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Un relato breve de Brasil
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João Anzanello Carrascoza

Es verano en el Norte Global e invierno en el Sur Global. Motivo más que suficiente para que Literatur.Review una el verano y el invierno en agosto y publique relatos inéditos o nunca traducidos procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.

João Anzanello Carrascoza es escritor y profesor en la Escola de Comunicações e Artes de la Universidade de São Paulo. Ha publicado las novelas Aos 7 e aos 40 y Caderno de um ausente, así como los libros de relatos O volume do silêncio y Espinhos e alfinetes, entre otros. Sus relatos han sido traducidos al croata, inglés, francés, italiano, español, sueco y tamil. Entre los premios que ha recibido se encuentran el Guimarães Rosa (Radio France Internationale), los Cuervos Blancos (Biblioteca Internacional Juvenil de Múnich), el Jabuti, el de la Fundação Biblioteca Nacional y el de la Associação Paulista dos Críticos de Arte.

En aquella época —siendo aún niño— no entendía el mundo privado de mi padre y mi madre, cuando todavía éramos seis en casa. Pero incluso yo, el más pequeño, me daba cuenta de cómo el «no» se imponía al «sí» entre ambos. De cómo pasaban, de estar tranquilos en un momento, a enzarzarse en una discusión virulenta al siguiente.

En aquellos días nuestros no ocurría nada extraordinario. La nuestra era una vida cotidiana, como la de otros pueblos pequeños. Amanecía, íbamos al colegio, mi padre a la tienda, mi madre a ocuparse de las tareas domésticas —y había tantas que varias recaían en cada uno de los hijos: Gisa ayudaba en la cocina y a limpiar los baños, Tati barría y enceraba el suelo del salón y de los dormitorios, Luiz sacaba la basura y ayudaba a papá en la tienda, y yo, yo hacía lo que me correspondía según mi tamaño (jugar).

Cada uno por su cuenta y todos juntos, vivíamos nuestras experiencias de aprendizaje, en soledad o, a veces, mezclados: Tati y Luiz veían la tele juntos, fans de los mismos programas. Gisa me ayudaba con los deberes en la mesa del comedor, y papá y mamá hablaban en la cocina de asuntos importantes —más adelante descubriría cuáles eran y lo engañosa que era su magnitud— y, aun así, nos vigilaban de cerca, atentos a lo que nos rodeaba.

De repente, la voz de mi madre, suave y cariñosa, se alzaba, y la de mi padre, grave y seca, no tardaba en ahogarla, antes de quedar a su vez sepultada bajo los gritos de mi madre. Entonces, las palabras roían el aire, rebotaban contra las paredes, se entrelazaban hasta que resonaba el sonido sordo de un puño sobre la mesa o de un plato rompiéndose contra el suelo; mi madre cruzaba corriendo el salón, con los ojos empañados, y se encerraba en el dormitorio. Mi padre salía al patio trasero y allí se quedaba de pie, envuelto en el humo de su cigarrillo, despotricando contra la sombra de los árboles.

Estos episodios se repetían con ligeras variaciones: resonaba una risa provocadora y, acto seguido, se rompía una taza; una cantinela de mi madre y un insulto de mi padre en respuesta. No podíamos hacer nada más que compadecernos en un silencio cómplice y, al verlos al día siguiente charlando alegremente, no nos quedaba más remedio que olvidar lo que había pasado y disfrutar de nuestra precaria tregua.

No entendía el funcionamiento del universo, aunque mi mirada no se centraba exclusivamente en una minúscula fracción de su mecanismo: antes de acostarme, me ponía a pensar en la inmensa máquina del destino y sus infinitas combinaciones. Tenía pocos amigos y casi nunca iba a visitarlos, pero veía a la madre de un amigo por aquí, al padre de otro por allá, y nunca a los dos juntos, contándose el uno al otro las vivencias del día, el hombre abrazando a su mujer, o a los dos en una ruidosa discusión, de modo que no me sentía triste (cuando presenciaba las escenas de conflicto entre mis padres) ni feliz (cuando los veía cogidos de la mano en armonía). Sin la conciencia que tengo ahora, solo sentía que estaba vivo —y vivir era eso, aceptar simplemente lo que me sucedía, ya fuera doloroso o alegre. Además, Gisa y Luiz, mayores que yo, no parecían preocupados ni asustados por la imprevisibilidad de esos altibajos. Estaban acostumbrados a ellos y, me imagino, convencidos de que no había forma de prever los próximos enfrentamientos, ni existía ninguna alarma capaz de advertirnos de que eran inminentes.

Y así seguíamos adelante, cada uno absorto en sus pequeñas cosas, que a veces eran las de todos, cada uno viviendo su propia historia personal, tan ligada a la de la familia, todos tan imprescindibles los unos para los otros, aunque para la ciudad no fuéramos más que media docena de residentes, y para el mundo, gente anónima, estadísticas, números. Ignorábamos, al ver a mamá tumbada en el sofá y a papá acariciándole el pelo, que, en realidad, estaban más cerca de la siguiente explosión.

Llegó el día en que todo estalló, separándonos irrevocablemente de un futuro que podría haber sido otro, pero no lo fue. Hacía un calor sofocante; mi padre y mi madre estaban en la terraza, como dos enamorados, en un cortejo de susurros, y de repente empezaron a alzar la voz en una carrera hacia la cima y, en cuestión de segundos, la alcanzaron. Los ruidos nos sorprendieron por insólitos. Primero, se hizo añicos un vaso, enseguida otro, y después algo que sonó como un jarrón. A continuación —el susto fue mayúsculo— el sonido de un puñetazo. Dos. Tres. Un alarido de mamá y su llanto desgarrador atravesaron el aire.

Corrimos hacia ellos, más para ver que para intervenir, y casi fuimos arrollados por ella, que entró en la casa sollozando y se encerró en el baño. Papá cruzó la calle bajo el sol abrasador de la tarde, dejando tras de sí la verja abierta de par en par. En la terraza, sillas volcadas, tierra de las macetas esparcida por todas partes, fragmentos de cristal… el orden reducido a pedazos. Por orden de Tati, fuimos colocando todo en su sitio, iniciando así una rutina de borrado inmediato de todo rastro. Como si así la vida pudiera volver a la normalidad y la paz familiar, una vez herida, pudiera sanar más rápido.

A la mañana siguiente, mamá apareció con gafas de sol para ocultar su ojo morado y se quedó en casa todo el día. A petición suya, Luiz fue a la farmacia a buscar una pomada. Papá pasó dos noches en el sofá. Pero la tercera, mientras veíamos la telenovela, los dos ya se sonreían; y, si por un lado aquellas sonrisas aliviaron mi angustia, por otro me dolieron como una ofensa. Mamá me dio las buenas noches y, quizá sospechando que, a diferencia de mis hermanos, yo no entendía que debía guardar silencio, me susurró al oído, más como una súplica que como una amenaza: «Cariño, no le cuentes nada de esto a tu abuela».

Y, claro, en el almuerzo del domingo, a la abuela le extrañó que mi madre, al hacer la cama, hubiera tropezado con la colcha y se hubiera golpeado la cara contra el cabecero, pero no pidió detalles que pusieran en duda esa versión de los hechos. Hoy comprendo que la abuela sabía que las mentiras se desmoronan por sí solas. El tío Beto puso entonces una canción en el tocadiscos, papá y mamá se pusieron a bailar, y nosotros nos reímos de sus ocurrencias.

Pero el transcurso de los días demostró que apenas habían arañado la superficie de la discordia y que, a partir de entonces, tocarían su fondo: un fondo retorcido y cubierto de rocas afiladas.

Durante semanas disfrutamos de una suerte milagrosa, ajenos al hecho de que, si la serenidad se cernía unos grados por encima de nosotros, de repente su reverso podía estallar de la nada y destrozarla al instante.

Y así sucedió aquel sábado por la noche, cuando estábamos todos alrededor de las pizzas para ir tomando por turnos nuestras dos o tres porciones, con papá a la cabecera de la mesa y mamá al mando, cortando y sirviendo las porciones en los platos. concentrados en nuestro sabroso festín, no nos dimos cuenta de quién lanzó la primera pulla, pero oímos las siguientes, que crepitaban como pólvora, tanto las de papá como las de mamá, y pronto los dos comenzaron a agredirse como enemigos ante nuestros ojos.

Aunque no de forma coordinada, intentamos separarlos: Luiz y Gisa con las manos juntas en actitud de súplica, implorando: «Papá, papá, no le pegues»; Tati en un rincón, gritando para que el universo pudiera oírla: «¡Basta, basta, basta!», y yo, abrazado a mi madre en un intento por protegerla, lloraba por dentro, totalmente embargado por la rabia. Entonces, la conciencia golpeó invisiblemente a mi padre; refrenó su furia. Y mi madre solo perdió dos dientes.

A partir de entonces, la tensión se intensificaba cuando mi padre volvía de la tienda al anochecer, y yo sentía la respiración acelerada de mi madre y su aliento tibio en la nuca las noches en las que dormía conmigo. Me angustiaba que pudieran estallar nuevos enfrentamientos en cualquier momento, y me costaba entender qué podía desencadenarlos. Pero la lógica de los afectos era más fuerte que mi entendimiento. El paso del tiempo volvía a poner a los dos de la mano. En la fiesta de cumpleaños de mi padre, la felicidad de mi madre era evidente (sus implantes dentales relucían). Llevaba en su vientre a un nuevo hermano para nosotros. Yo ignoraba qué sentimiento me invadía cada vez que la veía besar a mi padre delante de los demás, si vergüenza u orgullo.

Vinieron otros episodios, similares, más tenues en mi memoria —aunque quizá no para el cuerpo de mi madre—, y estos fueron espaciándose. Así, en medio de aquellos sobresaltos, fuimos creciendo y, arrastrados por otros tormentos, a veces por algunas alegrías, apenas sospechábamos que el destino, con su periódico ajuste de cuentas, estaba preparando una nueva factura.

Hasta que sucedió lo que sucedió, el gran suceso, porque aquella vez mi madre acabó contraatacando: le lanzó a mi padre un cuchillo, una cacerola, un plato, todo lo que tenía a mano. Y si no hubiera sido por Cido, nuestro vecino, que se apresuró a separarlos, no sé cómo habría acabado aquella pelea. Lo que sí sé es que, después, el tío Beto quiso llevarnos a casa de la abuela, pero mamá no lo permitió. Con el nuevo bebé en brazos, decía: «¡Esta es mi casa! ¡Nos vamos a quedar aquí!». Papá fue quien se marchó unos días. Pero una noche volvió. Lo recuerdo bien: estábamos todos en el salón, él en el sofá junto a mi madre, cabizbajo, con la mirada fija en el suelo, como si en silencio le pidiera perdón.

Sobrevino un periodo —largo— de tregua, capaz de difuminar casi por completo aquellas cicatrices que, al menos en mí, se habían quedado marcadas como las líneas que definen nuestro rostro, nos distinguen de los demás y, sobre todo, nos dan la certeza, frente al espejo, de ser, en efecto, quienes somos. Durante ese periodo, Luiz se sumergió en sus estudios; yo le sustituí en la tienda, donde empecé a descubrir que mi padre también era cariñoso y paciente en la otra faceta de su vida. Me desconcertó la inmensidad de esta verdad, aunque se revelaba poco a poco, al ritmo de nuestro día a día, un rayo de luz tras otro, hasta que de repente apareció ese sol inmenso. Era demasiado inmaduro para sentir compasión. Me resistía a amar a mi padre para no sacrificar mi amor por mi madre. Estaba aprendiendo a ser más maduro; ya no era solo ignorancia; empezaba a reconocer lo que había visto y ya no percibía el mundo (solo) a través del dolor de mis heridas.

Entonces, cuando hube detenido la hemorragia de las dudas y los recuerdos, al evocarlos, ya no me herían tanto, aquellos hombres, venidos de São Paulo, decidieron entrar en la ciudad.

Entonces, cuando ya había detenido la hemorragia de la duda, y las escenas que recordaba no me dolían tanto, aquellos hombres de São Paulo decidieron venir a nuestro pueblo. Ni Luiz ni yo estábamos en la tienda aquella tarde. Cido, que estaba hablando con mi padre en el mostrador, dijo que no se defendió, que no se movió, que solo abrió la caja registradora y sacó el dinero. Aun así, los hombres dispararon sus armas. Porque mi padre estaba allí. Mi padre existía para ellos como existe un camino.

Después de aquello, nunca volví a ver a mi madre sonreír así, con los dientes relucientes. Ni siquiera cuando nació el hijo de Gisa, el primer nieto que tanto había anhelado y que la obligaría una vez más, y con gran intensidad, a dar rienda suelta a su amor. Durante todos estos años, nunca le dije lo que me habría gustado decirle, y jamás podré decirle a mi padre, que se fue aquella tarde, cuando yo todavía no sabía lo que ahora sé.

Ahora los veo, entremezclados, en aquella casa de la infancia que reconstruyo en mi memoria: a mi madre detrás de las gafas oscuras y de su cuota de culpa, y a mi padre en el sofá a su lado, cabizbajo, con la mirada fija en el suelo, pidiéndole, en silencio, perdón.

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Traducido del portugués al inglés por Ilze Duarte.

La versión original en portugués brasileño se puede descargar aquí:


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