Un gato frente a la sala del silencio

Mamoun Eltlib es un poeta y escritor sudanés. Desde 2006, trabaja como redactor y editor cultural para varios periódicos y revistas sudaneses. Es autor de tres libros publicados: (Tinya: The Lust of Water in the Perception, The Beast of Wanderings and The Placenta), que contienen poesía y prosa. Ha contribuido a la creación de varias iniciativas culturales. Su último proyecto estudia las posibilidades de preservar el patrimonio cultural de Sudán a través de un museo virtual. Vive en Zanzíbar, Tanzania.
(1)
Un estudiante recibió un disparo en la cabeza, una bala que iba dirigida a él. Dicen que no puedes oír la bala que te mata. Si puedes oírla, es que has sobrevivido. Comprendí esta lógica hace poco, cuando me encontré bajo una lluvia de balas y bombardeos. También he llegado a creer que la bala que te mata te pertenece por completo, que es sólo tuya.
El estudiante observaba las manifestaciones desde uno de los pisos superiores de los edificios de la facultad de ingeniería. La policía, que rodeaba la escena, disparó -supuestamente- al aire. Pero el aire no recibió nada, y un estudiante que ni siquiera formaba parte de los acontecimientos resultó muerto, convirtiéndose así en el centro del asunto.
En aquél momento, yo me encontraba entre la multitud de estudiantes que habían conseguido romper el cerco impuesto por la "policía anti-libertad". Nos abrimos paso por la calle Al-Sahafa y las callejuelas de Al-Dim, antes de ser dispersados por la policía, escurriéndonos entre los dedos de la ciudad. Continuamos por los callejones hasta llegar al mercado árabe, tras aferrarnos al primer autobús que vimos por la calle.
Mientras tanto, Afah, acompañado por un grupo de estudiantes, llevaba el cuerpo del mártir a través de la universidad, donde una multitud llorosa seguía el cortejo fúnebre. Uno de ellos levantó el puño y gritó: ¡Allahu Akbar! En aquel momento, el lema era inapropiado: era el de los asesinos.
Afah se separó del grupo y saltó hacia el hombre del megáfono, que sonreía de una forma que desentonaba completamente con la escena. Le propinó un puñetazo. Los estudiantes intentaron inmovilizarlo y apartarlo, pero Afah no se calmó y siguió atacando al hombre hasta romperse la camisa de rabia. Más tarde, alguien de la residencia de estudiantes le prestó otra.
(2)
La ira de los estudiantes se extendió por toda la capital. Antes de nuestro mártir, ya habían asesinado a otro en la Universidad de Nilain. La Universidad de Jartum se unió al movimiento organizado, con discursos masivos. Estallaron manifestaciones, las calles se llenaron y yo creí ingenuamente que el régimen se derrumbaba.
Cuando nuestra marcha llegó al corazón del mercado árabe, estábamos convencidos de que los ciudadanos se unirían a la revuelta una vez llegara a este centro neurálgico de la capital. Pero nos recibieron con sonrisas comprensivas, a veces alentadoras, pero siempre desde sus asientos de espectadores.
Los estudiantes acabaron regresando a sus campus, tras una amarga derrota a manos de la población... aunque, en realidad, fuera la policía quien nos hubiese dispersado.
(3)
Los estudiantes iniciaron una sentada de tres días, ocupando los campus universitarios y declarando las universidades libres del control del partido gobernante. Los estudiantes humillados del Movimiento Islámico idearon un plan atroz: se colaron con sus armas en el recinto principal y pasaron allí la noche después de que los guardias universitarios -oficiales del aparato de seguridad- les permitieran infringir el reglamento universitario que prohíbe dormir en el campus, así como, por supuesto, introducir armas blancas.Tras pasar la noche en nuestra casa en Omdurmán aquella fatídica mañana decidimos ir directamente al campus principal. Por aquel entonces, las comunicaciones no habían llegado aún a la fase de los teléfonos móviles, y si no eras un organizador político, como era mi caso, la información no te llegaba. Los dirigentes de las organizaciones políticas sabían que se había tendido una trampa dentro del recinto. Presa del entusiasmo, rechacé la sugerencia de Ofeh de ir primero a la Universidad de Nilein para evaluar la situación y grité que todo el mundo tenía que proteger la sentada desde primera hora de la mañana. Nos dirigimos a la entrada y, mientras sacábamos nuestros carnés universitarios, una turba desbocada de estudiantes nos atacó. Ofeh consiguió zafarse y huyó tan rápido como pudo, pero un chico corpulento se abalanzó sobre mí vociferando rabioso: «¡Guardias, este hombre le sacó ayer un ojo a mi hermano! Detenedle, le ha sacado un ojo a mi hermano!». Estaba rodeado por todas partes, el olor acre a sudor me producía náuseas. Uno de ellos me dijo: «Ven con nosotros a la sala de los guardias». Por el camino, rodeado de seis personas, uno de ellos me dijo en tono cínico: «No te preocupes, todo irá bien, es sólo un asunto rutinario y volverás a clase». Mientras cruzaba el campus renqueando bajo la mirada de los estudiantes, los grupos de las organizaciones políticas miraban hacia otro lado y fingían ignorar mi fatídica marcha. Y en el momento en que me condujeron a las dependencias de los guardias universitarios, la pesadilla empezó a tomar forma.
Caminamos hasta la entrada y, mientras sacábamos nuestros carnés de estudiante, una turba alborotada de estudiantes nos atacó. Ofeh consiguió escapar de ellos y huyó tan rápido como pudo, mientras que otro, con un cuerpo pesado, se lanzó sobre mí gritando, echando espuma y llorando: "¡Guardias, este hombre le sacó ayer un ojo a mi hermano! Detenedle, le ha sacado un ojo a mi hermano!". Otros cuerpos me rodeaban por todas partes, el olor acre de su sudor me producía náuseas. Uno de ellos me dijo: "Ven con nosotros a la oficina de los guardias". Por el camino, rodeado de seis personas, uno de ellos me dijo en tono cínico: "No te preocupes, todo irá bien, es sólo un asunto rutinario y volverás a clase". Mientras cruzaba el campus, encadenado, a la vista de los estudiantes, los grupos de las organizaciones políticas miraban hacia otro lado y fingían ignorar mi fatídica marcha. Y en el momento en que me condujeron a las oficinas de los guardias de la universidad, la pesadilla empezó a tomar forma.
(4)
Decidí llamarlo Adam. Fue la primera persona que me encontré al entrar. Me rodeó la cabeza con sus manos ásperas y enormes, y empezó a frotarme las mejillas como si estuviera amasando pan. Luego se apartó un poco, extendió de repente los antebrazos como las alas de un pájaro enorme y me golpeó las sienes con las palmas de las manos con todas sus fuerzas. No oí nada más.
Lo siguiente que supe fue que Adam, los guardias, el escritorio y yo nos habíamos desplomado. Yo estaba en el suelo. Adam me agarró por los hombros y me enderezó para asegurarse de que no volvería a caerme, luego empezó a masajearme la cabeza de nuevo. Esta vez el efecto fue aterrador. Fue entonces cuando me di cuenta de que había entrado en un lugar más allá de la imaginación. Aquello era la realidad en bruto, en forma de infierno.
Vaciaron mis bolsillos. Adam cogió mi carné, leyó mi nombre y sacó un papel doblado que yo conocía bien: una prueba irrefutable. Era un poema revolucionario, escrito por un amigo en dialecto popular, inspirado en el gran poeta de filiación comunista Hamid. Adam empezó a leerlo en voz alta con un exceso de énfasis que hizo estallar en carcajadas al auditorio. Me dijo: "¿Eres comunista? Son poemas comunistas, amigo. Lleváoslo". Tenía cara de elefante. Y el cuerpo de un elefante. Mi cabeza le llegaba a la altura del vientre. Me empujó con la mano y me dijo: "Hasta luego". Inmediatamente, una patrulla de agentes de paisano se hizo cargo de mí y me sacó por una puerta trasera, donde les esperaba un vehículo de cristales tintados. Me arrojaron violentamente sobre el asiento delantero, me inmovilizaron la cabeza entre las rodillas y me vendaron los ojos.
Me arrodillé para recibir mi primera ofrenda: un fragmento del infierno. Una pequeña brasa colocada sobre mi lengua extendida, lo suficiente para hacerme una idea de lo que los hijos e hijas de este país habían soportado y seguían soportando. Lo que me ocurrió aquel día no fue nada. Un solo día, que empezó por la mañana temprano y terminó hacia medianoche. Pero ese día fue una ventana a un mundo de historias: historias de cárceles y torturas, contadas a través de las voces y los ojos de mis amigos. Es una vida que se imprime en un ser humano. A veces lo aplasta. A veces lo lleva a la locura.
(5)
Cuando me quitan la venda de los ojos, se revela una escena única, que arranca en el mostrador de recepción, donde se registra mi nombre con el de otros que hacen cola dentro del pequeño edificio. Entramos en medio de una lluvia de bofetadas, puñetazos, patadas, insultos y vejaciones. Ingresé en el pequeño patio, abierto a un hermoso cielo y un sol radiante, no los percibí hasta que me recuperé de la oscuridad del trayecto. No los vi y, en lugar de dejarme llevar por una serena meditación, observé a los que habían entrado antes que yo, de pie, con la frente apoyada en la pared. Detrás de ellos había verdugos armados con tubos rígidos, antaño enterrados bajo tierra para transportar agua y vida, que ahora caían sin piedad sobre sus espaldas... y después sobre las mías. Antes de instarme a unirme a la multitud, el hombre que me había recibido a las puertas de aquel infierno islámico me dijo: "¿No te dicen que si no temes a Dios, debes temer a los hombres? Pues aquí no tememos a Dios". Las bofetadas llueven sin cesar, es un ritual. A veces los tubos caen sobre nuestras espaldas y voces desconocidas nos hacen preguntas justo detrás de la oreja. Nunca vi sus caras. De hecho, nunca vi a nadie más que al interrogador Adam, a algunos verdugos y a un loco. Todos ellos viven donde nos llevan a algunos de nosotros: una habitación oscura, silenciosa como una tumba. Cuando llegó mi turno, descubrí esta cámara del silencio -como las que suelen usar los músicos-, que estaba acolchada por dentro para que no salieran de ella ni las notas más graves de un bajo, ni los agudos más desgarradores de una soprano, ni, por supuesto, los gritos de dolor más profundos. Después de las sesiones de tortura, Adam entró y se sentó tan tranquilo en su escritorio que casi parecía que venía a salvarme, sobre todo porque ordenó con severidad: "¿Qué es todo esto? Dejadlo, dejadlo. Vamos, hijo, siéntate. ¿Por qué tanta violencia?". Durante su interrogatorio, una vez que los tres torturadores se hubieron marchado, justo cuando mi cuerpo empezaba a relajarse, la puerta se abrió de repente y el loco entró gritando histéricamente: "¡Déjenme a este bellaco, a este infiel, déjenmelo!". Cuando pronunció estas palabras, ya me había arrojado lejos del "salvador" y había empezado a destrozar la silla en la que acababa de sentarme con el cuerpo apenas relajado.
(6)
Al final de la noche, cuando se dieron cuenta de que aquel chico "falso", aquel chico que lloraba sin cesar y gritaba de dolor, no tenía ninguna información que darles, uno de ellos se acercó y dijo: "Si no firmas los papeles del compromiso, te quedarás con nosotros esta noche, te follaremos, te violaremos. Eres guapo, y he decidido que lo seas para mí. "¿Dónde estaban los malditos papeles? Los firmé después de una vacilación aterradora. Era el compromiso de no participar en ninguna otra actividad política y de cooperar con las autoridades si me lo solicitaban. Durante años, esa hoja de papel permaneció en mi mente, balanceándose con los caprichosos vientos de la memoria. Luego me subieron a su vehículo de cristales tintados, como si fuera uno de ellos, acompañado de otro detenido, un vecino al que nunca volví a ver. Me arrojaron del vehículo, no lejos de mi casa. Un joven conductor de rickshaw se apiadó de mí al ver mis magulladuras y mis piernas sangrantes. Cuando abrí la puerta de casa y me aseguré de que mi madre dormía, me arrastré sobre manos y rodillas, subí las escaleras, encontré una cama ya hecha y me tumbé en ella sin pensarlo. Me dormí enseguida. Al amanecer, me desperté al oír que alguien sollozaba a mi lado. Era Habib, el hijo de mi tía, que estaba arrodillado junto a la cama con la cara hundida en las sábanas manchadas de sangre.
(7)
Pasé unos días en casa, incapaz de creer, cada vez que me despertaba, que ya no estaba allí. Estaba conmocionado, avergonzado al recordar las innumerables historias que glorificaban la resistencia de los "hombres" en los centros de detención -no oiríamos hablar de las mujeres hasta mucho más tarde- y comparar esas historias con mi propio colapso, tan rápido, tan brutal. Me había creído valiente, pero en un solo día había llorado, rogado, suplicado, gritado... Recordé la habitación silenciosa y agradecí su insonorización, que había mantenido prisioneros todos aquellos gemidos y humillaciones. No había salido nada, no como aquellos que recordaba, los hombres que habían soportado días, semanas, meses y años en las casas fantasma y las cárceles erigidas en nombre de Dios. Toda aquella vergüenza e indignidad habían quedado encerradas en aquella habitación y sólo saldrían veinte años después, en las líneas de este libro. Recordé que había conocido a un ángel en medio de aquella oscuridad incesante. La oración era la única excusa aceptable para hacer una pausa durante la tortura. La llamada a la oración era una bendición: bastaba con levantar la mano y gritar: "Quiero rezar", y los torturadores estallaban en carcajadas: "¿Tú, rezar? ¿Tú, el comunista, el infiel?". Entonces finalmente accedían. Pero incluso rezar era un suplicio: no podía apoyar las plantas de los pies en el suelo, así que me apoyaba en las rodillas para sentarme durante el tashahud. Fue entonces cuando apareció un gatito de un rincón oscuro. Era marrón, diminuto, apenas más que un recién nacido. Se sentó frente a mí, enroscando la cola a su alrededor como una prenda. Me miró y rompí a llorar. En ese momento comprendí lo que más me asustaba: no quería creer que los sudaneses -en particular- pudieran cometer tales atrocidades, con una crueldad tan metódica y meticulosa. Siempre había pensado en la capacidad humana para el mal como una abstracción teórica, pero aquel gatito, con su sola presencia me devolvió a aquella escalofriante realidad. Al igual que él, esta realización pertenecía a otro mundo, un mundo paralelo, casi palpable: estaba allí mismo, al otro lado de los muros de aquel edificio, y brillaba en los ojos de aquel gato.
(8)
Mi resistencia al shock del centro de detención fue paradójica y extraña: decidí volver a la Universidad de Nilein, donde el activismo político estaba en pleno apogeo. En la puerta de la antigua Facultad de Letras, vi bajar las escaleras al loco del centro de detención, vestido de elegante paisano. Inmediatamente me di la vuelta y no aminoré la marcha: mi corazón estaba a punto de pararse. Luego me enfurecí, me di la vuelta y entré. Me senté entre los alumnos que habían venido a felicitarme. Mi confusión creció hasta que por fin comprendí que me consideraban un héroe. Una sorda sensación de náusea me subió al estómago, pero no vomité y conseguí hacer la pregunta que me atormentaba: "¿Y los compromisos que firmamos?". Uno de ellos se encogió de hombros con displicencia: "Tonterías, papel y ya está. Firmas y te olvidas". Una semana después, mi tía me dijo que un hombre preguntaba por mí por teléfono. Era un viejo teléfono fijo negro, con una marcación numerada y un pesado auricular de otros tiempos. Levanté el auricular y oí la voz de Adam al otro lado: "Apunta este número y llámame desde la tienda de comestibles". De repente, el auricular me pareció aún más pesado. Cuando volví a colgarlo, sentí un hormigueo en todo el cuerpo. ¿Así que el infierno no había terminado? ¿Ese papel, ese compromiso, era real? Mi mente trabajaba rápidamente, repitiendo cada palabra del documento en mi memoria, mientras mis pies me llevaban mecánicamente hacia la tienda de comestibles. Recordé la firma... ¿Por qué firmé con el nombre del poeta? Podía haber utilizado mi verdadero nombre, el que figuraba en los documentos oficiales. ¿Qué quería exactamente de mí? No tenía información que dar, ¡nunca había sido activista político! Entregué la temblorosa hoja de papel a Seddik, el tendero, y él me pasó su gastado teléfono. Escuché extrañas instrucciones, preguntas sobre cifras a las que no presté atención. Luego, al final de la llamada, sin saber muy bien por qué, pregunté: "¿Podemos vernos cara a cara?". Hizo una pausa y respondió: "¿Por qué no? Mañana, rue du Nil, frente al Grand Hotel, a la una. Lavaré allí mi coche. La llamada terminó y me encontré pensando en el agua. El agua que lava los coches, que fluye, mezclada con sangre y lágrimas, antes de fundirse en el Nilo. Esa noche no dormí. Me pasé horas escribiendo y reescribiendo mentalmente mi discurso al agente de seguridad.
También en Literatur.Review: Vidas imaginarias en la zona de guerra de Sudán, de Leila Aboulela
(9)
Ese día, no vi el Nilo. Le di la espalda y me quedé mirando los edificios, observando preocupado cada coche con cristales tintados que se acercaba al aparcamiento. Pero no vino ningún coche. Él llegó caminando y me ordenó que lo siguiera. Entramos en un restaurante romántico, donde pidió un zumo de frutas. Yo sorbí el mío. Juntó sus enormes manos delante de él, me miró fijamente a los ojos y me dijo: "Dime lo que tienes que decirme". Así que escribo lo que recuerdo:
Adam, "Oh, padre nuestro en la inteligencia..."
Lo que voy a contarte puede parecerte una locura, ajena a cualquier excusa política, pero es lo más sincero que puedo confesarte. Ahora que sabes que no soy un militante organizado, que no poseo ninguna información, quizá entiendas por qué te cuento esto: soy poeta. Frunció el ceño, claramente sorprendido. Entonces continué mi ofensiva:
Hoy cumplo veintiún años. Si crees que voy a renegar de mi identidad de poeta para colaborar con un régimen que tortura y asesina, como hiciste aquel día, puedes quitarte esa idea de la cabeza. Buscas matar a un poeta, no a un estudiante, no a un político. Y sabes perfectamente que ninguna escritura verdadera puede salir de un alma que ha traicionado a la humanidad. Hoy, el destino del poeta está en tus manos y en las mías. Si el precio a pagar es volver contigo a tu centro de detención, entonces vamos. Que así sea. Pero si me dejas ir, no olvidaré tu misericordia mientras viva.
Cuando terminé, sentí que me brotaban las lágrimas. De hecho, ya corrían por mis mejillas. Adam esbozó una sonrisa burlona mientras se reclinaba en su silla, y luego su rostro se congeló en una expresión seria. Se hizo un silencio interminable. Finalmente, pagó la cuenta, se levantó y dijo: "Adiós, poeta."
Nunca volví a verlo.
El levantamiento de 2003 forma parte de una serie de revueltas estudiantiles pacíficas contra la dictadura del Frente Nacional Islámico, que acabó con la democracia en Sudán en 1989 y gobernó el país durante treinta años bajo el liderazgo del general Omar Al-Bashir hasta que el régimen fue derrocado por una revolución pacífica en abril de 2019.