La fiesta de las hienas
Khadher F. Alzaydi es un escritor iraquí originario de Bagdad, autor de novelas y relatos cortos. Ha publicado doce novelas y seis colecciones de relatos. Ha ganado en cuatro ocasiones el Premio a la Creatividad.
Advertencia sobre el contenido: este relato incluye descripciones explicitas de violencia sexual y suicidio.
Algunas ciudades son estrechas como unos zapatos nuevos. El pasaje del horizonte está condenado en ellas al aislamiento, como un anillo prisionero en el pulgar de un herrero corpulento. Otras son tan vastas que sus mapas parecen no tener límites, desaliñados como los abrigos mugrientos de los locos, torpes en su elegancia sin alma, por mucho que sus edificios se eleven hacia el cielo y sus torres se alcen unas contra otras. Sin embargo, a Hadiyya, la joven aldeana, le encantaba aquella ciudad estrecha, sus habitantes pobres, sus mujeres bondadosas y sus niños descalzos. Era una ciudad pequeña que guardaba un gran parecido con la aldea de su infancia.
Había emigrado allí con su madre para establecerse, pues su aldea natal se había vuelto demasiado asfixiante: todos conocían la vida de los demás, se interesaban por cada detalle de sus asuntos, hurgaban en su pasado para entretenerse. La curiosidad se extendía por allí como una enfermedad crónica. En sus reuniones, los aldeanos se burlaban de Hadiyya y la hacían blanco de sus mofas. Ella acudía llorando a su madre para quejarse de las humillaciones a las que la sometían.
Tras perder a su padre y a su hermano habían perecido en un sonado episodio de venganza familiar, no había dejado de suplicar a su madre que se marcharan. Ya nada la retenía en la aldea. Así pues, decidieron cambiar de hogar, dado que, tras la pérdida de sus seres más queridos, abandonar aquel lugar se había convertido en una necesidad. El olor del duelo y la ausencia seguía flotando en el ambiente, haciendo renacer su tristeza entre remolinos de viento, polvo y recuerdos.
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(1) Agal: cordón doble, generalmente negro, que se lleva alrededor de la cabeza para sujetar el keffieh
La madre aceptó el traslado a la ciudad vecina, donde la gente no se conocía y apenas se preocupaba por las raíces ni los orígenes de los demás. Pero la ciudad también impone sus duras condiciones, empezando por el esfuerzo y el trabajo incesante para ganarse la vida. Aquello fue lo que llevó a Hadiyya a cambiar de identidad sexual. Empezó por comprarse ropa holgada de hombre y luego se cubrió la cabeza con un keffieh sujeto por un agal (1).
Corría el año 1983, cuando la guerra de los ochenta se recrudecía y la ciudad se quedaba sin jóvenes, reclutados a su pesar para los combates.
Hadiyya empezó a trabajar para mantener a su madre enferma, tal y como le había prometido a cambio de su consentimiento para que se instalaran en la ciudad. La mejor solución que se le ofreció fue convertirse en «Hadi», un joven campesino procedente de lo más recóndito del campo. Al fin y al cabo, en aquella ciudad, un ser humano se reducía a una identidad compuesta por la ropa, un keffiyeh y un agal.
Tras muchos esfuerzos, consiguió un pequeño puesto al final de un callejón del zoco cubierto. Poco a poco, las estanterías se fueron llenando de hierbas medicinales, plantas raras y raíces del desierto que los beduinos le traían para tratar distintas dolencias y afecciones femeninas.
(2) Hamdh: nombre vernáculo que designa varias plantas silvestres de las regiones desérticas, adaptadas a los suelos salinos.
La fama del «hach Hadi» no tardó en extenderse por todos los rincones del zoco gracias a sus conocimientos, su excelente reputación y sus remedios contra la ausencia de menstruación y los abortos espontáneos recurrentes. En sus preparados, utilizaba nuez moscada, semillas de ricino y cáscaras de granada secadas al sol.
El único comerciante de la ciudad le proporcionaba estos ingredientes, así como otros preparados: nigella molida mezclada con aceite de serpientes venenosas, extractos de plantas, raíces de árboles raros, semillas de calabaza contra la caída del cabello y los vértigos crónicos, sin olvidar la manzanilla, la cúrcuma, los excrementos de erizo, el aceite de menta, la germandrea, agua extraída del hamdh (2), una planta del desierto, y muchas otras mezclas secretas destinadas a curar los tumores y la hinchazón abdominal.
(3) Mahaleb: especia aromática extraída de los huesos del cerezo de Santa Lucía, utilizada también en algunas preparaciones tradicionales para el cabello.
Hadiyya, o más bien el hach Hadi, también se procuró regaliz para los gases durante el embarazo. Sus preparaciones acabaron superando las ineficaces recetas de los médicos de la ciudad. Se le atribuía una receta a base de mahaleb (3) y mercurio para desenredar, la víspera del viernes, el cabello rebelde de las futuras novias, y otra a base de corteza de canela contra las indigestiones. Recomendaba la corteza de dirm (4) para blanquear los dientes de las jóvenes de buena familia, la rosa malva contra los mareos y los resfriados, una planta del desierto cuidadosamente seleccionada para adormecer al feto y otra para que el niño que iba a nacer fuera varón. También recetaba el jugo efervescente del clavo contra el dolor de muelas, las flores nocturnas con propiedades anestésicas para aliviar los dolores de los embarazos con el feto en posición transversal y ahuyentar a los espectros de las pesadillas. En cuanto a las mujeres con la espalda delicada, propensas a abortos espontáneos, les proporcionaba una fórmula gracias a la cual el feto podía permanecer adherido al útero durante diez meses.
(4) Dirm: corteza de nogal utilizada tradicionalmente en Irak para limpiar y blanquear los dientes, así como para dar color a los labios
Hadiyya guardaba celosamente su secreto, mientras las mujeres acudían en masa a su casa, convencidas de las virtudes benditas de los remedios del hach. Con el tiempo, su alma y la de Hadi acabaron fundiéndose. Él curaba tanto los problemas del embarazo como las posesiones provocadas por la visión de espectros. Incluso poseía un bastón reservado para casos especiales, que utilizaba tras una cortina tendida al fondo de la tienda para tratar a las mujeres víctimas de hechizos. Así, el hach se convirtió en una figura imprescindible de la medicina herbal y de la medicina profética.
Hadiyya se había convertido en el hach Hadi, el célebre médico de las mujeres de la ciudad, y ninguna quería creer que, en realidad, era una mujer como ellas. Cada mañana, se agolpaban frente a su tienda, se sentaban en el suelo y esperaban las recetas de su hermano, el «hach Hadi», para dolencias que los mejores médicos de la ciudad no habían sabido curar. Tras haberse curado, algunas incluso volvían de vez en cuando a pintar con henna la fachada de la tienda en señal de gratitud, celebración y veneración por su labor secreta. Él era quien cumplía sus deseos y velaba por sus necesidades más íntimas.
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Hadiyya se había convertido en un hach cuyo título y nueva identidad ya nadie cuestionaba. Su piedad y devoción le valieron el apodo de «hombre virtuoso». Los cafés le abrían sus puertas, y él se presentaba allí con toda la dignidad de su atuendo masculino. Entre los hombres, todos conocían sus estrechas relaciones con las mujeres del barrio y de toda la ciudad. No temía reunirse con ellas ni quedarse a solas en su compañía, y los hombres del barrio, convencidos de su profunda religiosidad, tampoco desconfiaban de las visitas que estas le hacían en su establecimiento.
Se aseguraba de participar, sin el menor reparo, en las veladas nocturnas de los hombres. Pero evitaba tanto el hammam público de las mujeres como el de los hombres, situado al final del zoco. En cierta ocasión, se atrevió a entrar en este último, pero huyó inmediatamente al ver a un masajista arrodillado sobre el cuerpo de un hombre completamente desnudo. Temía esa virilidad cuyo deseo se intensificaba con la desnudez en la sensual atmósfera del vapor y la humedad. La única solución era, pues, realizar sus abluciones del viernes en casa, a salvo de las miradas y las sospechas de quienes pudieran cuestionar su identidad sexual. También había intentado una vez entrar en el baño de vapor de las mujeres, pero los gritos y el alboroto de las bañistas la obligaron a escapar por la puerta trasera.
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Un día, en los primeros años de la guerra, una unidad armada compuesta por miembros del Ejército Popular, del partido y de las fuerzas de seguridad irrumpió en casa de Hadiyya. En aquellos tiempos en que escaseaban los hombres, se lo llevaron a uno de los sectores devastados del frente.
El hach no les reveló nada sobre su identidad. Se encontró luchando entre los combatientes, él, que en toda su vida ni siquiera había matado a una mosca. Ahora se enfrentaba a un auténtico dilema: revelar a los responsables que era una mujer, algo que no haría por nada del mundo, o dejarse arrastrar, como recluta, al infierno de la guerra. Obligado por las circunstancias, eligió la segunda opción.
Así pues, partió a la guerra sin levantarse la ropa para revelar lo que ocultaba su intimidad.
La soldado-mujer se vio sometida a una terrible prueba aquella noche, en el frente, cuando su secreto fue descubierto por un suboficial de una compañía de reconocimiento avanzada, que la había observado a través de unos prismáticos de visión nocturna.
La noche siguiente, las sospechas se extendieron entre los soldados del puesto de observación, que acordaron desvelar su identidad. Uno de ellos juraba haber reconocido un cuerpo de mujer, tierno y deseable.
Durante el día se elaboró un plan secreto. Su ejecución comenzaría al caer la noche. No se trataba de asaltar la primera línea enemiga, sino de asaltar el cuerpo de Hadiyya.
El oficial les dijo: «Una mujer bien rolliza duerme entre nosotros. Esta noche es vuestra».
Luego añadió: «Este Hadi es una mujer bajo su ropa. Lo descubrí con los prismáticos cuando fue a orinar al campo».
Aquella noche, en aquella maldita guerra, el «hombre-mujer» se enfrentó a la más terrible de las pruebas. Llegó a desear que un francotirador le metiera una bala en la cabeza, antes que sufrir aquella prueba mortal en la que su identidad secreta quedaría al descubierto y expuesta ante todos, esa identidad que había ocultado incluso a sí misma.
Una mujer había amado al hombre que llevaba en su interior, hasta tal punto que él acabó por poseerla. Dormía en ella como un genio oculto a todas las miradas.
En sueños, le crecía vello por todo el cuerpo, desde las piernas hasta el pecho. Sus pechos se atrofiaban, dejando solo dos pezones salientes, como dos pequeños frutos en una higuera privada de agua. Sus órganos internos se adormecían en la madriguera de una rata mordida por el espectro de una serpiente que merodeaba por los alrededores. Y el sueño se convertía en pesadilla cuando unas hienas en celo se abalanzaban sobre ella.
Al caer la noche, se desató un ataque feroz y salvaje. Una manada de hienas manchadas, surgidas de la unidad de observación avanzada, se abalanzó sobre él. La sorprendieron en su puesto irrumpiendo bruscamente, le metieron a la fuerza una toalla entre los dientes y comenzaron a despojarla de su uniforme caqui para descubrir su verdadera identidad.
El sargento primero le espetó: «Es una orden militar del mando. Debes obedecer sin discutir, nuestra Hadiyya, nuestro regalo».
En aquella época, los soldados del frente sufrían una excitación y un deseo sexual cada vez mayores. Sus permisos se habían retrasado, privándoles de esas salidas a la ciudad donde recuperaban los colores naturales de la vida. Una alerta anunciaba un ataque inminente, y ni los sueños ni el alcanfor disuelto en el té lograban contener la fuerza desbordante de su deseo.
Los conspiradores se habían reunido primero para elaborar un plan destinado a abrir una brecha en el muro defensivo. Empezarían por rasgar la ropa de su presa y, a continuación, profanarían su intimidad con toda la ferocidad de un asaltante desenfrenado. Un soldado con aspecto de hiena se ofreció voluntario para arrancar el último baluarte: su ropa interior. Entonces, se izaría la bandera de la victoria en el campo de la embestida.
«Testificad ante el oficial que fui el primero en cruzar las líneas enemigas», declaró.
La hiena depredadora llegó hasta el corazón de su objetivo y descubrió la identidad íntima de su presa. Se lo anunció a las demás hienas, reunidas para sus nupcias colectivas y salvajes.
«¡Una mujer en el frente! ¡Esta Hadiyya es un regalo precioso para nosotros! ¡Afilad las hojas de vuestras armas y avanzad, en filas bien ordenadas!»
Una vez que Hadiyya quedó completamente desnuda, con su desnudez expuesta a la luz vacilante de una linterna, una hiena sedienta cubrió la cabeza de su presa con una manta militar a rayas para impedirle ver lo que le estaban haciendo. El cabo adjunto la obligó a bailar para culminar la fiesta salvaje, mientras ella se debatía bajo la violencia de las penetraciones y el dolor.
Ella les suplicaba que le cubrieran el cuerpo, pero el sabor de aquella carne codiciada no hacía más que avivar su ferocidad. Uno de ellos mostró sus genitales a la luz de la linterna, lo que desató una hilaridad histérica. Todos exultaban por haber descubierto lo que había permanecido oculto. El líder de la manada lanzó entonces un grito:
«¡Viva la luz! ¡Viva la gran linterna!»
Tras una hora de frenesí y ansia sexual, el ritual de las hienas salvajes comenzó poco a poco a disiparse bajo la llama vacilante de la linterna. No había sido más que una violación de extrema violencia, y los gritos de la presa ensangrentada, agotada por la brutalidad de los embates y el horror de las penetraciones, no sirvieron de nada. El suplicio se prolongó hasta las primeras luces del alba.
Gritar no servía de nada. En sus gritos solo buscaban los gemidos de la excitación. El depredador se reía, y los demás se reían con él, presa de una histeria jubilosa. Cuanto más sufría ella, más se redoblaban sus risas salvajes, alimentadas por la exaltación de una virilidad feroz. Sus súplicas no hacían más que aumentar su placer, tanto se embriagaban con su poderío masculino y su brutalidad conquistadora.
Las dagas salieron de sus vainas, brillando a la luz de las miradas y de las linternas, en lo más profundo de aquella noche oscura, en medio de una fiesta salvaje en la que cada uno exhibía su potencia sexual ante los demás. Al final de aquella noche, solo se oían sus gritos de dolor, tras aquella espantosa profanación animal, y las carcajadas que seguían a cada embestida. Cada vencedor salía después a fumarse un cigarrillo, ebrio de satisfacción, como si acabara de obtener una victoria en aquella guerra.
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Por la mañana, Hadiyya no podía soportar el recuerdo de aquella noche de dolor. La desdichada deseó que Dios se llevara su alma antes de que la guerra anunciara su fin.
Se fue a lavar con agua fría, realizó sus abluciones rituales y luego rezó dos ciclos de oración.
Alzó la cabeza hacia el cielo. Uno de los soldados de guardia la oyó invocar a su Señor:
«¿Es esto lo que quieres de mí, Dios mío, Tú que escuchas las súplicas de las mujeres afligidas? Si no es así, llévate este cuerpo mortal, Señor de todos los mundos.»
Entonces se entregó a Dios.
Con mano firme, quitó el seguro de su rifle. Con la determinación de quien sabe lo que hace, tiró con firmeza del cerrojo. Se introdujo el cañón del Kaláshnikov en la boca, pronunció la profesión de fe y dijo:
«¡Oh, Allaaaaaaaaah! ¡Toma de mí lo que te plazca!»
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