No le gustaban ni el jazmín ni los girasoles

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No le gustaban ni el jazmín ni los girasoles

Un relato corto de Ucrania
Foto Danylo Kravchenko
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Danylo Kravchenko

Danylo Kravchenko (nacido en 1982) es un escritor, dramaturgo, ensayista y soldado ucraniano. Sus relatos cortos aparecen en revistas y publicaciones periódicas ucranianas.

Lo que más la ponía de mal humor eran los girasoles quemados debajo de la ventana. No, claro, eso no era del todo cierto, porque los niños la ponían de peor humor mucho. Sus gritos cada mañana. Ay. Cómo gritaban en esa cancha durante la clase de educación física. El camión de la basura gemía como un animal prehistórico herido, los niños gritaban y los profesores chillaban aún más fuerte. Cada mañana intentaba esconderse de aquel ruido bajo su manta favorita de pelo de camello —con flores rojas y blancas—, pero era en vano. Por eso los odiaba, a los niños. Porque la ponían de mal humor. Y solo después entraban en la lista los girasoles quemados. Un recordatorio de la imperfección y la injusticia de la vida.

No entendía este mundo nuevo ni quería entenderlo: ni siquiera se lo proponía. Era como una burla a toda su vida. Se asustaba y se indignaba. Niños con móviles, mujeres con uniformes de policía, jóvenes con dinero salido de quién sabe dónde, el idioma, todo… todo, todo. Era como una burla, y ella se sentía una víctima. ¡Sí, una víctima! Y eso era inaceptable. Debería haber tenido una vida normal, y no toda esa escoria.

Quizá lo peor era que sus compañeros de edad apenas la apoyaban. Los hombres, por toda clase de razones, eran demasiado débiles y morían antes que las mujeres. Los que sobrevivían intentaban hablar en la nueva lengua, y sus mujeres no eran ni un ápice mejores que ellos. Cuánto lamentaba no haber estado en Kiev en febrero y marzo de 2022. En sus pensamientos ponía orden, delataba, acusaba e incluso dictaba sentencias. Aquí los habría puesto a todos en cintura; nadie se habría salido con la suya así como así.

Vivía en un mundo que hacía mucho había dejado de existir, y solo amaba ese mundo. Era un tipo especial de amor, porque amaba odiar, y todos sus demás sentimientos apenas se parecían a nada que recordara el amor.

Quizá se pregunten cómo sé tanto sobre ella. Es una pregunta legítima. Una noche, ya después de que comenzara el toque de queda e incluso tras la activación de la alarma aérea, miré por la ventana para ver si se había apagado la luz de la casa de al lado y, de repente, la vi. Se acercó sigilosamente a nuestros jazmines —recientemente podados, hay que decirlo— y empezó a arrancar ramitas jóvenes y vigorosas. En ese momento me di cuenta de quién lo hacía (pues no era la primera vez) y de lo que se le pasaba por la cabeza. De alguna manera, me pareció que estaba llorando, aunque seguramente eso fuera más bien fruto de mi deseo. Lo que sí sabía con certeza era que rompía las ramas de jazmín por impotencia, porque el mundo permanecía indiferente ante su odio —su odio hacia sí misma, hacia todos nosotros—. Habría podido arrancar todas las ramas si hubiera tenido fuerzas, pero no podía cambiar el hecho de que se estaba muriendo mientras a su alrededor tantas cosas acababan de empezar a vivir.

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Adaptación al español basada en la traducción al alemán del ucraniano realizada por Viktoriia Dziubenko.

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Nota del autor: La protagonista es una colaboradora que rechaza Ucrania y la lengua ucraniana. Las repetidas referencias a una «lengua» o a una «nueva lengua» se refieren al ucraniano y a su creciente presencia en la vida pública. También la idea de la protagonista de que en 2022 habría «puesto a todos en cintura» tiene un trasfondo político concreto: Durante la invasión rusa y el avance hacia Kiev, quedó claro que dentro de Ucrania había personas dispuestas a colaborar con los ocupantes rusos, por ejemplo, mediante delaciones o la divulgación de información. El relato alude a esta forma de colaboración y a la amenaza que conlleva.

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