La posibilidad de un futuro
House of AnansiIryn Tushabe | Everything Is Fine Here | House of Anansi Press | 328 páginas | 15,95 EUR
Iryn Tushabe es una autora ugandesa-canadiense con una notable proyección internacional que y ya hace tiempo que dejó de ser una debutante literaria. Galardonada con el City of Regina Writing Award (2020, 2024) y el Journey Prize (2023), y finalista del Caine Prize for African Writing, su primera novela, Everything Is Fine Here (Aquí todo va bien) marca no tanto un comienzo como un umbral: la transición de una prosa breve ampliamente reconocida a un formato más extenso. Su formación literaria es inequívocamente transnacional, pero su narrativa permanece firmemente anclada en la experiencia ugandesa: sobria, precisa y desprovista de gestos exotizantes.
Desde el punto de vista estilístico —y en la evocación afectuosa, nunca folclorizante, de la vida cotidiana en el oeste de Uganda, en contraste una ciudad vibrante y políticamente tensa como Kampala— la novela se inscribe en la tradición de la literatura de África Oriental desde finales de los 70 hasta principios de los 2000: la de aquellos libros del East African Literature Bureau (posteriormente Kenya Literature Bureau) o de Focus Books, que entendían la autoafirmación como práctica estética. Aquí, Tushabe entronca de manera perceptible con autores como Joseph M. Luguya, Margret A Ogala u O. Wambakha, y es consciente de esa genealogía. Cuando Aine, la hermana menor y verdadera protagonista, casi se atraganta al oír que Achen, la pareja lesbiana de su hermana mayor Mbabazi, estuvo en Oxford, y exclama: «Okot p'Bitek estuvo en Oxford», no se trata de un simple guiño erudito, sino una afirmación de conciencia literaria. El hecho de que defienda African Religions in Western Scholarship (Las religiones africanas en la erudición occidental) —y lea el ejemplar de su abuelo, lleno de subrayados, como un diálogo entre p'Bitek y el propio abuelo— es toda una declaración poética. Aquí la escritura es herencia. «¿Y de quién recibiste tu cerebro de escritor? De tu abuelo». La literatura aparece aquí como transmisión familiar. Y, por supuesto, también como detonante de una posible resistencia.
Pero Aquí todo va bien no es una novela nostálgica de la tradición. Es una novela de nuestro tiempo: cruda, política, desprotegida. Tushabe escribe contra la homofobia de Uganda, que además está legalmente institucionalizada. Muestra cómo funciona la vida cotidiana cuando se criminaliza el deseo. Un beso en público entre Aine y Elia es recibido con abucheos por los conductores de boda-boda. Aine piensa con frialdad: si fueran Achen y Mbabazi, «lo más probable es que esos mismos hombres golpearan a las mujeres con palancas para neumáticos». Poco antes, una turba había asaltado una sede LGBT; la policía confiscó preservativos y golpeó a los activistas. Tushabe lo describe sin dramatismo, logrando que el relato sea aún más impactante.
La ternura con la que retrata el amor lésbico es aún más radical. «Tu amante», dice Aine. Mbabazi responde irritada: «¿Quién utiliza ya esa palabra?». - «Compañera». - «¿En qué trabajo?» - «En el de la vida, supongo». Estos diálogos son ligeros, ingeniosos, íntimos. Devuelven lo político a la esfera privada. Más tarde, en el «alegre barullo» del círculo de amigos de Mbabazi —entre ellos «un locutor de radio cuyo género era difícil de precisar»—, Aine comprende que el hogar no es un lugar, sino un estado. Mbabazi «zumbando como una luciérnaga» es una imagen de libertad que Aine quiere preservar para su propio futuro. La memoria funciona aquí como un refugio.
Al mismo tiempo, la novela traza un panorama preciso de la política corrupta. El «honorable miembro del Parlamento», que votó a favor de la abolición del límite de edad para que Museveni pudiera seguir gobernando, es algo más que un personaje de fondo. Representa una estructura en la que el poder se autoperpetúa. Tushabe muestra cómo el cinismo político se filtra en la vida familiar.
La escena del primer encuentro sexual de Aine, el clásico «desfloramiento», es de una sobriedad desconcertante. «Por más que se tensaba, nada ayudaba a aliviar el persistente dolor». Ella se traga el llanto. Él gime: «Qué bueno es esto». Ella no responde con una mentira, sino con una evasiva: «Qué calor hace aquí». No hay escándalo, sino una desromantización. Los procesos de socialización femenina y la seguridad masculina se diseccionan en unas pocas frases cuya precisión es quirúrgica.
Otro aspecto destacado de la novela es el análisis de las iglesias carismáticas. En un pasaje que recuerda la sobria claridad de Scholastique Mukasonga, quien rastrea las raíces históricas de este adoctrinamiento religioso en su novela Sister Deborah, Tushabe describe cómo el pentecostalismo penetra en una escuela protestante de niñas, es decir, la subestructura social: apóstoles con zapatos relucientes, rezos en lenguas, colegialas que caen al suelo en éxtasis. El ensayo crítico de Aine sobre este fenómeno, publicado en el diario ugandés Daily Monitor le acarrea problemas. Su crítica del espectáculo religioso es sancionada.
Esta crítica se agudiza cuando el tío de Aine afirma que la gente cae «de rodillas y llora a un dios que los blancos inventaron y nos trajeron para sustituir a nuestros propios dioses». El cristianismo es desenmascarado aquí como una reliquia colonial, no de forma panfletaria, sino como una amarga verdad en una conversación familiar. Resuena aquí Decolonising the Mind: The Politics of Language in African Literature de Ngũgĩ wa Thiong'o. Y más aún cuando se trata de la lengua, que también se aborda en esta sutil novela, de modo que, en consonancia con el espíritu de Ngũgĩ wa Thiong'o, subraya hasta qué punto el dialecto regional Runyankole del suroeste de Uganda, que es el que aquí se habla, desempeña un papel importante. Cuando Aine se da cuenta de que «desierto» se traducía por «bosque» —«ihamba»— en la Biblia Runyankole-Rukiga, comprende la brecha epistémica. Su padre le pregunta: «¿Sabes que más de la mitad de los estudiantes universitarios no saben ni leer ni escribir en su lengua materna?». El sistema educativo como máquina de alienación. Y, sin embargo, hay otra cara de la moneda, por ejemplo, en los juegos de palabras en inglés que se hacen la terraza familiar:
«Oye, si una pequeña novela es una novella», dijo Achen, «¿por qué una siesta no es una sleepella?»
«¿O una pequeña tormenta una stormella?». dijo Aine.
«Una carrera sería una runella». «¿Un enamoramiento una lovella?»
La descolonización aquí no solo significa rechazo, sino también la reapropiación creativa del legado colonial.
Tushabe tampoco evita otros temas difíciles. La misoginia no se describe en términos abstractos, sino concretos: Mbabazi, la mejor estudiante de medicina de su promoción, recibe «propuestas indecentes» en lugar de ofertas de trabajo. Su empleo en una clínica de reproducción —mal pagado, amenazado por grupos antiabortistas— es a la vez un riesgo y una liberación.
La lacra que supone la depresión también queda liberada de todo tabú. El personaje, que se despierta varias veces en el hospital tras una sobredosis, «profundamente decepcionada» por el fracaso de su intento de suicidio, padece una enfermedad que «todo el mundo a su alrededor teme de nombrar». Y en la que, supuestamente, solo las oraciones pueden servir como terapia. Tushabe encuentra palabras para lo indecible, que así se arraiga firmemente en la realidad. Cualquiera que haya visitado una de las iglesias carismáticas de Uganda y haya visto cómo se «cura» la depresión mediante un exorcismo, solo puede agradecer a Tushabe que proponga alternativas intraculturales en su texto.
Pero más allá del tono crítico, Tushabe siempre consigue crear momentos de ternura, sobre todo en sus descripciones de las costumbres locales, como la temporada de la langosta y el manjar que es el nsenene, un tipo de grillo recogido a la luz de los faros del Land Cruiser para dorarlo y degustarlo con placer. O la legendaria comida rápida ugandesa Rolex, un chapati con tortilla, col, tomate y cebolla. Estas escenas son algo más que color local. Son texturas culturales. Enraízan lo político en lo culinario, en el olor del aceite, en el crepitar de las alitas asadas.
No obstante, es la propia escritura de esta novela la que tiene la última palabra: «El hecho de escribir la liberaría», dice en ella. Aine se ve a sí misma en el pabellón de su padre, rodeada de cuadernos, y vive la literatura como una catarsis, como una estrategia de supervivencia. El tío repite: «Por donde muchos caminen, se abrirá un nuevo camino». Y Mbabazi replica: «Dile a mamá que aquí todo va bien». Esta frase es a la vez una promesa y un desafío. Porque, por supuesto, no todo va bien. Pero en la afirmación reside al menos la posibilidad de resistencia. En este caso concreto, reside en el proceso de escritura y en la propia novela, una novela que conoce la tradición, que se enfrenta al presente y que imagina el futuro. Un libro que, entre luciérnagas y guillotinas, produce un resplandor extraño, casi visionario: la posibilidad de un futuro.
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