La singularidad de lo absurdo

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La singularidad de lo absurdo

Entre la ilusión y el conocimiento, la pretensión de verdad de la ciencia se va desvaneciendo cada vez más; en su lugar, intuición, error y duda marcan lo que creemos saber
Foto Bruno Elías Maduro
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Bruno Elías Maduro

Tras la fachada de la certeza comienza el verdadero cuestionamiento. En su columna filosófica UMBRAL, el filósofo colombiano Bruno Maduro nos lleva hasta los límites de nuestro conocimiento. Analiza la fe ciega en los dogmas científicos, cuestiona la construcción de nuestra historia y arroja luz sobre el enigma sin resolver de la condición humana. Un espacio para el pensamiento más allá de las ilusiones, allí donde la verdad a menudo solo destella en el error y en el reino intermedio de la intuición.

No conocemos realmente la naturaleza completa de nuestro espíritu y, por ello el mundo inteligible y real nos es esquivo. Cuando alguien trata de autoevaluarse, esa inteligibilidad se topa con nuestras ilusiones y anhelos, se tropieza con nuestras utopías y afanes, las que hemos cultivado por años. Por lo regular son esas ilusiones las que gobiernan nuestra voluntad, y muchas de esas ficciones, al pasar revista crítica, caemos en la cuenta de que jamás nos han convenido. El método para acabar una ilusión arraigada es fácil: si quieres desbaratar una quimera, convive con ella… mírala de frente, tal y como es, y la ilusión, al exponer su ser, ella misma se esfumará. Pero a pesar de esa facilidad para desmoronarla, hay demasiada cobardía, cuando el entrar a pelear con nosotros mismos se pone en primer orden. Hay un terror cuando tratamos de aceptar que esto y lo otro son parte de lo que soy. La mente no se adecua a los acontecimientos, cuando lo de reconocer errores propios está ahí, como el derrotero principal. Así, la verdad de las cosas que nos sucede, huye. Dar algunos atisbos de lo que somos y de lo que vemos, sin quitar las ilusiones y las fantasías personales, no es posible. La idea de que existe un entendimiento humano universal que juzga al mundo, lo descifra, lo explica y lo domina, sin la intervención de lo ilusorio y mítico, es una postura inverosímil. Y quien defienda su contrario rayará con el fundamentalismo o la manipulación, incluso, contra sí mismo. Lo que se salga de este marco que evite la realidad y el protagonismo de las fantasías personales, colindará con las falacias, con la elocuencia seca, con la argumentación vacía. 

El que actúe en su contra para evitar verse a sí mismo, pasará a ser parte de ese común razonamiento inaceptable de una élite “intelectual” que busca solo convencer al público, mas no probar, examinar, sondear, reconocer o asegurar conocimientos fiables al mundo de estos humanos reales al que pertenecemos. ¿Qué nos queda para guiarnos en este mundo semi-ciego?: ¿La intuición o el acertijo? ¿la especulación o la probabilidad? ¿la posibilidad del saber o el riesgo del experto? ¿qué nos queda? ¿creer que una huida de nosotros y de nuestras fantasías estará centrada en asumir una postura realista y positiva? ¿en confiar solo en las ciencias y sus científicos porque supuestamente ellos no trabajan con nuestros errores ni con las ilusiones que detenta cada ser humano? ¿será que la casta sacerdotal de los sabios científicos es ajena a las fantasías y los errores que ellas nos legan cuando caemos en la cuenta de que eran solo exhalación y humo ilusorio? ¿será que en las ciencias está la verdadera salida para dejar de fantasear? 

Desde el punto de vista científico está claro que las veces que los sabios han acertado sobre un asunto, para hallar algo real en el conocimiento, es porque se ha utilizado el método del tanteo, el régimen del ensayo y el error, o porque hemos utilizado el método de la ráfaga, de dar aquí, de dar acá, o de buscar por este lado. O porque hemos tratado de entrar a ciegas dentro de la misma incertidumbre y de pronto tropezar por accidente con, por ejemplo, el hongo de la penicilina, o por terquedad intuitiva, sorprendernos con los rayos X, o asombrarnos con los cerillos de fricción o con el caucho de cada suela de los zapatos o de cada llanta de automóvil. El azar y la fortuna también les pertenece a las denominadas ciencias. 

Lo cierto es que, ante las innovaciones e inventos, de las que se jacta nuestra época científica y tecnológica, no podemos ver un hilo conductor que ostente la claridad o preclaridad absoluta, preñada de una abundante lógica que aún exhibe ser la descubridora por excelencia. Esta época de sabios en protocolos, nos las han tratado de vender en las academias y en el discurso contemporáneo al entendimiento científico, se ha expendido mundialmente el invento como algo que está ya prefabricado, como un asunto que está semi-obediente y subsumido, dispuesto para fabricar y descubrir lo que esté a la mano, incluso, hasta lo imposible. 

Para llegar a esta meta de preclaridad, el discurso científico se ha hecho acompañar de serias metodologías, técnicas o modelos mentales, que supuestamente transportan dentro de sí la solución para todo lo que se mueve o se observa en el mundo lunar y prelunar, y éste prejuicio, excelentemente ubicado en la mente urbana y colectiva del discurso científico, es una mentira decretada por los autodenominados sabios. Se supone, en su vademécum, qué, a todo saber de ciencias debe antecederle esto: una planeación metodológica, una estrategia tecnocrática, basada en un rigor tecnicista, estricto, matemático, lógico y algo más, rigor de corbata que quita más tiempo en aprenderse que el tiempo necesario para dar con la solución real de un asunto en cuestión; una técnica supuestamente experta, que no es tan certera como se promueve en el hallazgo de descubrimientos y saberes, metodologías de la que tanto enarbolan los burócratas de las ciencias, que muestran sus habilidades, y buscan explicar por explicar, pero no en solucionar o descubrir. O una exploración que tratará de revelar fenómenos de forma objetiva y verificable, tal y cómo nos las venden en los libros y revistas y artículos de presuntas ciencias, que se promueven con intensidad en la actualidad, pero, las que con el tiempo se disolverán o se olvidarán, porque simplemente no acertaron o no atinaron sobre el asunto presuntamente seguro y factico que preveían. En síntesis: hay una grieta abismal entre el discurso metodológico que predican las ciencias contemporáneas y la realidad verdadera, tal y cómo acontece en el mundo de la vida y en el mundo de lo inerte.
Bajo el nombre de estas presumidas ciencias, el discurso de lo supuestamente científico se coló en la mente de cada quien, convenciendo a cada ciudadano de que aquí en el discurso científico está la pócima que lo resuelve todo, asestando un golpe en la mente y en el espacio personal de cada habitante adulto y racional solo para doblegarlo, solo para someterlo, solo para volverlo dócil: una nueva casta de sacerdocio, contemporáneo y secular, hoy está detrás de nuestras decisiones personales e íntimas. 
Desde este sacerdocio secular: al afirmar una proposición de ‘ciencia’ no hay ingenuidad, mucho menos neutralidad: detrás del ‘discurso científico’ hay, en últimas instancias, una doctrina escondida, un dogma que se cuela en la mitad de la verdadera verdad de los científicos. 

Es muy difícil, entonces, hoy, distinguir entre sabios y pseudo sabios. Hoy el discurso de ciencias y pseudo ciencias está unificado. No hay diferencias entre los unos y los otros. 

¿Qué nos queda?: un adiós. Adiós a aquella inclinación permanente que tuvo el hombre de buscar el saber por naturaleza, adiós a aquella ironía construida por un antiguo mitólogo llamado Aristóteles: adiós a aquel hombre que buscaba el saber por naturaleza, adiós al saber por el saber. El hecho de que el hombre busque el saber por naturaleza, hoy es una frase ligera y con alto contenido de fe. En la práctica científica al experto se le atraviesa el saber sin saberlo, y eso, cuando lo tropieza. Muchos morirán en el intento. Entre tanto, el científico de hoy nada en un rio de incertidumbres, dando tumbos, husmeando y tratando de satisfacer ante todo a los manuales de metodologías y protocolos de escuelas que le exigen informes y datos para calmar ansiedades de los inversionistas de empresas de ciencias, que quizá son algo semi ilustrados, pero no son hombres o mujeres de ciencias: en la práctica las ciencias esconden su realidad dolorosa e inquisitiva. El inversionista. 

Pero al frente del experto hay algo que da la cara: el nuevo fundamentalismo científico tiene nombre: los manuales de ciencias y tecnocracias metodológicas. Y con ellos, muchos protocolos con intencionalidad no científica, acuñados por inversionistas científicos que carecen de ciencia. Al sensato experto qué le queda, al escaso hombre o mujer de ciencias le toca, entonces, es enfrentar el problema de turno con su rebeldía personal, le tocará asumir el reto y el esfuerzo de su investigación específica, y gastar un poco de tiempo extra para sobrepasar el alma del protocolo que le decretan en su laboratorio o universidad, el que ha sido prefabricado por un inversionista de ciencias, ese que se acerca más al mundo financiero, pero se aleja del conocimiento humano. 

Con la preinstalación de los instrumentos protocolarios en cada disciplina de conocimiento que anticipan la solución de un asunto contingente, hoy se consolida una empresa que produce ganancias con el pseudo saber, organizada bajo principios de oferta y demanda, de ganancias y pérdidas, las que impuestas en academias y revistas científicas suplantan el saber occidental. Sin delación y con mucha anuencia hemos permitido que surja una tradición insincera en las ciencias contemporáneas. Una tradición cargada de hipocresía, las que supuestamente transportan el barco de las ciencias actuales, y con ellas, sus protocolos, formalidades, manuales y pseudo-academias: hay una probada simulación en el discurso científico que no deja que se critique esta situación, tallada con astucia, doblez y fingimiento, para imponer una forma de actuar y proceder, mas no para tratar de solucionar o escudriñar lo real qué sucede o solucionar necesidades reales de la vida, la sociedad o la naturaleza. Y son tan arraigados estos simulacros en la mente común de las ciencias, que han terminado siendo consolidados como la verdadera ‘verdad’ del saber humano. Hoy, son estas ‘verdades’ las que expende y levantan una gran industria planetaria de grandes ganancias que solo busca el dinero y no el conocimiento. Una industria de sabios que no son sabios sino inversionistas del saber, y esa gran inversión es la que ha abandonado la verdad científica, y, de frente, está atacando nuestra supervivencia en el planeta. 


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