La lengua dolorida
Dar Al-RamakBadia Kashgari | Manasik Untha (Los rituales de una mujer) | Dar Al-Ramak, Beirut | 111 páginas | 25 SAR
Badia Kashgari es una de las voces reconocidas de la poesía saudí y árabe contemporánea. Su escritura es sincera y controlada, y posee una profundidad que no busca apoyarse en el exceso. Introduce al lector en el texto con delicadeza. Uno no se limita a leer sus poemas; los recorre, descubriendo poco a poco su carga emocional.
La primera vez que leí Los ataúdes del silencio, incluido en su colección Los rituales de una mujer, estaba sentada con unos amigos, distraída por la conversación y el ruido. Leí el poema en mi teléfono y no lo entendí del todo, algunas imágenes me resultaban lejanas. Sin embargo, lo que se me reveló con claridad fue la presencia del dolor. El poema portaba una herida imposible de ignorar.
En este texto, la herida no es un recurso decorativo, sino que ocupa un lugar central. La patria no es un eslogan abstracto sino una realidad cotidiana, y la muerte no es un acontecimiento dramático sino algo que se repite en escenas cotidianas.
El poema sugiere que muchas de las ideas que creemos consolidadas —la patria, la pertenencia, la dignidad— son más frágiles de lo que suponemos.
La patria en Coffins of Silence es experiencia vivida. Es algo que está presente incluso en la distancia. Cuando escribe:
Soy de aquí.
Soy de allí.
Expresa una identidad dividida pero continua. La distancia física no borra la pertenencia. El exilio puede cambiar las circunstancias, pero no anula la memoria ni el apego. Este sentimiento queda más claro cuando dice:
Porque estoy aquí,
desde las vastas incógnitas que pesaban sobre nuestros hombros.
La conexión con el lugar precede a la geografía. Existe antes de la partida y continúa después de ella.
El dolor en el poema no conduce a la rendición. Incluso cuando escribe:
Mi propia canción me ha matado
continúa con la negativa:
Pero no, no moriré.
La canción se convierte en un símbolo de la memoria y la patria. La hiere, pero también es lo que la mantiene viva. La contradicción es intencionada: aquello que nos duele es también lo que nos sostiene.
Al final del poema, escribe:
Tú y yo, oh patria de las heridas,
somos dos rostros errantes en la noche de las preguntas.
Nunca nos alcanzará el alba.
Estas líneas pueden sonar a desesperación, pero también revelan persistencia. Hablar del alba, aun rechazando su llegada, es reconocer su posibilidad. La noche es larga y la mañana no llega fácilmente. Aun así, el deseo de que llegue permanece.
Los ataúdes del silencio fue escrito en 2005 durante su estancia en Canadá y dedicado al fallecido poeta Ali Al-Domaini. Que Alá lo tenga en su gloria. La dedicatoria añade otra capa al tono del poema, vinculando el dolor personal con la memoria colectiva.
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Los ataúdes del silencio
Tal es la cosecha de la herida
en el exilio del tiempo.
Esto es lo que mi intuición me ha traído
mientras yo no he hecho nada para traicionar a una Patria ya crucificada por el destino.
Un réquiem de plata
anuncia mi próxima extinción,
canta los himnos de una vida hace tiempo evaporada.
El espectáculo cotidiano
de una tercera muerte desplegándose
entre el flanco de la acera
y las tormentas del otoño.
Soy una palmera que sacude su tronco,
y las ilusiones caen,
igual que los presagios lanzados como dados malditos.
Sin embargo, el dolor
se niega a retroceder.
Nuestra sangre es confiscada o declarada lícita—
da lo mismo.
Si los pájaros del amor se atreven a cantar,
o el amanecer mismo es estrangulado en su cuna.
Soy de aquí.
Soy de allí.
Soy —eres— todos somos una fractura.
Todos hemos sido desplazados.
Todos hemos sido vaciados.
Todas las orillas
están cubiertas de tristeza,
envueltas en las túnicas del duelo.
Todas las canciones inclinan la cabeza
ya no hay tinta
para escribir nuestro lamento.
La Casa de Mawwā,
que antaño resonaba de nostalgia,
ahora gime en el horizonte lejano.
Nuestra sangre es declarada lícita
¿Cuánto tiempo tendremos que soportar este veredicto?
La espada y el corcel
lloran los pecados de los antepasados y las glorias prestadas
en el cortejo de una época humillada.
No hay choque de espadas.
No hay estruendo de cascos.
No queda promesa
que las lanzas puedan cumplir.
Los Ataúdes del Silencio
han abatido su espada sobre nosotros.
Mi canción me ha matado
pero no, no moriré.
No tengo tiempo
para sucumbir a las heridas.
Porque estoy aquí,
desde las vastas incógnitas que pesaban sobre nuestros hombros.
Estoy aquí.
Estoy allí
para asaltar lo imposible,
para hacer añicos sus fortificadas ciudadelas.
Tú y yo, oh Patria de las heridas,
dos rostros errantes en la noche de las preguntas.
Nunca nos alcanzará el alba
nunca
encontrará
su camino
hacia nuestro horizonte.
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Esta sensibilidad no ha surgido de la nada. Kashgari nació en Taif y creció en un entorno tranquilo y elevado que moldeó su conciencia temprana. Estudió literatura e inglés, trabajó en la enseñanza y la traducción, y vivió en distintos contextos culturales en Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña y España. Estas experiencias ampliaron su horizonte sin oscurecer su poesía.
Al contrario, a menudo hicieron su lenguaje más preciso y más atento a las cuestiones esenciales: la existencia, la pertenencia, el exilio y la tensión entre la esperanza y la realidad.
Su experiencia profesional en la enseñanza y más tarde en Saudi Aramco, sobre todo en edición y traducción, se refleja en su cuidadosa elección de las palabras. Sabe cuándo ser directa y cuándo dejar espacio al silencio. Este equilibrio aporta claridad a su poesía sin restarle profundidad.
Lo que distingue su escritura es la contención. Aparecen símbolos como la espada y el caballo, pero sin excesos dramáticos. La herencia se evoca, pero se integra de forma sutil. Incluso la esperanza es comedida. La mañana no llega de forma triunfal; permanece distante, incluso incierta.
Este enfoque no se limita a Los ataúdes del silencio. En sus poemarios, como When the Sand Blossoms, The Letters That Are Me y The Woman’s Rhythms, se puede observar una evolución progresiva. Sus frases se vuelven más directas con el tiempo y su atención se centra cada vez más en la experiencia vivida. Las variaciones de tono en estas obras muestran que escribe desde la experiencia y no desde una fórmula estilística fija.
Kashgari no pretende hablar en nombre de las mujeres ni de la patria. Escribe desde su propia posición. Ancla su herida en el texto sin explicitarla ni pedir empatía. Así, cada lector recibe el poema a su manera.
Al principio, su poesía me pareció difícil, pero con el tiempo comprendí que lo que parecía ambigüedad formaba parte de su profundidad. Su obra invita al lector a volver sobre sus pasos para comprender mejor. Recompensa la paciencia. Es sincera y clara en sus intenciones, pero deja al mismo tiempo espacio para la reflexión. En un panorama literario repleto de textos fáciles de consumir, esta cualidad es precisamente lo que distingue su poesía.
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