Ayla y Fuat
En el Norte global es verano, en el Sur global es invierno. Motivo más que suficiente para reunir en agosto, en Literatur.Review, el verano y el invierno, y publicar relatos hasta ahora no traducidos o inéditos procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.
Safeta Obhodjaš nació en 1951 en Bosnia y Herzegovina, cerca de Sarajevo, y allí publicó sus primeras obras literarias: obras de teatro radiofónicas, relatos y novelas cortas. Sus experiencias de la Yugoslavia socialista, así como su origen eslavo y sus raíces islámicas marcaron su obra inicial.
En 1992 los nacionalistas serbios la expulsaron de su tierra natal. En Alemania, continuó su carrera literaria en dos idiomas: alemán y bosnio. Es una escritora comprometida con la integración de las mujeres y los jóvenes musulmanes. Ha abordado sus experiencias de convivencia entre culturas, entre otras cosas, en el libro Deutschland als Heimat? – Integrationsprozesse im Zusammenprall zwischen Hier und Dort (¿Alemania como patria? – Procesos de integración en el choque entre aquí y allá).
Es cierto que los padres de Ayla sabían desde el principio que llevaba un año comunicándose con Fuat por Internet o por Skype, pero lo consideraban simplemente un novio fantasma. Sin hacer ningún comentario, accedieron a su deseo de aprender alemán en el Instituto Goethe y lo consideraron un capricho más de su obstinada hija.
¡Un fantasma! Ni mucho menos. Un día, Ayla anunció que su novio iba a visitarla. Sus padres seguían sin poder imaginarse que ese turco que hablaba alemán y que había conocido por Internet fuera una persona real.
Ayla explicó a sus padres que él tenía veintisiete años, que trabajaba como gerente de una gran empresa en Alemania y que se encontraba en Estambul en su primer viaje de negocios. Añadió que ambos llevaban mucho tiempo esperando esta oportunidad para conocerse por fin en persona, y afirmó orgullosa que él le debía a ella su buen dominio del turco. Las llamadas telefónicas y los correos electrónicos que intercambiaban le habían ayudado a aprender turco correctamente. Su dominio de dos idiomas le permitió conseguir aquel trabajo tan bueno. Pero eso no logró impresionar a sus padres, que rechazaron unánimemente acoger en su casa a un desconocido de Occidente. «Vosotros me trajisteis de bebé a este país de hombres que desprecian a las mujeres, y no pude defenderme. Si huisteis de la guerra en Bosnia, ¿por qué no os dirigisteis hacia Occidente, como todas las demás personas civilizadas? Mi novio Fuat vive en Europa y quiero irme con él. Me ha contado que en su país las mujeres son libres, libres para decidir por sí mismas cómo vivir su vida. Eso es lo que quiero yo también». Cada vez que Ayla se sentía limitada, apelaba al sentimiento de culpa de sus padres.
Hasta bien entrada la noche, escuchó los susurros que llegaban desde su dormitorio y esperó un resultado positivo de aquella tardía conversación. Durante las largas horas de insomnio hasta el amanecer, rezó: «Querido Alá, ábreme un camino hacia Europa, aunque sea a través de Fuat Kacer. ¡Por favor, por favor!».
Dios parecía tener buen oído y mucha misericordia. Por la mañana, los padres de Ayla le comunicaron que querían invitar a su novio a cenar. Si ya no era un fantasma, el encuentro con él debía tener lugar bajo su supervisión.
El joven era muy activo en los negocios y tenía muchas citas en Estambul, pero se las arregló para visitar a Ayla y a su familia en dos ocasiones. Durante las visitas, la joven absorbía todo lo que él le contaba sobre la vida de las mujeres musulmanas en aquel país que le era desconocido. Cada vez que sacaba el tema, él insistía en que las mujeres de su familia eran muy fuertes y no permitían que nadie les diera órdenes. Su madre y su hermana incluso habían participado en una manifestación organizada por los alemanes contra un grupo radical. Ayla no entendía contra quién ni contra qué habían protestado; solo oyó que había sido de forma voluntaria.
Aunque Fuat se comportó de manera muy correcta y trató a Ayla con respeto, no consiguió ganarse del todo a sus padres. «Tengo la sensación de que lo que nos ha mostrado no es su verdadero rostro», fue el veredicto de su madre, pero la muchacha hizo oídos sordos.
En la primera conversación por Skype tras su visita, Fuat invitó a Ayla a Alemania. Estaba previsto que su anfitriona fuera su hermana mayor, la rebelde Merve, que había participado en una manifestación política. Ayla reaccionó con euforia y dio un giro radical a su vida cotidiana. Descuidó sus estudios de arte y se puso a estudiar alemán intensivamente. Justo en esa época estallaron en Estambul las protestas contra los abusos del Gobierno, una oportunidad de ensueño para experimentar una «práctica» de la democracia europea. Junto con un grupo de estudiantes, se dirigió durante tres días seguidos a la plaza de Taksim, donde permaneció de pie en silencio durante unas horas, feliz de saborear su valentía. Enseguida su padre recibió por móvil una foto suya como manifestante silenciosa. Por la noche, le montó un escándalo. «Los agentes de seguridad podrían haberte dejado lisiada, como a tantos otros, o haberte rociado con gas lacrimógeno. Y habría sido aún peor si te hubieran detenido. Se rumorea las mujeres sufren violaciones en las comisarías. ¿Quién nos ayudaría entonces, si seguimos siendo extranjeros en este país?».
Una vez agotada la lista de visiones apocalípticas de sus padres, Ayla dijo con fingida calma: «Tenéis razón, todo eso me podría haber pasado. ¿No veis que solo Fuat puede salvarme de este país espantoso?»
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La joven permaneció varios días encerrada en casa, mientras sus padres buscaban una solución. Finalmente llamaron a una prima por parte de madre que vivía cerca de Düsseldorf. Les debía un favor, ya que había estado de visita en su casa tres veces con toda su familia. La pariente reaccionó como era de esperar y ofreció a Ayla alojamiento y manutención. La joven no quiso rechazar las medidas de seguridad impuestas por sus padres, porque entonces habría tenido que contarles la verdad sobre su tío. Cada vez que aquel matrimonio se alojaba en su casa, él había intentado tocarla y explicarle lo excitantes que eran los besos de un hombre de verdad. La joven odiaba a esa prima y a su marido; sin embargo, habría preferido morderse la lengua antes que contárselo a sus padres. Le avergonzaba de que algo tan vergonzoso pudiera ocurrir dentro de su propia familia.
Durante la larga espera para obtener el visado, las conversaciones entre los jóvenes se intensificaron. Fuat no dejaba de insistir en que la trataría con respeto, como si ya estuvieran comprometidos. Aunque el matrimonio no formaba parte de sus sueños de futuro, si era la única posibilidad de llevar una vida libre en un país libre, entonces tendría que aceptarlo.
Él le prometió que iría a recogerla al aeropuerto junto con su hermana y su madre. Ella no le habló de la pariente que debía recibirla por encargo de sus padres. «En Alemania me liberaré de las preocupaciones de mis seres queridos. Saludaré a mi prima y le diré abiertamente que confío en Fuat y que quiero quedarme en casa de su hermana».
Cuando, después de aterrizar, corrió hacia el joven que la esperaba junto a la salida, estaba segura de ser la chica más feliz del mundo. Un segundo después, sin embargo, se quedó un poco desconcertada porque él venía solo a pesar de haberle asegurado que iba a traer a su madre y su hermana. Apenas reparó, de pasada y con cierta irritación, en las dos mujeres que estaban detrás de él, vestidas con abrigos largos y pañuelos negros en la cabeza. Aquella imagen no encajaba con su idea de la civilización europea. «¿Por qué está solo? ¿Acaso su familia me ha rechazado? ¿Qué voy a hacer ahora?» Apenas reparó, de pasada y con cierta irritación, en dos mujeres que estaban detrás de él, vestidas con abrigos largos y pañuelos negros en la cabeza. Aquella imagen no encajaba con su idea de la civilización europea.
Con su elegante traje, Fuat tenía un aspecto impecable. Sin embargo, su mirada la escudriñaba críticamente y fijarse en su larga melena rubia oscura. Ella se acercó lentamente, asustada por su expresión impasible.
«Ayla, pensaba que lo descubrirías por ti misma. Es culpa mía, debería habértelo dicho. Mi madre y mi hermana Merve», le presentó a las mujeres, que vestían largos abrigos. «Pero no te preocupes, ellas se ocuparán de ti. Además, te han traído varios regalos».
La mujer más joven, con los ojos hábilmente maquillados, sacó una bolsa de su bolso.
«¡Bienvenida! Hermana, me alegro mucho de conocerte por fin. Fuat nos ha hablado muchísimo de ti. Y de tu familia. ¡Ven con nosotras! Hay una habitación con espejos allí, en la esquina. Todas las mujeres de nuestra familia, créeme, todas han decidido por voluntad propia vestirse según las costumbres. Puedes elegir el color: negro, azul oscuro o rojo oscuro. El azul oscuro con encaje te quedaría muy bien con tus ojos. Con este pañuelo, mi hermano te querrá aún más».
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