Alimentos prohibidos

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Alimentos prohibidos

Una historia de Azerbaiyán
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Abil Hasanov

En el Norte global es verano, en el Sur global es invierno. Motivo más que suficiente para reunir en agosto, en Literatur.Review, el verano y el invierno, y publicar relatos hasta ahora inéditos o sin traducir procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.

Abil Hasanov, nacido en 1968 en Azerbaiyán Occidental, creció en la época de cambios de la Perestroika y la desintegración de la Unión Soviética. Sus años de formación coincidieron con la etapa en la que Azerbaiyán buscaba su independencia.
Trabajó en el estudio cinematográfico estatal Azerbaijanfilm y escribió para medios de la oposición, sobre todo para el periódico Azadlıq. Su compromiso político le valió represiones y amenazas de detención, por lo que se vio obligado a abandonar el país.
En Alemania se publicó su libro La patria abandonada, y en Turquía El miedo a perder el amor. Su obra combina la experiencia autobiográfica con la historia política contemporánea y traza un retrato del Cáucaso entre la ruptura, la memoria y la esperanza.

«Sí, quería que vosotros también supierais lo que voy a contar. Se diga lo que se diga al respecto, las bebidas alcohólicas tienen un encanto muy particular. Sé que en nuestra religión tanto la carne de cerdo como el alcohol están prohibidos. Nuestros mayores ni siquiera probaban la carne de cerdo, y tampoco se la daban a sus hijos. Pero, curiosamente, con el alcohol era diferente. Aunque era haram*, nuestros mayores bebían de todos modos. Seguro que os preguntáis por qué, pero hay muchas preguntas para las que ni yo tengo respuesta. Sin embargo, una cosa es cierta: el alcohol sabe bien.
Me he acordado de algo... Estaba en casa de la tía Tanja. ¿Conocéis a la tía Tanja? ¿Cómo ibais a conocerla? Desde mi infancia, la tía Tanja ha sido una mujer que me ha fascinado profundamente. Una mujer auténtica. Cuando digo «ser humano», me refiero a ella. No conoce la falsedad, no miente, es trabajadora y habilidosa. Si queréis, empiezo. Os voy a contar un recuerdo de mi infancia.
Aquel día, la tía Tanja me llamó. «Ve a por pan», me dijo. Era un día caluroso de verano. Yo acababa de llegar de jugar al fútbol, estaba sin aliento… y hambriento. ¿Sabéis en qué pensaba? En lo delicioso que estaría el queso fresco templado dentro de un pan todavía caliente…

«¿Dónde?»

«¡En mi barriga!»

Justo en ese momento, la tía Tanja me llamó:

«¡Ve y tráeme pan!»

Las bebidas alcohólicas formaban parte casi indispensable de nuestra mesa. Como ya he dicho, la carne de cerdo estaba prohibida. Pero por grande que fuera la prohibición, el deseo solía ser aún mayor. Aunque tuve varias ocasiones de comer carne de cerdo o embutido, preferí abstenerme por miedo a los adultos.

*El término árabe «haram» significa en el islam «prohibido» o «estrictamente inadmisible». Se refiere a actos, objetos, alimentos o comportamientos que están prohibidos según las normas jurídicas islámicas (sharia). Según la fe islámica, quien comete un acto considerado haram incurre en pecado. El antónimo de haram es halal (en árabe, «permitido» o «lícito»)

Ahora quiero contaros aquel día difícil: cuando el aroma de la carne de cerdo que tía Tanja estaba friendo se extendió por la escalera, se despertó en mí el deseo. Tía Tanja vivía con tío Borya. Su familia era originaria de Ucrania. Los padres de ambos habían fallecido durante la Segunda Guerra Mundial. Tanja y Borya crecieron en un orfanato de Bakú. El destino los había unido: allí formaron una familia y allí hicieron su vida.

Tanja trabajaba de enfermera y el tío Borya como electricista en una fábrica. Sus hijos vivían en Ucrania. Por eso, la tía Tanja solía mandarme a hacer la compra, ya fuera a la tienda o al mercado. Así pasaba buena parte del día.

El tío Borya reparaba nuestros aparatos eléctricos en casa; cuando se estropeaban los grifos de la cocina o del baño, lo llamábamos. Lo hacía todo gratis. No era una persona egoísta. En resumen: eran unos vecinos muy entrañables. A veces, mi padre y el tío Borya se sentaban en nuestra casa o en la suya, bebían vodka y charlaban.
Mi padre bebía vodka, pero no tocaba la carne de cerdo. Un día, al llegar a casa, el aire estaba impregnado de olor a carne de cerdo frita. Mi estómago vacío se embriagó con aquel olor. Justo en ese momento, la tía Tanja me llamó y me mandó a comprar pan.

Cuando volví, sobre la mesa había carne de cerdo con patatas y manteca de cerdo sazonada con hierbas especiales, y todo parecía suplicarme: «¡Cómeme!». Me invitaron a sentarme a la mesa. Me senté. Cuando la tía Tanja se percató de mi mirada anhelante, me puso patatas y carne en el plato. A escondidas, probé la manteca especiada que había sobre la mesa.

Pero justo en ese momento entró mi padre de improviso, con una botella de vodka en la mano. Al principio pareció no darse cuenta, pero de repente su mirada se posó en mi plato, en la carne de cerdo que estaba comiendo. Sus ojos centellearon de rabia.
El miedo me atenazó la garganta, pero intenté que no se me notara. En casa no dije ni una palabra. Esperé a que mi padre regresara para castigarme. No tardó mucho en llegar. El olor a vodka se extendió por el piso. Tambaleándose, apenas capaz de mantenerse en pie, me llamó con voz pastosa y me dio un puñetazo en la cara:

«¡Bastardo! ¿No sabes que la carne de cerdo está prohibida en nuestra religión?»

Con el golpe, tuve la sensación de que la carne de cerdo que había comido en casa del tío Borya se convertía en sangre y me salía por la boca y la nariz, corriéndome por el pecho. De algún modo, mi abuela consiguió liberarme de las manos de mi padre. Intentó hacerme entrar en razón:
«¿Lo ves, hijo? Si no hubieras comido carne de cerdo, tu padre no te habría pegado».
Dirigí una mirada interrogante hacia mi padre, luego miré a mi abuela a los ojos y dije:
«Pero abuela... ¿acaso el vodka no es también haram

A la mañana siguiente vino a vernos la tía Tanja. Al ver los moratones de mi cara, me miró profunda tristeza y dijo:
«Lo siento, hijo... No pensé que acabaría así». Desde aquel día, cada vez que veo carne de cerdo, me llevo inconscientemente la mano a la cara. Recuerdo aquel fatídico día, pienso en lo ocurrido y me pregunto:
«¿El pecado estaba en el cerdo, o más bien en el vodka?»


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