Una calle a través de un muro
Ali Al Hazmi (1970) es un poeta y escritor saudí cuyas obras han sido ampliamente publicadas en periódicos y revistas culturales de Arabia Saudita y el mundo árabe. Nacido en la gobernación de Damad, en la provincia de Jazan, estudió lengua árabe en la Universidad Umm Al-Qura de La Meca, donde se graduó en 1992.
Tras completar sus estudios, trabajó como profesor mientras, desde finales de la década de 1980, publicaba poesía y participaba en eventos literarios en todo el mundo árabe. Ha publicado varias colecciones de poesía, entre ellas cinco diwanes importantes, uno de los cuales ha sido traducido al español. Sus poemas han aparecido en muchos idiomas y ha recibido numerosos premios literarios árabes e internacionales.
Pérdida
En el umbral de la noche
esperan el paso de la última tarde
con los ojos llenos de tristeza.
Se olvidan de sí mismos por los senderos del dolor,
donde se les confunde con las llamas del extrañamiento
alimentadas por las esperanzas que dejaron atrás en el camino del tiempo.
Ebrios parecen, mas no lo están.
Pero el impacto es aún más duro para un brote
en la primavera de sus ojos.
No permitieron que sus heridas dejaran huella,
sus pasos fueron arrebatados al comienzo del camino,
donde se distanciaron de las flores de sus días.
Se refugiaron en un exilio agotador que floreció en su pecho.
Así es como ocupan su tiempo los perdedores
cuando llegan al final del trayecto,
donde el último camino no lleva a ninguna parte ante a la noche,
porque lo han compartido todo
y no les queda, del vino de las palabras,
palabra alguna a la que aferrarse.
Por eso su noche no se inmutaba ante los gritos
que brotaban de sus recuerdos
tras la puerta de la vida.
¡Oh, cuán noble habría sido para sus sueños
permanecer en el papel,
guardados en el armario!
Su lágrima en mi labio: una brasa salada
Solíamos construir casas de arena cerca de la costa
cuando él salió a pescar por última vez.
Nos lanzamos hacia él para devolver el rastro de sus redes
al confín de su pequeña barca.
Nuestras pequeñas palmas morenas
viajaron en un río de adioses hasta la última ola
que se llevó su bote,
lejos de nuestra infancia.
***
Tras las rejas de la ventana, nuestras cabecitas se apretujaron al ocaso,
con los ojos fijos en el camino costero,
y nuestra madre extendió sus alas sobre nuestros hombros
y se unió al tumulto de nuestros rostros,
profundamente preocupada por nuestras inocentes almas en flor.
Temiendo que su largo cabello cediera a los vientos
si se inclinaba hacia delante sobre la barandilla metálica,
la atraje hacia el calor de la estancia de madera.
Entonces observé las riberas en sus ojos
y vi una extensión de mar más allá de las casas de arena.
«Seguro que volverá», nos dijo
antes de que el fuego de su lágrima cayera sobre mi labio…
una brasa salada.
Veinte años no bastaron para borrar de nuestras pupilas las casas de arena.
El rostro curtido de mi padre, sobre el lomo de las olas,
se convirtió en una ventana hacia los años plateados de nuestra vida;
su pulso atrapado en la maraña de las algas.
Aún así, mi querida madre oculta su pesar tras su sombra.
Aún así, por las mañanas,
hornea pan fresco con sus sueños;
y a medianoche
recalienta lo que queda de sus anhelos en las brasas de su alma.
Aún así, la creemos, masticando el pan de su mentira,
para seguir viviendo.
Una calle a través de una pared
Ser atormentado por una mujer en tu imaginación,
una mujer que tú mismo has creado
a partir de ilusiones y dolor emocional.
Dormir plácidamente sobre las espinas de su risa,
verla, con los ojos cerrados, recorrer los páramos
de tu quebranto.
Dejarla tejer, poco a poco
las trampas de su encanto alrededor de tu cuello.
Sentir el eco de sus pasos ligeros
acercándose lentamente a tu noche.
Observar su levedad mientras asciende como una mariposa
hacia el borde de tu lecho en llamas.
Acompañarla a los confines del cielo
cuando acaricia tus pecas con las plumas de su mano,
y escala los suspiros de tu pecho.
Rodearla como una paloma
con tus brazos en un anhelo apremiante.
Cubrir los bordes de su deseo
con la indomabilidad de tus caballos hasta el amanecer.
***
Una mujer que, descuidadamente, dividió el sueño de tu vida
en dos mitades,
que abrió con su mirada una calle
en el muro de tu confusión,
que clavó con fuerza su imagen
en tu imaginación,
una mujer prisionera entre las paredes de tu delirio.
***
Su única culpa fue sonreír un día,
en la acera, a un chico que tenía delante
y que tú bloqueaste, sin querer,
al interponerte entre ellos.
No dejabas de mirarla, con un deseo prolongado,
sin darte cuenta de que tu presencia estaba retrasando
que un amplio pecho abriese sus brazos al viento
para alejarla de ti
al cabo de un momento.
Ella perdió las llaves de su deseo
Una mujer solitaria
lucha contra el azote del otoño
con las manos desnudas
de fortuna, familia y amigos;
el otoño que seguía extendiéndose sobre
los árboles que ella ocultaba
a los transeúntes.
Cuánto teme al pasado
y a un sueño que no la visita dos veces en sueños.
Cada vez que con sus pequeñas manos
ahuyenta las mariposas del alba,
la mano de la ausencia
desvanece sus sombras en el viento.
Ya no le importan
los jilgueros que huyen de la penumbra de su balcón,
la vida le ha enseñado a apartarse muy pronto
del goce de su feminidad
a no alargar las manos hacia frutos maduros
en las ramas de los cuerpos,
a no intentar despertar su temblor
al caer la noche...
Perdió las llaves de su deseo
en la larga espera con la que consuela al pájaro
que sangra de su alma.
Con ojos vacíos
de calor, amor y esperanzas,
sigue remando por un río vacío
que envuelve su soledad al borde de la noche.
Voluntariamente
se entrega al exilio enfermo
sin una sola mirada a la flauta que arrulla
las brasas de su fuego
desde la distancia.
Pasa una larga noche
en el silencio metálico de su soledad.
Los sufrimientos, que miran desde los espejos,
se asoman en torrente a su sueño.
No hay un sentido franco
para este dolor palpitante que reside en su cabeza,
porque el otoño ha terminado
y la mañana de las mariposas
está a punto de retomar sus pasos
hacia una orilla lejana en los confines del arrullo.
Y no hay nada que impida al río
seguir el paso de sus tobilleras
en las llanuras cercanas.
¿Volvería a desear alabar los párpados lejanos?
¿Podría tejer del sol un chal para su fría feminidad,
desde un nuevo amanecer?
Llévame a mi cuerpo
Dijo una mujer al viajero: llévame al mar,
allí nací, sobre la pasión de las olas,
el viento me llevaba en un viaje
de cuyo recuerdo no queda más que la nostalgia
que se extiende por el desierto de mi alma.
Ya no me salva mi necesidad de una mínima suerte,
con más paciencia
para revolver las brasas de mi larga espera.
Dice el joven a la amante que esconde sus dedos
bajo los botones de su chaqueta:
deja mi deseo en tu profundidad,
flotar ligeramente en la superficie del agua,
porque el mar no desaprovecha nuestra oportunidad
de encontrar refugio en una corona nostálgica que tejimos
en noches alegres.
Abrázame largamente, porque esos abrazos mecen
nuestro ardor en la espera de la esperanza.
Deja que mi vela se apague en mi ausencia e ilumine
con el anhelo de los amantes la penumbra de esta noche.
Él sabía
que llovería de nuevo
en ausencia de sus manos... ¡y no esperó!
Temo al mar...
¿Tú temes al mar, como yo?
Y el mar es la flauta de la naturaleza, el llano de la existencia,
el refugio del universo!
Temo al mar por ti, de una orilla que se desmorona bajo sus pies en todas las estaciones.
Nos cansaremos, te dije ayer:
Llévame a mi cuerpo... ¡descansemos!
Nos cansaremos si llueve en las costas
con una sed que se hace palpable en el silencio.
Nos cansaremos si la distancia nos cerca
en esta apatía metálica, y el sueño se nos vuelve
más lejano que un racimo de uvas en las manos.
Marineros que preguntan por el mar.
¿Cómo podrían regresar a su sal
después de tantos años?
¿Qué les queda de sus aguas
sino el fulgor de las algas y el amargo cansancio?
Las tierras lejanas que olvidaron su anhelo,
que quebraron los remos de su deseo,
ya no miran atrás
a las llamas de sus pupilas cada vez que les preguntan
sobre el viento: ¿Qué pretendían
al dirigir sus timones hacia la extenuación?
Los que se van al mar pierden de golpe
todas las perlas de sus almas
cuando abandonan los soles de su alegría
en los ojos de sus seres queridos.
El dominio de la sal es demasiado duro
para el pájaro frívolo del alma cuando supera la costa
y responde a la bandada de seguridad
que asoma ligeramente sobre el cuerpo del agua.
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Adaptación al español basada en la traducción al inglés del árabe realizada por el Dr. Hamdi Al Jaberi.