Amor y conciencia de clase
dtvRuth-Maria Thomas | Die zweitgrößte Liebe | dtv | 304 páginas | 24 EUR
Hablar de números
Sentada en el suelo, Michelle hace balance de su vida. Le cuesta: 820 euros de alquiler, el abono del autobús, la luz, el agua, los tampones. Saca dinero de la lata del café, cuenta los billetes, consulta la aplicación del banco y dispone su vida ante sí, partida por partida. Con la misma atención, disfruta de la humedad de la mañana de otoño, del cosquilleo que siente de camino a casa de Henry, de un martini con sabor a aceituna en el borde de la copa. Presentar la vida de Michelle como una «historia de amor», como un «Este contra Oeste», o a través de las sutiles diferencias derivadas de la distribución desigual de diferentes formas de capital, permitiría contar muchas cosas, pero no daría cuenta de su realidad concreta.
Die zweitgrößte Liebe (El segundo gran amor) retrata a un personaje que vive en situación de relativa pobreza, sin dramatizar ni edulcorar su vida. La novela no sigue ningún guion teórico sobre la desigualdad y la precariedad, ni recurre a la «pornografía proletaria» de ciertas obras de «ficción de clase» (salvo por el albornoz de Leo, que es un guiño).
Die zweitgrößte Liebe aborda el poder que ejerce el capital en una relación de pareja heterosexual. El amor de Michelle por Henry es el segundo más grande: en primer lugar, como una tercera persona que se interpone entre ambos, están los costes de todo. Tiene que saldar deudas porque nadie en su familia ha podido ahorrar dinero para ella, porque su joyería quebró durante la pandemia, porque no hay herencia, sino alquileres demasiado elevados. El estrés se abre paso en su vida, interrumpe la trama y se hace tipográficamente legible a través de cálculos y digresiones mentales.
¿Es esa su vida o solo las condiciones en las que se desarrolla? ¿Puede ser esto una historia de amor?
Materialidades: el amor y las diferencias
Michelle conoce a Henry en el hotel: él es huésped, ella trabaja allí. La atracción surge entre ambos y todo parece fluir con naturalidad, aunque a veces deriva en un lenguaje amoroso un tanto estereotipado. Pero cuando «los dedos de Michelle aún dejaban huellas al escribir: ¿vamos juntos al planetario el sábado?», la relación se vuelve tan inmediata que casi olvidamos que está construida a través del lenguaje. Sin signos de puntuación ni mayúsculas, las palabras pasan a un segundo plano frente a la experiencia. La historia de amor se lee con fluidez y ligereza, proyectando una imagen tan hermosa como idealizada. El amor aparece como algo que simplemente sucede y no necesita explicación. Por eso resulta aún más desconcertante cuando Henry piensa que Michelle «en realidad no puede permitirse de no amarlo». En las páginas siguientes se revela la otra cara de aquellas escenas en las que el enamoramiento se describe como una experiencia tan íntima e inmediata.
Michelle se adentra en la vida de Henry. Para ella, la familia de él es sinónimo de tranquilidad: hay mucho espacio en la casa, hay recursos para los rituales, para compartir comidas tranquilas, disfrutar de la sobremesa y tumbarse en el sofá. Con Carlotta, la hermana de Henry, comienza a entablar una relación de amistad. Y, sin embargo, no puede sentirse del todo a gusto allí; es precisamente en esos momentos cuando cobra conciencia de sus orígenes. Es una experiencia corporal, tejidos sobre la piel cuya materialidad social Michelle percibe de repente; tejidos que para ella son inimaginables, pero que Carlotta pide aburrida como regalo de cumpleaños.
Sin ganas de un safari por el Este
Al mismo tiempo, el origen de Michelle no es motivo de aislamiento. Un compañero «también se había mudado desde la región de Lusacia, se llevaron bien desde el primer momento». La región aparece como un entorno condicionado históricamente que moldea el sentido de pertenencia y la autoestima.
Cuando Henry quiere ir con ella a Lusacia, ella se niega a exponer la región a «un safari». «No le apetece nada». Michelle intuye cómo se comportaría Henry allí, porque conoce las relaciones de poder por experiencia propia. Cabe preguntarse si él entiende a qué se refiere ella cuando dice «safari».
Explorar los límites de la clase social
Cuando Michelle tiene dieciséis años, su primer novio la hiere con unas tijeras de manicura durante una relación sexual porque ella quiere dejarlo. Se tatúa una rosa sobre la cicatriz del muslo y, durante los meses siguientes espera frente a su casa para interceptar su correspondencia: las cartas de la oficina de empleo con propuestas de entrevistas de trabajo y los requerimientos de pago. De vez en cuando roba y destina lo que así se ahorra a saldar sus deudas. En el trabajo, los hombres a los que tiene que atender le hacen gestos obscenos; uno de ellos incluso le silba. Ella sabe que no puede permitirse perder los estribos y decirles lo que piensa. Pero tampoco puede quedarse de brazos cruzados.
«Y así, a escondidas, escupía en los chupitos que les servía al final de la velada, por invitación del local.»
Frente a los límites que se le imponen como huérfana de padre, como mujer arrastrada por un mundo en el que todo tiene un precio, todo esto constituye una forma de autodefensa creativa.
Ahí está, y está plenamente lúcida: sobre una escritura situacional frente a una reconstructiva
«Ahí está, una mujer que se sumerge en lo desconocido, y está plenamente lúcida». No es una cita de Michelle, a quien le encanta ducharse con agua caliente y que, en varios pasajes, describe el amor y el dinero como una ducha caliente. Esta frase aparece como epígrafe al comienzo del texto y pertenece a la novela Mi año de descanso y relajación de Ottessa Moshfegh. La novela se ha interpretado como «weird girl fiction» (1), como una historia sobre el agotamiento del capitalismo tardío o como una rebelión contra él. Su protagonista vegeta en su apartamento, adicta a las pastillas. Pero es lo que ella quiere. Su obstinación dificulta que se la interprete como una determinada figura sociocultural.
Die zweitgrößte Liebe también podría haber comenzado con una cita de los textos sobre clase que hoy se han convertido casi en un canónicos. La novela podría haber arrancado con un pasaje de Regreso a Reims de Didier Eribon, tendiendo así un puente entre Reims y Lusacia, lugares relegados al olvido político cuyas consecuencias económicas se radicalizan no solo en lo que respecta al éxodo rural y al deterioro de las infraestructuras, sino precisamente a través del extremismo de derechas. La conexión habría sido más estrecha no solo geográficamente, sino también en términos culturales. En cambio, el epígrafe sitúa el texto en el ámbito de una novela inferior desde el punto de vista narrativo, le queda por alcanzar. La cita de la novela de Mosfegh, a diferencia del texto literario del sociólogo Eribon, no es una introspección etnográfica, a posteriori y distanciada. No es una frase que intente explicar las condiciones sociales, sino una forma de escribir que se sumerge en la experiencia de una mujer, y lo hace con plena lucidez.
Precisamente este tipo de escritura, que no clasifica, sino que vive la experiencia, es lo que caracteriza también a Die zweitgrößte Liebe. Ahí reside la fuerza de la novela, que no escribe sobre la clase social, sino que confía en ella: la voz narrativa, que en la mayoría de los pasajes coincide con la de Michelle, no necesita recurrir a los libros de Bourdieu para respaldar retrospectivamente su percepción, aunque sí repara en ellos cuando los ve en la estantería de Henry.
Ella misma ve y siente:
«Se planteó entrar, sentarse a su lado y pedir un martini con las piernas cruzadas; su falda negra y ajustada le quedaría justo por encima del pubis. […] Los clientes vestían de forma distinta a como había imaginado. Con mayor discreción. No llevaban marcas visibles en las camisetas ni una cantidad desmesurada de joyas; los tejidos eran vaporosos y no tenían ni una pelusa. […] Con el perfume que llevaba en el vestíbulo a lo largo de un solo día, probablemente habría podido pagar el alquiler durante un año».
Michelle sabe cómo la miran los hombres. Ha aprendido que los huéspedes ricos no visten de forma ostentosa, sino que el lujo es discreto y natural. Sabe reconocerlo. Porque a lo largo de toda su vida ha observado por necesidad y, por así decirlo, en ese sentido ha desarrollado una «cultura» forjada en la vida cotidiana sobre lo que significa ser mujer y pertenecer a una clase social determinada. Ser mujer, una mujer endeudada, sin capital inicial y con la inquietud, la carga psicológica, etc., que acompaña a la precariedad, hace que observar y aprender constantemente sea indispensable para sobrevivir.
El procedimiento narrativo de Thomas logra así algo que sigue siendo objeto de reflexión crítica en la obra de Didier Eribon o la de Edouard Louis, otro «escritor de clase»: al utilizar estos últimos un método de reconstrucción etnográfica, persiste una diferencia entre el yo anterior descrito y su lenguaje, y el yo actual, ya que la posición narrativa cuenta con más capital, conocimientos y un lenguaje diferente. En la obra de Louis Changer: Méthode, este procedimiento ya está implícito en el título. Aunque Louis no narra una historia de ascenso social, sino una en la que la experiencia de clase se adentra en el nuevo «yo» y lo desestabiliza una y otra vez, su escritura trabaja con diferencias de clase que tienden a desindividualizar al personaje narrativo.
En el caso de Thomas, en cambio, una narradora habla desde el presente; reflexiona también desde su posición, pero sobre todo de forma situacional, con una conciencia de sí misma muy particular. (2)
«Y Henry pensó que ella se avergonzaba».
Lo peor de la vergüenza, escribe Annie Ernaux, es que uno cree que es el único en sentirla. (3) El juicio del caso Gisèle Pelicot ha convertido la vergüenza en una reivindicación. Bajo el lema «La honte doit changer de camp», las mujeres se solidarizan, salen juntas a la calle e intentan poner el foco quienes provocan esa vergüenza y en las causas sociales que la generan. Michelle tampoco está sola en Die zweitgrößte Liebe. Está junto a su compañero de trabajo de Lusacia, a su madre, que la ha criado sola, y a mujeres jóvenes: «imágenes en su interior, como fogonazos […] lo entendían todo, se miraban y sabían: de sí mismas».
Michelle tiene que hacer cuentas, porque no puede permitirse el lujo de no hacerlas. Pero la novela de Thomas no cuadra en este cálculo. La narración capta su deseo, el sabor azucarado de las rodajas de manzana ácida en los dedos y el enamoramiento. El de Michelle es un acto de rebeldía que no encaja en una historia de ascenso social ni un estudio sociológico. Es algo más que una voz: es una presencia viva, que se manifiesta durante la pausa para fumar en el balcón del hotel, en el suelo, en el patinete… Es un personaje, una mujer. Y Henry pensó que se avergonzaba.
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(1) Esta novela se interpreta, además, como el inicio de la «unhinged woman literature» (literatura de la mujer desquiciada) o «sad girl literature» (literatura de la chica triste). Estos textos hablan de mujeres cuyo cinismo y comportamiento autodestructivo se interpretan en el contexto de un neoliberalismo posfeminista. Sus protagonistas suelen ser blancas, con solvencia económica y atractivas según los cánones convencionales de belleza; afrontan su situación con una forma autorreflexiva de disociación, sin por ello dejar de hacerse daño a sí mismas. Sigue siendo una cuestión abierta y controvertida si en ello reside una resistencia feminista o si, más bien, se manifiestan las consecuencias de las condiciones neoliberales. También se podría interpretar a Michelle en este contexto: se entrega al amor, aunque su promesa de igualdad se vea socavada una y otra vez por las condiciones sociales. Véase, por ejemplo, Teyah Miller, «Deranged, Dissociated and Loving it: My year of rest and relaxation and the rise of “unhinged women’s literature”» en: Reception: Texts, Readers, Audiences 17/1 (2025), págs. 6-27.
(2) Por lo tanto, se puede hablar de una «autoconciencia de clase», inspirándose libremente en la obra de Jacques Rancière La Nuit des prolétaires (1981). A partir de testimonios de trabajadores de la década de 1830, Rancière muestra cómo estos se apropiaban del tiempo y las capacidades que la sociedad les negaba: leían, escribían, componían poesía y desarrollaban concepciones de sí mismos que no se agotaban en su posición social. De ahí no surgió una identidad de clase homogénea, sino distintas forma de concebirse y de construir la propia identidad a partir de prácticas compartidas, sin que estas dieran lugar a una experiencia común. En este sentido, «conciencia de clase» no alude aquí a una conciencia política, sino a una manera de entender la propia identidad condicionada por el entorno social, pero que no puede explicarse únicamente por la posición de clase.
(3) «Le pire dans la honte, c’est qu’on croit être seul à ressentir», o también: «La honte est devenue un mode de vie pour moi. À la limite je ne la percevais même plus, elle était dans le corps même.», Annie Ernaux, La Honte, París: Gallimard, 1997, p. 109; p. 131.
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