Los deseos acaban por cumplirse
Es verano en el Norte global e invierno en el Sur global. Motivo más que suficiente para reunir el verano y el invierno en Literatur.Review durante el mes de agosto y publicar relatos inéditos o nunca traducidos procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.
Mia Tijam nació en Iriga y se crió en Naga, en la región de Bícol. Estudió en la Universidad de Filipinas Diliman y es miembro del Taller Nacional de Escritores de la Universidad de Silliman (2007) y del Taller Anual de Escritura para Mujeres (2024). Es autora de poesía, ensayo y relatos y su obra ha recibido diversos galardones.
Ha trabajado como editora y miembro del jurado literario de ANI, Philippine Genre Stories y los Premios Nacionales del Libro, y es conocida por su aportación a la ficción especulativa filipina. Su ópera prima Flowers for Thursday fue finalista de los National Book Awards; su edición bilingüe de 2024 se convirtió en la primera colección de relatos cortos publicados en inglés y rinconada de la literatura filipina. Su último libro, The And That Was, se publicó en julio de 2026.
VII.
Casi parecía una muñeca de porcelana recostada en el suelo de la sala con el pelo castaño y rizado, sus labios rojos y carnosos, la tez de porcelana que había heredado de su madre, y la frente alta, la nariz respingona y los ojos marrones y rasgados que había heredado de su padre. Estaba sola en el salón, tarareando entre dientes una melodía sin sentido mientras, inclinada sobre dos libros de cuentos de hadas y sus juguetes esparcidos, dibujaba con una cera negra en una hoja de papel.
Su mano se detuvo al oír un sollozo procedente de la cocina, y dejó de tararear. Hacía ya un tiempo que aquel parecía ser el único sonido que se oía en la casa. Ya no había voces alzadas ni risas alegres. Ese día, tras horas de voces apagadas y murmullos acompañados de caricias en la cabeza, era el único sonido que rompía el silencio. Oyó otro sollozo ahogado y apretó con más fuerza la cera negra.
Después de cuarenta días, finalmente notó la ausencia de su papá.
En ese momento, comprendió perfectamente lo que había pasado: como el corazón de su papá había dejado de latir, nunca volvería. Deseó... deseó que las cosas volvieran a ser como antes, que fueran distintas de como eran entonces. Deseaba que su papá siguiera allí.
Se sentía extrañamente enferma, febril y asustada. Tenía ganas de llorar y de tener a su papá a su lado, de tener a alguien que la abrazara. Abrió la mano izquierda, dejando que la cera negra resbalara de su mano, que le hormigueaba. No se dio cuenta de que la línea de la vida de su palma se había roto de repente, y volvía a empezar unos milímetros más adelante, tenue y apenas visible. Se levantó, se alisó el vestido rosa y se dirigió hacia el pasillo.
Salí de su sombra y me incliné para mirar lo que había dibujado en la hoja. Su madre echó un vistazo por la puerta de la cocina y me vio. Se acercó a mí y se asomó por encima de mi hombro para ver el dibujo. Sorbió por la nariz y me dio una palmadita en la cabeza. Me giré para mirarla y le sonreí. Su madre sonrió por primera vez, aunque débilmente, y luego se dirigió también hacia el pasillo.
*En filipino (más concretamente, en tagalo), «Ate» (pronunciado aproximadamente «ah-teh») significa literalmente «hermana mayor». También es una fórmula de cortesía y respeto que se utiliza para dirigirse a una mujer mayor con la que se tiene una relación amistosa, familiar o de tipo familiar.
«¿No estabas hace un momento en el salón?», preguntó su madre al ver a su hija en el pasillo dirigiéndose al dormitorio que compartía con su hermana mayor, su Ate* Lynn. Su madre se llevó una mano a la frente, confundida y agotada, y sorbió por la nariz una vez más: «Te vi allí, dibujando».
Ella se dio la vuelta para mirar a su madre. «No, mami, estoy aquí», murmuró, y su pequeña y triste silueta se giró para alejarse.
Sí, repetí, estoy aquí.
Miré el dibujo que había dejado sin terminar. Era un dibujo de su familia y su casa. Uno de los rostros, de trazos quebrados, casi se parecía a ella, pero era a mí a quien dibujaba.
RosariumMia Tijam | The And That Was | Rosarium Publishing | 148 páginas
XIV.
Sus vidas no habían mejorado tras la muerte de su padre.
Su madre siempre estaba triste y hacía lo imposible por saldar las deudas del negocio que su padre había dejado, sacar adelante a la familia y mantenerlos a todos unidos. Su hermana mayor, Lynn, siempre estaba al lado de su madre y había envejecido antes de tiempo, consumida de ayudar a su madre a cuidar de la familia. Su hermano mayor, en cambio, se había marchado a las montañas y se había convertido en un visitante ocasional en sus vidas. A veces recibían cartas suyas; en una les contaba que se había casado con una chica de las montañas, y en otra, mucho tiempo después, les anunciaba que su mujer y su hijo habían muerto.
Con los años, se volvió inquieta, retraída y conflictiva. A menudo montaba rabietas y gritaba hasta quedarse ronca cuando las cosas no salían como ella quería.
A veces, yo sonreía en su lugar, para alegrar a su madre y a su hermana mayor, ya que ella nunca lo hacía. Cuando por fin se dio cuenta de que ellas rara vez le sonreían, empezó a pensar en qué se había convertido al crecer. Le parecía que nadie la quería. Deseó ser distinta. Empezó a buscar en su interior y luego en el exterior, en los demás.
*Un Barangay Hall es la oficina administrativa y sede del gobierno de un barangay, la unidad de gobierno local más pequeña de Filipinas, comparable a un pueblo, un barrio o un distrito.
Entonces, un día, se llevó a una compañera de clase a su casa. Dijo que su padre la estaba maltratando. Quería que su madre la acompañara al Barangay Hall* para denunciarlo. Decía que aquello estaba mal y que había que hacer algo al respecto.
Cada vez veía a su alrededor más cosas que estaban mal. Empezó a participar en manifestaciones, gritando contra la injusticia, gritando para que la gente la oyera, pero parecía que nadie quería escuchar. Deseaba poder hacer algo, algo más, algo que sirviera para remediar las injusticias que detectaba.
*En Filipinas, el término «libro rojo» se utiliza a veces para referirse de manera general a la literatura política comunista o de izquierdas.
Un día hizo la maleta y le dijo a su madre que se marchaba dos semanas a un programa de inmersión para aprender cómo podía cambiar la situación del país y mejorar la vida de la gente, para ir allí donde realmente pudiera ayudar y ver el cambio con sus propios ojos. Su madre intentó impedírselo, pero no pudo convencerla de que no se fuera ni retenerla. Más tarde diría que no nada hacía presagiar que su hija se sintiera así, ni con tanta intensidad. No había ningún indicio revelador de que leyera libros rojos*, ninguna reunión clandestina después de clase, ninguna opinión política expresada en voz alta. Su hija volvía puntual a casa, hacía las tareas domésticas y los deberes, hablaba con la familia y se reía con ellos. Era, en todos los sentidos, la hija pequeña y la hermana menor que cualquiera habría deseado. Nada hacía pensar que la niña se estuviera convirtiendo en una activista.
*El equivalente masculino de «Ate» es «Kuya», que significa «hermano mayor» y también se utiliza como fórmula de cortesía para dirigirse a hombres mayores.
La mañana de su partida, su Ate Lynn intentó alcanzarla, llamándola una y otra vez por su nombre, pero ella se limitó a sonreír y a despedirse con la mano hasta que el jeepney en el que viajaba desapareció de la vista. También ella desapareció de sus vidas y se internó en las montañas, igual que su Kuya*. Su primer destino en la montaña fue Sagrada, un barangay de campos de maíz en Iriga. Ta’di na naman su mga malang puputi —los pálidos han vuelto—, decían entre ellos los habitantes de piel oscura como la corteza de los viejos árboles, al verla pasar en fila junto a los demás.
Las veces que su madre creía verla en la tienda o esperándola delante de casa, o las veces que su Ate Lynn pensaba haberla visto en la escuela o en su habitación; todas las veces que creían que estaba con ellas, en realidad era a mí a quien veían.
XXI.
Luego empezaron a llegar las cartas, escritas en papel amarillo y enviadas en sencillos sobres blancos con matasellos de distintas ciudades. En todas decía que estaba bien, que era feliz dondequiera que estuviese, haciendo lo que hacía. Siempre pedía a su madre y a Ate Lynn que no se preocuparan.
No les contaba que, en una ocasión, habría preferido no tener que cortar su larga melena castaña porque estaba infestada de piojos. No les contaba que a veces habría deseado comer mejor o dormir en lugares más cómodos. No les contaba que habría deseado que ella y las personas que la acompañaban no tuvieran que huir de los soldados que los perseguían, que no tuvieran que correr para salvar la vida. Al fin y al cabo, no estaban haciendo nada malo, solo estaban ayudando. Tampoco les contaba que, a veces, habría preferido no tener que hacer algunas de las cosas que había hecho. Lo que más deseaba era que, dondequiera que estuviera, la vida cambiara de verdad y para bien.
No les decía que deseaba dejar de sentir que alguien o algo la perseguía, que intentaba alcanzarla, que la llamaba. En sus cartas tampoco decía que, cuando echaba muchísimo de menos a su madre y a su hermana Lynn, lo único que deseaba era poder volver a casa.
Lo deseaba, pero se quedaba y nunca se quejaba. Y cuanto más lo deseaba, más a menudo quienes la conocían, aquellos a quienes había dejado atrás, alcanzaban a vislumbrarla en algún otro lugar, ya mayor, haciendo otras cosas. Cuando me veían, su madre y su hermana suspiraban aliviadas, empezaban a sonreír, parpadeaban, y la siguiente vez que miraban, yo también había desaparecido.
*La palabra «kaingin» tiene su origen en Filipinas y se refiere a la práctica de talar bosques o matorrales y luego quemar la vegetación para crear tierras para el cultivo agrícola.
Años después, se le infectaron gravemente los pies mientras ayudaba a los agricultores que practicaban la kaingin* y la enviaron a casa para que recibiera el tratamiento médico adecuado y pudiera recuperase. Llegó una mañana, poco antes del amanecer, cojeando. Su madre y su hermana Lynn rompieron a llorar, primero de la impresión —incapaces de creer que realmente estuviera allí— y luego de preocupación al verle los pies. Pero estaban felices, felices de tenerla de vuelta en casa.
Ella estaba feliz de haber vuelto a casa y yo estaba feliz de volver a su sombra. Era feliz de quedarse en casa, de comer y dormir en paz, de cocinar para ellas, de hablar con ellas sobre sus vidas, aunque nunca de la suya, y de hacer algunas de las cosas que hacían las chicas de su edad, como tomar café en Starbucks o ir al centro comercial. Al cabo de varios meses, celebraron su decimoctavo cumpleaños y su madre empezó a albergar la esperanza de que se quedara. Una noche, las dos estaban tumbadas en la cama de sus padres y su madre se lo dijo.
«Quizá podrías volver al instituto y graduarte, o si no, matricularte en una escuela de cocina, ya que te gusta tanto cocinar», le sugirió su madre.
Se levantó en silencio y salió de la habitación.
Volví y abracé a su madre. Si pudiera pedir un deseo, desearía poder quedarme en casa yo también, le dije, pero creo en lo que estoy haciendo y conozco las consecuencias. Su madre se limitó a suspirar y a asentir.
Cuando se despertaron a la mañana siguiente, ella se había marchado.
Con el paso del tiempo, iba y venía como un relámpago. Decía que no podía quedarse, que no era seguro, que solo quería verlas. Con el tiempo, su madre y Ate Lynn aprendieron a acostumbrarse a sus largas ausencias y a sus fugaces apariciones.
Con el paso del tiempo, iba y venía como un relámpago. Decía que no podía quedarse, que no era seguro, que solo quería verlas. Con el tiempo, su madre y Ate Lynn aprendieron a acostumbrarse a sus largas ausencias y a sus fugaces apariciones.
Entonces, un día ocurrió aquello que más temían. Fui a verlas a la hora a la que ella solía volver a casa. Al principio, su madre me confundió con ella y le alegró, pero luego sintió miedo cuando por fin comprendió que yo no era su hija. No me preguntó quién era yo, qué era yo.
«Dímelo», me pidió, «dime que sigue viva».
No podía hacerlo, así que negué con la cabeza. En el rostro de su madre se reflejó la conmoción y luego se estremeció, como si algo más profundo la hubiera desgarrado por dentro. Ni siquiera podía imaginar lo que estaba sintiendo, y me pregunté si aquella herida llegaría algún día a convertirse en aceptación. Si decir una palabra, se preguntaba cómo había muerto su hija. Yo quería decirle que su hija no había muerto sola, que yo había estado a su lado.
Pero no pude decírselo.
No le dije que simplemente caminaba, como si estuviera dando un paseo por el campo, alzando el rostro hacia el sol y cerrando los ojos para sentir su calor. Que sonreía y que, de pronto, abrió los ojos de golpe y la sonrisa se borró de su rostro cuando sus compañeros le gritaron que corriera. Cómo echó a correr, buscando refugio entre los campos bajo el sol, oyendo únicamente su propia respiración, sorda a los gritos y al estruendo de los disparos.
No le dije cómo el olor de la pólvora se convirtió en un hedor insoportable, ni cuánto le dolió cuando las balas la atravesaron, ni cómo tuvo la sensación de estar ardiendo y de que ya no podía respirar. Ni siquiera sintió el dolor en la cabeza o en las rodillas al caer. Se llevó las manos al pecho mientras miraba la herida de la que manaba sangre. Seguía jadeando mientras la sangre le brotaba de la boca, llorando, gimiendo una melodía de dolor.
Qué miedo tenía. No le dije que ojalá las cosas no hubieran terminado así, que habría deseado que su madre y Ate Lynn no tuvieran que verla en aquel estado, que habría deseado que alguien hubiera estado a su lado.
No le dije a su madre que la había visto así. No le dije que había estado con su hija, pero que no había podido hacer nada por ella. No le dije que murió deseando que aquel dolor insoportable desapareciera, pero nunca que nunca desapareció. Ella, como a todos los demás, solo tenía concedidos veintiún deseos. El último fue uno de más, un deseo que excedía lo que las líneas de sus manos le permitían.
Si yo hubiera podido pedir un deseo, habría deseado que, de todos los suyos, ese último se hubiera cumplido.
Su madre se preguntaba cómo había muerto, pero no me arrepiento de no habérselo contado. Más tarde ese mismo día, unas personas fueron a su casa en Ciudad Quezón para decirle que su hija había muerto junto con otras personas cuando tropas gubernamentales asaltaron un supuesto campamento del Nuevo Ejército del Pueblo. Al día siguiente, su madre viajó en autobús hasta una localidad costera de Bícol para reclamar el cuerpo de su hija.
La encontró tendida en un ataúd de madera en el ayuntamiento de aquella ciudad, vestida con un vestido rosa que no era suyo. Una vez más, parecía una muñeca de porcelana dormida. Desconocidos se paraban un instante a mirar y luego seguían su camino. Algunos vecinos le dijeron que conocían a su hija y que ella les había ayudado. Les había enseñado medicina herbal, un conocimiento que había heredado de su madre.
«Era tan joven...», se lamentó después su madre. Fue el mismo lamento que expresarían después los soldados. Eran todos demasiado jóvenes. ¿Qué hacían allí?
Había muerto justo antes de cumplir veintiún años.
No le dije a su madre que, en el momento de la muerte de su hija, me embargó una profunda y desgarradora perplejidad. Ella solo quería hacer del mundo un lugar mejor. Y los soldados también creían que estaban mejorando la vida de los demás. Ambos hacían lo que consideraban justo, pero ¿por qué había tenido que acabar todo tan mal? Y, si pudiera pedir un deseo, desearía que las cosas hubieran terminado de otra manera y que nadie olvidara a aquella muchacha ni a todos aquellos otros jóvenes, demasiado jóvenes como ella, ni se quedara con esa triste sensación de que todo había sido en vano.
Si pudiera pedir un deseo, desearía que mis deseos se hicieran realidad.
I.
Todos nacemos de un deseo.
Ella nació porque su madre y su padre, ambos de treinta y cinco años, desearon que su amor tomara forma, felices de haberse encontrado tras el fracaso de sus respectivos matrimonios. Tenía una hermana por parte de madre y un hermano por parte de padre, y toda su familia la quería. Todos vivirían lo bastante para verla ir a la escuela, terminar sus estudios, hacer buenos amigos y encontrar un buen trabajo, conocer y casarse con el amor de su vida y formar su propia familia. Daría nietos a sus padres y sobrinos a su hermano y a su hermana para que los malcriaran. Atravesaría las dificultades habituales de la vida, pero viviría muchos años y sería feliz.
No desearía nada más.
Pero también están aquellos que nacen porque alguien desea que su mundo sea distinto de lo que es, o ser otra persona, o estar en otro lugar. Es entonces cuando nacemos yo y los demás como yo, cuando las personas desean lo que se considera imposible.
Cada vez que formulan ese deseo, susurrado en lo más hondo de sus pensamientos, este queda grabado en las líneas de sus manos y va alterando el curso de sus vidas y el de quienes los rodean a lo largo de cada ciclo de siete años. Es entonces cuando empezáis a vernos, a ver el doble de las personas que conocéis en ese momento, o cómo serían si hubieran cambiado un poco o fueran un poco mayores.
Cuantos más deseos se formulan, más visibles nos volvemos.
Sus seres queridos me veían cuando a veces se preguntaban dónde estaría o cómo le iría, cuando imaginaban cómo habría sido su vida si ella o su destino hubieran sido distintos, cuando la echaban profundamente de menos, cuando algo les hacía recordarla o cuando deseaban que siguiera viva.
Pero antes de que las personas formulen sus deseos, yo y los demás como yo vivimos en las sombras, en vuestras sombras. Al fin y al cabo, no nacemos para apoderarnos de vuestras vidas, solo para ser la sombra de lo que podría haber sido, del «y si...», de ese deseo que algún día formularéis. No nacemos para pedir deseos. Nacemos porque vosotros pedís deseos. Nacemos para que vuestros deseos se hagan realidad. Y al final, lo único que nos queda es recordar vuestros deseos.
Yo vivía en su sombra. Algún día naceré y saldré de ella, porque algún día ella también pedirá ese primer deseo. Después seguirá deseando, como todo el mundo. Y los deseos, tarde o temprano, acaban por cumplirse.
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Este relato apareció por primera vez en la colección de Mia Tijam The End That Was, publicada en julio de 2026.
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