El Ramadán, antes y ahora

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El Ramadán, antes y ahora

Un viaje a través de la memoria y la ciudad de Adén
Foto Ramadan, then and now
Bildunterschrift
Sébastien in Kinda Village (2001)

Mohammed Al-Mekhlafi es un escritor yemení especializado en literatura árabe y crítica literaria. Escribe tanto en árabe como en inglés para diversas plataformas locales y árabes, así como para otros sitios web de Europa y Canadá, como Rai Al-Youm, Quraysh, Al-Quds Al-Arabi, Toyob Al-Libbi y Nakheel Iraqi.
También trabaja como traductor del árabe al inglés y viceversa. Hasta la fecha, ha traducido siete libros, entre ellos obras de teatro, una autobiografía y una novela.

Hoy me desperté justo antes del mediodía, y me puse a mirar la pantalla de mi teléfono y buscando algo sobre lo que escribir. Normalmente intento publicar al menos un artículo cada semana, pero hoy me siento agotado y desconcentrado.

Aunque ahora mismo no estoy trabajando y tengo tiempo de sobra, escribir me resulta inusitadamente difícil. Es como si las palabras hubieran perdido lustre y se hubieran aburrido, o tal vez la realidad misma se haya vuelto demasiado vasta para caber en un solo artículo.

El Ramadán de este año parece muy distinto. Por todas partes se ve el agotamiento en la cara de la gente, abrumada por preocupaciones difíciles de ignorar.

Los mendigos se agolpan en las calles frente a las oficinas de cambio y las mezquitas, y algunos van de puerta en puerta en busca de un bocado para calmar el hambre.

Mientras, la mayoría de la gente permanece en sus casas, afrontando su amarga realidad en silencio.

Antes, quienes pedían limosna solían ser personas mayores sin nadie que los sostuviera, junto con algunos de los individuos más marginados de la sociedad. Hoy, sin embargo, la escena es muy distinta y mucho más dolorosa.

Chicas jóvenes que apenas empiezan a vivir, madres con sus hijos en brazos, y niños pequeños extienden la mano solo para poder sobrevivir.

En medio de estas escenas desgarradoras, anoche presencié una escena que no se me va de la cabeza. Una niña de no más de doce años se me acercó a la salida de una pequeña tienda y me preguntó si podía ayudarla.

—¿Dónde está tu padre? —le pregunté. 
—Falleció —me dijo en un susurro.

Me explicó que su madre estaba enferma en casa y que tenía ocho hermanos pequeños que dependían de ella. Vivían en un pequeño apartamento en un sótano que se caía a pedazos. Había salido de casa poco después de la llamada a la oración de la tarde y vagaba por las calles con la esperanza de que alguien pudiera ayudarla. A esa hora, sólo había reunido trescientos cincuenta riales, una cantidad que ni siquiera bastaría para comprar una sencilla zahora para su familia.

Le pregunté si había comido el iftar. Me respondió que una mujer la había invitado a su casa y le había ofrecido comida, pero que se había asustado y se había marchado rápidamente.

Me quedé allí mirándola, pensando en la crudeza del momento. Una niña de esa edad, tan inocente, sola en la calle a altas horas de la noche, buscando la manera de llevar comida a su familia en una ciudad en cuyas calles se expone al acoso y al peligro.

Más allá de esta escena reina en general una atmósfera de gran incertidumbre. La región sigue ensombrecida por la guerra, los conflictos continúan extendiéndose y las grandes potencias desplazan sus flotas y ejércitos a través del mar.

Estos acontecimientos a menudo se propagan hacia el exterior, amenazando con perturbar los mercados del petróleo y el gas e imponiendo nuevas restricciones a la economía mundial. Atrapado en estos círculos superpuestos de tensión se encuentra un país como Yemen, ya abrumado por antiguas crisis, que vive al margen de la tormenta y, sin embargo, absorbe todo su impacto.

En medio de esta dura realidad, mi mente se remonta a la ciudad de Adén, donde fui estudiante universitario y compaginaba el trabajo con los estudios. Recuerdo que aquellos días eran intensos y rebosantes de vitalidad, a diferencia de los rostros cansados que se ven hoy en día.

Mis jornadas comenzaban alrededor de las nueve de la mañana. Me dirigía a mi oficina en la secretaría del director de seguridad de la gobernación de Adén. En aquella época, el brigadier Mohammed Saleh Turiq, que Dios le conceda salud y larga vida, ocupaba el cargo de director de seguridad de la provincia. Era un patriota convencido, conocido por su disciplina y su cuidadosa atención a todos los asuntos relacionados con la seguridad.

Yo trabajaba como responsable de medios de comunicación. Cada día revisaba aproximadamente una docena de periódicos, marcando los artículos que trataban cuestiones de seguridad o que hablaban del trabajo de los servicios de seguridad en la gobernación. A continuación, seleccionaba el material que requería una respuesta o aclaración, preparaba las respuestas adecuadas o redactaba las declaraciones para los medios antes de presentarlas al director.

Foto Ramadan, then and now
Con mis compañeros en el patio de la facultad (2001)

Después, iba a la facultad y asistía a clase hasta las cuatro de la tarde aproximadamente. Recuerdo un día de Ramadán en el que me senté con unos compañeros de clase bajo los árboles del patio de la facultad.

La conversación versaba sobre las tradiciones del Ramadán en Adén. Los chicos describían con todo lujo de detalles los rituales de bienvenida al mes sagrado, mientras mis compañeras hablaban con entusiasmo de los preparativos culinarios los platos que las familias se esforzaban en preparar durante el Ramadán. 

Adén, con su gente humilde y su carácter único, cobra vida durante el Ramadán. Los niños juegan con petardos, la gente se prepara espiritual y materialmente, y las calles se llenan de risas y expectación. Las mezquitas están abarrotadas día y noche de gente que reza y alaba a Dios, mientras que las familias se reúnen alrededor de mesas donde ricos y pobres comparten comida y hospitalidad.

Justo antes de la oración del atardecer, nos dirigíamos a casa de Ibrahim Al-Mekhlafi, jefe de gabinete del director de seguridad. Su casa estaba situada en la ladera del monte Jabal Hadid, que domina la ciudad de Al-Mualla.

Allí nos reuníamos para el iftar y él nos ofrecía una generosa variedad de platos al estilo de Taiz: fattah empapada en un rico caldo con ghee local, chile picante mezclado con queso de Taiz, y otros platos que se extendían a lo largo del salón. Mientras comíamos, veíamos la serie cómica del Ramadán Tash Ma Tash, y la sala se llenaba de comentarios y risas.

De vez en cuando, mi amigo, el teniente coronel Badr Shatara, un hombre de gran corazón, me invitaba a su casa en el barrio de Al-Aidrus, en Crater. Su casa era una modesta choza en una azotea, hecha de tablones de madera. Sin embargo, era un maestro en el arte de preparar shorbat Al-kaware. Siempre disfruté de esas veladas con él, sentados juntos, charlando amistosamente y pasando el rato en buena compañía.

A las nueve de la noche, solía dirigirme a Crater para reunirme con mi colega Mohammed Shabeer. Deambulábamos por las calles y callejuelas del barrio, y acabábamos en el café Sukran, donde tomábamos té con leche adeni y compartíamos historias, risas y bromas. A nuestro alrededor se sentaba gente de todas las edades. Incluso los ancianos se unían a las partidas de dominó, alzando la voz entre carcajadas, mientras los niños corrían y jugaban en la calle Al-Baz.

A menudo pasábamos así las tardes hasta medianoche. Después, volvía a mi alojamiento en la dirección de seguridad de Khormaksar, donde compartía una pequeña habitación con mi amigo, el teniente Fahd Al-Maqtari. Una vez allí, repasaba mis lecciones, comía una zahora tardía y me iba a dormir alrededor de las dos de la madrugada.

Las noches de los jueves, sin embargo, tenían un sabor diferente. Nos reuníamos en el apartamento de mi amigo Mutasim Al-Odaini, en el edificio triangular cercano a la facultad de educación de Khormaksar. El edificio, construido por los rusos, constaba de 120 apartamentos distribuidos en cuatro plantas y dispuestos en forma de triángulo.

El apartamento siempre estaba perfumado con incienso adeni. Allí nos reuníamos con amigos: el profesor Abdulrahman Al-Qisha'ee que nos enseñaba didáctica del francés, Bilal Al-Khalidi; Ahmed Zaher, Muath Mogha'les, que en paz descanse y Rafiq Al-Humaidi, el estudiante siempre aplicado que, además de sus estudios de francés en la Facultad de Letras, estaba matriculado en el Instituto Amin Nasher, donde estudiaba radiología. Llevaba su mochila a todas partes, desplazándose de un sitio a otro, sin domicilio fijo.

Allí pasamos algunas de nuestras veladas más memorables, escuchando a Mutasim Al Odaini llenar la habitación de cánticos religiosos. Otras veces, cantaba canciones de Kazem El Saher o Abdel Halim Hafez, y el apartamento se llenaba de calor, amistad y música.

Foto Ramadan, then and now
Con mis amigos, masticando qat y escuchando música (foto tomada por Sébastien, de Francia, 2001).

Dos días antes del Eid, solía ir a mi pueblo, Kinda, en el distrito de Mekhlaf Sharab, al norte de la ciudad de Taiz, para pasar las fiestas. En una ocasión, me acompañó mi amigo francés Sébastien Dolidiquic, que también era mi profesor en la universidad. Llegamos al pueblo justo antes de la oración del atardecer. El cielo estaba cubierto de nubes y empezó a caer una ligera llovizna, como para bendecir nuestra llegada.

En el mercado del pueblo, la gente se reunió a nuestro alrededor con curiosidad y sorpresa. Nos ofrecieron una calurosa bienvenida y, señalando a mi acompañante preguntaron: «¿Quién es?». Yo respondí: «Es mi amigo Sébastien, de Francia. Ha venido conmigo a visitar la campiña de Taiz». Los aldeanos asintieron con admiración y lo recibieron con auténtica hospitalidad.

Sébastien se mostró respetuoso con nuestras costumbres religiosas. Durante el Ramadán, se negaba a comer durante el día, y solo bebía agua y fumaba discretamente de vez en cuando.

Después de la oración de la tarde, íbamos al mercado de Al-Hossain a comprar qat, y luego nos dirigíamos con los chicos del pueblo al valle, o a veces a las montañas, para hacernos fotos juntos.

Algunos aldeanos nos paraban por el camino e intentaban invitar a Sébastien a abrazar el islam. Recuerdo a Said Abdo Al-Wali, uno de los hombres más respetados del pueblo, conocido por su generosidad y su buen corazón. Que Dios lo proteja. Le decía a Sébastien: «Repite conmigo: Doy testimonio de que no hay más dios que Dios y de que Mahoma es el mensajero de Dios». Sébastien repetía las palabras después de él.

Más tarde, Sébastien abrazó el islam. Cambió su nombre por el de Mohammed y acabó casándose con una mujer de Adén.

Por las noches, mascábamos qat en el salón de Mohammed Hamoud, mi sobrino, con los jóvenes del pueblo.

El ambiente era relajado y alegre. Sébastien hablaba algo de árabe y disfrutaba especialmente escuchando a Mohammed Abdul Qaisi, que Dios le conceda salud y bienestar, que cantaba con su hermosa voz, mezclando el humor con las canciones. Pasamos cinco días en el pueblo antes de regresar a Adén.

En aquellos años, se veían extranjeros por todas partes, llenando las ciudades, los lugares históricos y los destinos turísticos. Hoy, esas escenas han desaparecido en gran medida, como si el mundo hubiera dejado de fijarse en las vidas que aquí se desarrollan.

Al escribir estas líneas, no puedo evitar sentir una mezcla de nostalgia y tristeza. Nostalgia de una época en la que el Ramadán tenía el sabor de la alegría sencilla, las risas claras y los rostros radiantes de satisfacción.

Tristeza ante lo que vemos hoy, el cansancio y los rostros abrumados por el peso de la vida. Recuerdo todos esos pequeños momentos, desde las calles de Crater hasta mi pueblo, y a los amigos que compartieron conmigo momentos que nunca olvidaré. Me doy cuenta de que la vida, a pesar de su dureza, aún ofrece pequeños instantes que nos hacen sonreír.


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