No se puede hablar del petróleo
Sujet VerlagNastaran Makaremi | Total | Sujet Verlag | 220 páginas | 20 EUR
Yo era la energía oscura de la multitud.
No se puede hablar del petróleo. No se puede sentir; bajo nuestros pies se ha convertido en asfalto sólido y, aunque a veces parezca arder, estamos muy lejos de su forma original, que en cualquier momento puede estallar en llamas. No se puede hablar del petróleo porque lo llevamos con nosotros o lo incorporamos a nuestro interior. Y, sin embargo, conocemos sus transformaciones, le abrimos la puerta a la vida cotidiana; hace parte de nosotros o quizá ya seamos su próxima forma: ¿de cuánto microplástico está compuesto un ser humano, cuánto microplástico conforma a un ser humano de nuestro tiempo…? Pero no podemos hablar del petróleo. Allí se hunde, se desvanece algo esencial: la conexión entre los distintos momentos de transformación del petróleo a lo largo de su recorrido por los oleoductos, más allá de las mesas de negociación de las grandes empresas y los Estados. Lo que se ha perdido, o lo que nunca existió, es esa conexión entre los distintos estados de la materia, las transformaciones y las formas de vida del petróleo.
La melancolía de lo informe que fluye por las tuberías
No podemos hablar del petróleo porque, sin nuestra base de existencia fósil, apenas podemos pensar: nuestras formas narrativas, como mucho, le conceden un lugar en segundo plano. Desde la modernidad, en la literatura europea, el ser humano ocupa el centro; la naturaleza se convierte en un telón de fondo, y la industrialización se narra sobre todo como historia social. Pero ¿no fue precisamente la literatura la que, mucho antes que la ciencia ficción, concibió mundos utópicos alternativos? El escritor indio Amitav Ghosh retoma esta objeción y le opone que, en su mayoría, las utopías también apuestan por la reconciliación a través de otro lugar o de nuevas tecnologías. Nosotros, en cambio, solo tenemos esta única Tierra.
Ghosh en su ensayo de historia social The Great Derangement se pregunta por qué, precisamente la crisis climática, como la crisis más abarcadora de la modernidad, apenas tiene cabida en la literatura. Se pregunta hasta qué punto la literatura actúa como cómplice de la dinámica del progreso, contradictoria por estar basada en los combustibles fósiles: «¿Es posible que las artes y la literatura de esta época sean recordadas algún día no por su audacia […] sino más bien por su complicidad en el Gran Desquiciamiento?». Y su respuesta es aleccionadora: el lenguaje del que (todavía) está hecha la literatura sigue siendo una maraña logocéntrica. Y dado que el Antropoceno también debe entenderse como una crisis cultural, la propia literatura se encuentra inmersa en nuestro mundo sensorial basado en los combustibles fósiles, en el que, cuando se habla de plástico, casi nadie piensa en el petróleo.
Montar al tigre
Y luego, en julio de este año, se publica Total de Nastaran Makaremi, un texto traducido del persa por Bianca Gackstatter y calificado explícitamente como «novela» por la editorial Sujet. Y que trata exclusivamente del petróleo extraído en el desierto iraní de Khanazir —o, mejor dicho, de sus ramificaciones—. La «novela» entreteje mitos sobre el «oro negro», los planes de colonización y extracción de la empresa «Total», la historia de varias generaciones, la rutina laboral y las mentiras que los ingenieros británicos cuentan para encubrir el asesinato de trabajadores palestinos e iraníes, conformando así un espeso entramado textual que crece al amparo del petróleo. Las formas de narrar se alternan de forma irregular; son polifónicas. A veces el relato toma la forma epistolar; otras, la autoficcional. Se intercalan leyendas que, en ocasiones, se revelan como mentiras, mientras que en otros pasajes logran mitificar con éxito el universo narrativo. Por momentos, el lector se encuentra perdido, preguntándose: ¿realmente vive una ballena bajo la arena del desierto o no? En un principio, aquello no era más que una historia inventada por Jonah, el ingeniero británico, para evitar reportar que había perdido a los trabajadores iraníes en la arena y que había matado a uno de ellos a tiros. Sin embargo, a medida que avanza el relato, el padre de Raei y Afsoon llega a creer que realmente la ha visto. Esto podría interpretarse como una reescritura colonial de la historia a pequeña escala, o bien como lo inverosímil que acecha en el desierto, donde la «naturaleza» de repente ya no se puede controlar.
En la novela, no todas las tramas narrativas pueden explicarse con el colonialismo de la ocupación británica, aunque muchas cosas apunten a ello. Y el petróleo no solo ordena los paisajes, sino también los cuerpos y los deseos.
El orden colonial genera una constelación en la que el deseo reprimido se articula de forma violenta. El ingeniero Sir Herord obliga a su «protegida» a prostituirse. Y, sin embargo, a lo largo de la novela, los personajes blancos se ven acosados una y otra vez por una mítica «mujer barbuda» a la que desean, pero de la que también temen. Allí donde la violencia colonial y el deseo reprimido se entrelazan, esa mujer, que trasciende los rasgos de género binarios, se presenta ante los personajes británicos como una amenaza para su identidad colonial, como una fuerza disruptiva.
Sus rayas resbalan por mi pierna como la sangre menstrual
El petróleo lo ha cambiado todo de diferentes maneras para los personajes y las voces narrativas:
«El petróleo era como la sangre que fluía por nuestras venas. Formaba parte de nosotros. Esa masa fluida, negra y siniestra, había convertido involuntariamente nuestras vidas en una especie de esclavitud moderna. En el fondo, allí, en aquella zona, todos eran, a su manera, esclavos del sistema de descubrimiento, extracción y transporte del petróleo. Esclavos que tenían una jerarquía entre ellos».
Y no solo cambia a los personajes, sino que los «impregna»: la «imagen lujosa y próspera» del petróleo «con forma humana», pero también «la parte fea, negra […] y apestosa […] parte [,] su verdadera identidad». Esto resulta extraño. Por un lado, se personifica al petróleo de forma bastante crítica —pues, ¿no son siempre atribuciones, «imágenes»? (¿Podemos siquiera adentrarnos en la espesura real?)—, pero, por otro lado, su «verdadera» identidad ya se naturaliza en la siguiente frase y se disuelve en la descripción más humana: «feo y apestoso».
Aquí se le da forma a la materia; en la mayor parte de la novela ocurre lo mismo. El texto narra lo que los personajes hacen con el petróleo. Habla de las relaciones de poder en torno al petróleo; de hecho, parece que este solo adquiere significado precisamente a través de ellas. Por eso sería erróneo escribir que el texto trata de lo que el petróleo hace a los personajes; aunque, a nivel narrativo, se lea exactamente así: «Sin duda, el petróleo —junto con las mentiras y las sequías— fue una de las mayores maldiciones que habían azotado a nuestro país». El petróleo, según tiene claro la voz narradora, es la causa de las relaciones coloniales, las estabiliza y lo hace por naturaleza. Es precisamente en esta constelación donde se manifiesta, donde se le concede espacio narrativo; pero ¿no fue acaso el Gobierno colonial británico —así como el jeque inversor— quien lo forzó en primer lugar a desempeñar ese papel?
El petróleo se convierte en una maldición. Esto es algo que debe ser desentrañado y plasmado con todo detalle de una vez por todas. Tiene que acabar de una vez por todas: el que proyectemos nuestros conceptos de trascendencia sobre el entorno, que actuemos como si existiera un destino que apunte de vuelta hacia nosotros —para exculparnos—. Si realmente queremos tomarnos en serio la situación de nuestro entorno —y tomarnos en serio a nosotros mismos—, entonces debemos tomarnos en serio a los seres que nos rodean por lo que son en sí mismos.
Lo que subyace a toda la luz
El petróleo aparece, pues, en la habitual formulación discursiva de la «maldición del petróleo». Las voces narrativas lo presentan así. Sin embargo, la narración, la forma textual que integra los mitos —ya sea que tengan un contexto colonial, como en Jonás y la ballena (y, por tanto, también uno claramente cristiano), o bien uno espiritual de otro tipo—, cambia la constelación en la que se sitúa el petróleo. En la leyenda del dios Avil, es un líquido sagrado en el que «nadaba un pez negro y cantaba las canciones de Avil», el último acto de su misericordia. El petróleo santifica a Avil y se convierte él mismo en algo sagrado. Se impregna de los valores morales y une a las generaciones tanto material como éticamente.
La novela cuenta además con un apéndice que incluye extractos de reportajes sobre las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras, relatos sobre la opresión y comentarios políticos: «Afirman que no hay dinero, pero en los fondos de pensiones del sector petrolero reina un gran despilfarro». Se trata de un archivo petrolero abierto, al que se puede acceder a través de los enlaces insertados y que se va completando en la realidad. Es la transcripción de lo que, desde la perspectiva europea, no es más que «baterías, linternas, racionalidad industrial». Makaremi continúa escribiendo allí, haciendo visible dónde tiene su origen la dimensión política y social del petróleo.
*سوژه (Sujet, tema): los temas y las voces viajan entre lenguas y escrituras, en consonancia con la idea de la «literatura de raíces aéreas», que traspasa las fronteras nacionales y lingüísticas.
Madjid Mohit, de la editorial Sujet, habla de publicar «literatura de raíces aéreas». Esta literatura da voz a las voces, deja que el سوژه se eleve*, vuela más allá de las fronteras nacionales, una variante del término «literatura del exilio». Esta nueva publicación tampoco fija narrativamente nada en un lugar concreto, sino que pone los significados en movimiento.
«Y justo en ese momento, Khanazir abrió sus fauces. Los granos de arena se vertieron, como un arroyo que desciende de una roca, en las fauces de un pozo profundo, y mientras contemplaban atónitos aquel espectáculo, de repente una enorme ballena salió disparada del pozo, se tragó a David y a sus cuatro acompañantes y volvió a sumergirse en las profundidades del pozo. Entonces se cerró la boca de Khanazir y todo volvió a quedar en calma, como un mar tranquilo e inmóvil. El jeep volcó en la arena y aterrizó justo en la entrada del pozo que lo había devorado todo».
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Los subtítulos son citas del poema Restschnee de Marion Poschmann.
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