora trabaja en el equipo de seguridad de Alabaster. En él, la novela concentra la experiencia de la guerra, el trauma, la culpa y la cuestión de cómo la violencia militar regresa a la vida cotidiana estadounidense. Los personajes y las voces narrativas lo llaman «Wes, el criminal de guerra»; si esa descripción le corresponde realmente y en qué sentido, queda deliberadamente en suspenso, porque Wes se aferra a sus recuerdos con la misma obstinación con la que intenta aferrarse al presente al que ha sido relegado. A través de este personaje, la novela de Cash narra una historia específicamente estadounidense: a los veteranos se les concede una normalidad que hace tiempo que se desmorona, pero que aún les ofrece puestos de trabajo en el sector de la seguridad al servicio de magnates obsesionados con el armamento.
La novela cobra aún más fuerza cuando muestra que la propia vida ordinaria de la clase media estadounidense ya no constituye una contrapartida estable. Bud Harper, padre, empleado, gerente de cuentas y sistemas, lleva una existencia aparentemente protegida y, sin embargo, el orden del mundo en el que vive parece construido de cartón. No hace falta caer de ese mundo para perder la fe en él; la propia normalidad basta para conducir al hastío y la desesperación. Ya no existe una vida inocente o segura sobre a que apoyarse para defender toda esta ruina.
Las hijas de los Harper, por su parte, se mueven entre la crisis matrimonial de sus padres, las exigencias de la vida familiar cotidiana y las grandes tentaciones propias de la época. Louise, la mediana, por ejemplo, busca alguna forma de singularidad y acaba atrapada en espacios de la red en los que la soledad, la radicalización religiosa, la manipulación y el anhelo se vuelven indistinguibles. La hermana menor, en cambio, se mueve por este mundo con una inteligencia que casi asume la función de guía narrativa. Y es alrededor de Abigail donde surgen esas conexiones a través de las cuales lo privado, lo familiar, lo conspirativo y lo político se entrelazan cada vez de modo más estrecho.
Sin embargo, desde una perspectiva crítica, la novela adolece de una excesiva tendencia explicativa. hay demasiadas frases articuladas en torno a «porque» y «por lo tanto». Lo que les ocurre a los personajes y lo que piensan suele presentarse como una consecuencia directa de sus respectivos antecedentes sociales o identitarios. La novela les asigna narrativas típicas de la actualidad sobre radicalización, género, ascenso social, trauma psicológico o impotencia política. El mundo narrativo de Verlorene Schäfchen se reduce tanto a personajes y temas contemporáneos que, en ocasiones, lo que se dice resulta previsible.
La novela ofrece abundante material para la crítica de este tipo de razonamientos basados en el «porque», y con ello revela su propia tendencia reduccionista. En realidad, los personajes parecen en su mayor parte moldes prefabricados. Esto se debe también a que la multiplicidad de perspectivas se hace notar fundamentalmente porque cambian determinadas circunstancias sociales, referencias al entorno social y puntos de vista, pero no por el estilo narrativo en sí.
Sin duda, la estructura en red de la novela se vende bien ante la crítica posmoderna. Sin embargo, esta característica se sitúa sobre todo en el plano de la representación, no en el del texto. Y eso hace que la escritura no resulte literariamente estimulante, y mucho menos subversiva, sino más bien la acerca a un modelo Netflix: todo está conectado con todo, cada personaje se encuentra en el lugar adecuado en el momento adecuado, cada motivación encuentra su correspondencia en otra motivación. La estructura en red no resuelve los conflictos porque la novela revele realmente las estructuras de poder, sino porque vuelve la realidad plegable en forma de trama. Lo que fuera queda del texto es inmanejable, aquí se puede entrelazar con elegancia. Ahí radica precisamente la ironía: se afirma que el mundo es complejo, pero se configura narrativamente de tal manera que, al final, funciona de forma sorprendentemente armoniosa.

Ocultar los contextos: una poética de la conspiración
A menos que sigamos el ejemplo de Tibet y permitamos que las teorías de la conspiración nos expliquen el mundo. La mejor amiga de Abigail es una «friki de Internet» que como adolescente blanca de clase media pasa las tardes entregada a sus aficiones y a los equivalentes de Reddit y Telegram. También los utiliza para obtener información sobre Alabaster, que ha invitado inesperadamente a Abigail a una de sus fiestas: «En cuestión de minutos recibió una avalancha de respuestas, opiniones, fotografías, enlaces a artículos, escaneos de microfilmes y canciones reproducidas al revés. Tibet examinó el material. Distinguir los hechos de la ficción era la clave de su trabajo». Tibet se sirve de las teorías de la conspiración. La «investigación» con ayuda de esos hilos —que la voz narrativa ya había calificado previamente de teorías conspirativas— modifica su posición epistemológica. Y en la trama de la novela se confirma aquello que Tibet lee por las noches sobre «redes de poder ancestrales, rituales secretos e inmortalidad». Las fantasías de Tibet aparecen y son validadas, dejan de ser un conocimiento heterodoxo, para convertirse en una vía de acceso a las conexiones entre Alabaster y la administración municipal. Son el motor de la trama: tras su investigación, Tibet se pone en contacto con la hermana pequeña de Abigail, quien a su vez informa al criminal de guerra. La investigación de Tibet puede interpretarse, por tanto, como un programa de conocimiento adoptado por la propia novela en su forma narrativa.

Sin embargo, mientras Tibet clasifica sus fuentes y examina críticamente los discursos en cuanto a su carácter ficticio, los orígenes de las narrativas que contribuyen a construir el relato concreto de Verlorene Schäfchen permanecen ilegibles. El «vampirismo» de Alabaster, del que la crítica ya se ha burlado hasta la fecha, se asemeja de manera llamativa, por su relación con el dinero y con las «redes de influencias heredadas a lo largo de generaciones», al imaginario antisemita del vampiro. Esta proximidad no es hermenéutica; puede leerse directamente en la trama. Mientras Bud acepta un soborno de Alabaster a cambio de su silencio, la hija mediana, Louise, se convierte al judaísmo tras su incursión en el fundamentalismo islámico. Para ello, acepta el «dinero manchado de sangre» que ha recibido su padre: «[…] voy a comprarte algo ridículo y caro con este dinero de sangre. “Bien”, respondió Louise. “Necesito una mezuzá”». El texto no reflexiona sobre el hecho de que esta combinación evoque asociaciones históricas cargadas de significado.
¿Por qué se vincula a los vampiros con el judaísmo? ¿No sería más plausible atribuir el ansia de inmortalidad de multimillonarios tecnológicos como Alabaster a su omnipotencia de facto, a un sistema de capitalismo sin límites y a la presión política y constante derivada de la transformación digital y tecnológica?

Louise se radicaliza en Internet a través de un islamista extremista: un escenario que también forma parte del imaginario de la derecha nacionalista.
La radicalización digital mediante el islamismo existe, por supuesto, pero actualmente proviene sobre todo de otros entornos: la manosphere, los foros incel o las comunidades tradwife. En muchos otros aspectos, Verlorene Schäfchen se inscribe en los discursos sociales y políticos ampliamente difundidos. Sus personajes encarnan relatos contemporáneos reconocibles: el veterano traumatizado, la familia burguesa en situación precaria. Aquí, la novela adopta una narrativa de amenaza propia de la derecha nacionalista. ¿Por qué precisamente esta distorsión?
En general, el mundo narrativo está poblado únicamente por personajes blancos. El «islamista», como único personaje no blanco, no habla nunca con voz propia; su discurso se transpone a través de un foro de chat, de forma indirecta. Y no es más que un terrorista.
Las narrativas que contribuyen a construir la historia no solo son conspirativas, sino que también forman parte de determinados programas políticos. Hablan de comunitarismo nacionalista, ignoran la tragedia de la vida cotidiana —salvo en las andanzas de Bud—, y convierten a «los otros» en chivos expiatorios para no atacar la evolución actual del capitalismo y a quienes realmente gobiernan en Estados Unidos. Conviene ser cautelosos antes de celebrar esta novela como «el libro del momento» o «el libro del verano».

Sobre el silencio y los corderos
En la versión inglesa, la novela se titula Lost Lambs (Corderos perdidos). También aquí los animales tienen que volver a saltar al terreno de las metáforas, como tanto nos gusta hacer. Solo que, en este último sentido, el pequeño animal de orejas largas no es culpable de haberse extraviado. Mientras que las ovejas se representan de forma burda, como dedos acusadores, el «cordero» es la criatura absoluta, la víctima. La versión inglesa del título, en cambio, aborda la brutalidad de esta novela: siempre tiene que haber alguien que desempeñe el papel de víctima.
Que sea el cordero. Por eso las teorías de la conspiración no son inofensivas: en un caso, explotan la miseria material extrema generada por el tecnocapitalismo, al tiempo que guardan silencio sobre esta injusticia. En el otro, determinados grupos humanos deben cargar con símbolos de siglos de antigüedad, desempeñar el papel de cordero y servir de pretexto para que los ricos puedan seguir agotando los medios de subsistencia de todo el rebaño. Verlorene Schäfchen no confunde estos dos escenarios. Simplemente, no encuentra un modo de abordarlos y termina contando, una vez, más, la vieja historia de los vampiros.


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