Mi abuelo Hussein
Menaf Othman (Abdelmonaf Othman) es un escritor y pintor sirio-kurdo, nacido en Hasake en 1965. Estudió geología en Damasco y desde muy joven se interesó por la literatura y la pintura. Fue detenido y torturado en Siria por un libro de poesía kurda. En la década de 1990 huyó a Turquía, donde fue detenido de nuevo por supuesta propaganda y condenado a cadena perpetua. Tras 31 años, fue liberado en 2024, deportado a Malasia y más tarde llegó a Múnich (Alemania) con una beca del PEN. Osman ha publicado nueve libros hasta la fecha, entre novelas, relatos cortos y una obra de teatro, así como traducciones al kurdo -entre ellas El conde de Montecristo, El principito y Las mil y una noches.
Puedo decir sin dudarlo que la fuente más profunda de alegría y esperanza en mi vida ha sido siempre mi infancia. Y entre los héroes inolvidables de aquellos primeros años estaba mi abuelo Hussein.
Que Dios lo tenga en su gloria. Mi abuelo poseía el único huerto de nuestro pueblo. Estaba lleno de árboles frutales de todo tipo. A lo largo de sus cuatro bordes había hileras de almendros que rodeaban todo el lugar. Sin embargo, a pesar de su abundancia, mi abuelo nunca permitía que nadie comiera sus frutos. Y lo más extraño era que él mismo tampoco los recogía. En no más de dos meses, todas aquellas tiernas y deliciosas almendras verdes se endurecían en cáscaras leñosas, desperdiciadas e intactas.
Pero los niños nunca podíamos callarnos ante semejante disparate. El silencio, en asuntos así, era una virtud reservada sólo a los mayores. En cuanto a nosotros, nos negábamos a someternos a las mezquinas órdenes de mi abuelo o a aceptarlas sin protestar.
Así que, en las hermosas tardes de primavera, nos reuníamos una pandillita de tres o cuatro chicos y recibíamos las órdenes del mayor de entre nosotros, que solía ser el más experimentado en operaciones secretas. Una vez establecidos los planes, esperábamos impacientes a que cayera la noche, a que la oscuridad cubriera el mundo y nuestra pacífica aldea.
En el momento oportuno, asaltábamos los almendros, comíamos hasta hartarnos y nos llenábamos los bolsillos con todas las almendras que cabían en ellos, antes de volver a casa como conquistadores victoriosos cargados con el botín de guerra.
Aun así, entrar en la casa a esas horas tan tardías nunca era fácil. Nos deslizábamos dentro en silencio y nos metíamos en la cama con la mayor precaución, fingiendo estar dormidos para no llamar la atención de nuestras familias.
A esas horas, mi abuelo solía estar presidiendo una animada tertulia nocturna en su casa de verano, mientras todos escuchaban sus interminables aventuras al cruzar la frontera minada que nos separaba de Turquía.
Estas animadas reuniones de mi abuelo proporcionaban el camuflaje perfecto para nuestras correrías y aventuras nocturnas; una travesura que era apenas menos audaz que sus propias hazañas. Pero si nos descubrían y llegaba a sus oídos la noticia, nuestro final nunca era feliz. Lo que nos esperaba era el castigo, empezando por la furibunda agresión de mi abuelo a nuestros padres, a los que acusaba de no habernos educado correctamente. El robo se consideraba el delito moral más grave en nuestro pueblo, un lugar orgulloso de sus rectos valores. Aun así, nos habíamos acostumbrado a soportar todas aquellas reprimendas y castigos a cambio de llevar a cabo los grandes planes que bullían en nuestras jóvenes mentes.
En una ocasión, la lucha entre nosotros y mi abuelo por las almendras se hizo especialmente encarnizada. Alguien había traicionado nuestro plan y le había informado de que una banda de ladrones aficionados estaba en sus árboles, saqueando sus almendras. Así que mi abuelo, que parecía no preocuparse por nada más en la vida, se volcó de repente a aquellos árboles. Todavía no sé por qué. Lo he pensado a menudo: ni él mismo se beneficiaba de ellos ni permitía que nadie lo hiciera. Lo único que hacía era cuidarlos, regarlos, arrancar las malas hierbas de su alrededor, vigilarlos y protegerlos de nosotros, los niños.
Cuando se enteró de nuestro último complot, mi abuelo cambió de táctica. Con la ayuda de tres traidores de nuestras propias filas, nos tendió una emboscada oculta para que nos pillaran con las manos en la masa.
Estos pequeños colaboradores conocían nuestro plan al detalle. Sabían adónde iríamos, cómo procederíamos y exactamente lo que pretendíamos hacer. Mi abuelo les había prometido jugosas recompensas si lograban capturarnos in fraganti, para que pudiéramos ser entregados a nuestras familias y recibir entonces la gran bofetada de castigo que nos esperaba.
Como de costumbre, el trío traidor estaba formado por Khairu, Jamo y Maho. Afortunadamente para nosotros, su plan fracasó esta vez, al contrario que en ocasiones anteriores, y eso se lo debíamos a Shirin, la hermana de buen corazón de Khairu, que estaba muy unida a mí. ¡Qué alegría nos dio que esa emboscada no llegara a nada!
La noche de la operación, solo unas horas antes, Shirin —una chica muy educada que estaba en nuestra clase de quinto curso— vino a avisarnos de que mi abuelo había descubierto nuestro plan y preparaba una contraemboscada. Teníamos que cambiar de rumbo de inmediato y abandonar toda idea de almendras esa noche. Y así lo hicimos, escapando ilesos de la trampa.
Pero cualquiera que hubiera probado las almendras del huerto de mi abuelo nunca podría renunciar a ellas de verdad. Así que una hermosa noche de verano, volvimos una vez más a robar almendras. Era tarde y, al subirme a uno de los árboles, encontré un gorrión durmiendo a mi lado. Dios mío, no se fue volando. Parecía casi drogado. Alargué la mano y lo cogí. Luego, al mirar con más atención a mi alrededor, vi muchos más de esos pajarillos intoxicados por todas partes. ¡Dios mío, había tantísimos!
De repente, se me ocurrió una idea: ¿por qué no atrapar a estos pájaros en lugar de perseguir las almendras que comíamos todos los días?
Le dije a Aliko que dejara las almendras a un lado y empezara a atrapar pájaros también. Luego le dije lo mismo a Amr, y juntos empezamos la caza. ¡Qué fácil era cazar pájaros por la noche! De día, poníamos cientos de trampas y recorríamos miles de metros solo para cazar un gorrión, o quizá dos. Sin embargo, esa noche, atrapar dos pájaros no nos llevó más que un par de minutos. Qué tontos habíamos sido. ¿Por qué no lo habíamos pensado antes?
Pero al cabo de un rato, nos encontramos con un problema: no habíamos traído cuchillos para sacrificarlos.
Ni siquiera teníamos un saco, una bolsa o cualquier otra cosa para transportarlos. Así que acordamos arrancar las cabezas de las aves de sus cuerpos y arrojarlas bajo el árbol. Pero Amr se opuso, insistiendo en que eso estaba prohibido. Amr siempre fue así, bondadoso y sinceramente devoto, puro de carácter como su madre.
Lo regañé y le aseguré que había oído con mis propios oídos y visto con mis propios ojos cómo el mulá Bashir había dictado una vez una sentencia cuando Abdo, el cazador, preguntó si, en el caso de los pájaros, estaba permitido separar la cabeza del cuerpo mientras se cazaba. El Mulá había dicho que sí. ¿Y no éramos nosotros también cazadores, haciendo lo que hacen los cazadores? Seguramente a nosotros también se nos permitía.
Así era como se daban las fatwas en nuestro pueblo y como se daban en nuestro pequeño mundo de niños.
Así que, en solo unos minutos, conseguimos cazar unos treinta gorriones, quizá incluso más. Les arrancamos la cabeza con las manos, sin piedad, y los arrojamos bajo el árbol. Fue una caza muy rápida y provechosa. Deberíamos hacerlo todas las noches, pensamos. Aunque era una experiencia nueva, era mucho mejor que robar almendras. Al final, dividimos el botín y cada uno de nosotros se llevó a casa su parte con una alegría indescriptible.
Pero cuando volví a casa, me encontré con algo que nunca hubiera imaginado. Mis cálculos habían sido erróneos, o tal vez ningún cálculo podría haber predicho lo que sucedió a continuación. Cada uno de nosotros recibió un severo castigo y una interminable reprimenda de nuestras familias por la terrible forma en que habíamos cortado las cabezas de aquellos inocentes pájaros.
Peor aún fue lo que hicieron después nuestras madres: echaron a los perros todos los pájaros que habíamos cazado y no nos permitieron comerlos, alegando que no habían sido sacrificados de la forma legal. Qué aventura tan desastrosa. Cómo me dolía ver a mi madre arrojar los cuerpos de mis gorriones a los perros. Era una buena carne que nunca probé, y no podía entender por qué nuestra religión lo prohibía. En ese momento, deseé ser un yazidí o un zoroastriano.
Sí, si hubiera sido yazidí, me habría comido hasta el último de ellos. Se decía que los yazidíes permitían ese tipo de carne y, en algunos casos, incluso comían y bebían del mismo recipiente que los perros y las bestias. Una vez, cuando visitamos su pueblo vecino de Khirbat Jamal para darles el pésame, mi madre les preguntó cómo podían beber del mismo lugar que los perros y los animales.
Una de las mujeres contestó simplemente: “Mi querida amiga, todos tenemos la lengua roja, y no hay diferencia entre nosotros y nuestros animales. Nuestras lenguas son rojas, como las de los perros, las ovejas y los burros. Entonces, ¿qué daño hay si bebemos del mismo sitio? Dios nos creó así”.
El rostro de mi madre se tensó al oír esas palabras, pero no respondió nada. En cuanto a mí, me encontré inclinado hacia la opinión de la mujer. En cualquier caso, era inútil seguir discutiendo esos asuntos, puesto que toda la carne de los pájaros ya estaba en las barrigas de los perros.
Que Dios se apiade de ti, abuelo. Ah… cuántos recuerdos extraños tengo contigo. Pero, ¿por qué todas estas preguntas ahora? ¿Qué me importa ya el pasado, y por qué han de volver estos dolorosos recuerdos?
¿Y por qué ahora todo este esfuerzo, este empecinamiento en convocar el pasado de tal manera?
Nada me importa hoy tanto como la noticia del regreso de mi padre de la ciudad. Lo espero con una impaciencia insoportable, como si estuviera sentado sobre el fuego. Estiro los oídos en busca de cualquier sonido del exterior, o mejor dicho, de cualquier sonido de Warda, nuestra perra, que nunca ha sabido callarse.
Nadie podía entrar en nuestro pueblo sin que ella predijera su llegada, incluso si la persona venía del propio pueblo. La llegada de cualquier persona era siempre anunciada por los ladridos de Warda. En ese sentido, era la campana de alarma de los aldeanos.
Mi padre llega tarde esta vez. Es jueves y mañana es viernes, día de fiesta. Aún no ha vuelto. ¿Qué será de mí ante los chicos del pueblo si no viene y me trae los pantalones y zapatos nuevos que me prometió? Me lo prometió. Sí, me prometió pantalones y zapatos. Lo juró. Mi padre no falta a un juramento; esa es, para mí, su mejor y tal vez única virtud. Aunque, a decir verdad, no juró cuando mencionó los zapatos.
Aun así, lo que más importa es que venga hoy. De lo contrario, mañana no será una fiesta para mí en absoluto. Desde hace dos días, todo el mundo habla de su ropa nueva y de los regalos que sus padres han traído para estas fiestas, excepto yo. Todos, incluido Khairu, presumen de pantalones nuevos, zapatos de cuero, mochilas, cuadernos y bolígrafos de colores. Sé que pretenden provocarme con todo ello.
Pero no oigo nada. Me entierro en el silencio y lo encierro todo dentro de mí, esperando que mi padre vuelva por la noche. Todo el dolor que siento ahora es por él. Ah, padre, ¿por qué no vienes? ¿Por qué dejas que un chico como Khairu me menosprecie y me insulte cuando aún no entiende ni sumas, ni restas, ni divisiones, aunque ya está en cuarto curso? Maldita sea esta edad que permite que alguien como Khairu se burle de mí.
Khairu, que es castigado todos los días por sus travesuras, sus manos sucias y su mal olor. Que así sea. Búrlate de mí ahora, Khairu, orgulloso dueño de la hermosa mochila. Pronto volveremos a la escuela, y entonces veremos tu astucia cuando el maestro te pida los deberes. Solo unos días más. Entonces vendrás a pedirme ayuda. ¿Cómo resolverás problemas de aritmética o escribirás composiciones sin mí? ¿Has olvidado que ni siquiera puedes juntar dos palabras árabes correctas?
Sí, me necesitarás, Khairu. Vendrás a mí con la cabeza baja, suplicando, y entonces sabré cómo tratar contigo.
Pero… pero primero mi padre debe venir hoy. Debe venir y traerme pantalones más finos que los de Khairu. Sin embargo, los pantalones por sí solos no son suficientes. Todos mis compañeros llevarán zapatos de cuero brillante. Dios mío. Mi padre nunca me prometió los zapatos. Todo lo que dijo fue que, si le sobraba dinero, los compraría. Esa era siempre su frase habitual, la que utilizaba con todos mis hermanos cada vez que quería posponer la compra de algo.
¿Qué será de mí mañana si no trae ni zapatos ni pantalones? ¿De verdad voy a llevar pantalones nuevos con esos ridículos zapatos de plástico que tengo? Al diablo. Tal vez sería mejor que no viniera. Al menos así tendría una excusa con la que defenderme ante los demás. Sí, eso sería mejor. Simplemente diría: Papá no pudo venir por asuntos urgentes; de lo contrario, sin duda me habría traído unos pantalones preciosos y unos zapatos de cuero negros.
Pero… ¿Qué culpa tengo yo de todo esto? Maldito sea todo. No sé cómo escapar de una vida así. Tal vez si mi padre fuera rico como el padre de Khairu, todo sería diferente ahora. Pero, ¿cómo va a ser rico si todo lo que sabe es presidir círculos de chismes y charlas interminables?
El trabajo que hace es de solo unos pocos días al año. Siembra unos pocos dunams de tierra y luego pasa el resto del año ocupado con su tabaco, su humo y los grandes molinos de charla, esas historias vacías que cuenta a los aldeanos en nuestra gran sala para que puedan pasar las largas noches de invierno.
Y sin embargo, recuerdo bien lo pobre que era el padre de Sheikho hace solo dos años. Entonces se fue a la ciudad, y después empezó a volver con dinero, ropa, zapatos y galletas.
Incluso Sheikho, su hijo menor, tenía tres juguetes finos y escribía con pluma de tinta desde segundo curso. En cuanto a mí, ya estoy en cuarto curso y todavía escribo mis deberes a lápiz porque a día de hoy no poseo un bolígrafo de tinta. Sólo tengo un lápiz, y cuando se gasta tengo que pedir prestados bolígrafos a mis compañeros de clase durante dos o tres días hasta que me llega otro. Ah, si al menos tuviera una pluma de tinta.
Pero parece que mi padre nunca hará lo que hizo el padre de Sheikho y se hará rico. Según él, no soporta el trabajo duro. Mi madre le pide una y otra vez que vaya a la ciudad y trabaje allí, para ganar más dinero y traer algo a casa. Pero él se niega, y la mayoría de las veces los dos se enzarzan en peleas que duran horas. A veces incluso llegan a las manos.
Malditos sean los golpes. Malditas sean las peleas. Si viviéramos en la ciudad… la ciudad.
A menudo hablan de la ciudad y de todas las muchas cosas que contiene. Dicen que allí hay mucha gente, muchos niños, mercados y tiendas de todo lo imaginable; incluso tiendas que solo venden zapatos… Ah, ah… ¿Dónde están mis zapatos?
Una vez le pregunté a mi madre por las tiendas de la ciudad.
Me dijo: “Hijo mío, las tiendas de la ciudad son algo así como la tienda de la tía Badria, pero son más grandes, más anchas y contienen más cosas”. La tía Badria era una mujer divorciada —o más exactamente, una mujer cuyo marido la había abandonado dos años antes tras una disputa entre ella y su segunda esposa, que era famosa en todo el pueblo por su extrema tacañería. Tanto es así que extendía hojas de té usadas bajo el sol para secarlas y luego volver a utilizarlas. Era el símbolo mismo de la tacañería en nuestro tranquilo pueblo.
Todavía estaba pensando en la ciudad cuando oí ladrar a nuestro perro, Warda, que nos avisaba de la llegada de gente nueva al pueblo. ¡Salí corriendo ansioso, y allí vi la motocicleta roja que usaba mi hermano Alaa, con mi padre detrás cargando bolsas que llevábamos horas y largos días esperando! ¡Qué alegría! Toda la casa cobró vida de repente con una energía asombrosa.
Cuando mi padre estaba a punto de entrar a la casa, le cogí las manos con fuerza y se las besé, preguntándole si me había traído los pantalones y los zapatos que esperaba. “¿Los has traído para mí, padre? Dímelo, te lo ruego”. La pregunta se repetía en mi lengua una y otra vez, mientras esperaba ansioso una respuesta. Pero mi padre no me prestó ninguna atención. Ni siquiera miró en mi dirección. No puedo describir la profunda angustia que sentí en aquel momento.
Una avalancha de pensamientos dispersos inundó mi mente. Intenté imaginar cómo Khairu y Sheikho me mirarían mañana a la cara con sus pantalones nuevos y sus brillantes zapatos de cuero, mientras que yo llevaría estos viejos pantalones remendados y estos zapatos de plástico desgastados. ¿Cómo podría mirarles a la cara en ese estado? ¡Ah, Sheikho… ah! ¿Quieres burlarte de mí cuando eres el único vago de nuestra clase? Muy bien entonces, Sheikho… ¡Mañana te enseñaré cómo se burla uno de los mejores alumnos de la clase con tu ropa nueva! Mañana te enseñaré… ¡Te destruiré, destrozaré tu ropa nueva y te escupiré a ti y a tus zapatos! Mañana lo verás todo… ¡Maldito seas, miserable!
Todo esto se arremolinaba dentro de mi pequeña mente, y olas de intensa emoción me abrumaban como las embravecidas olas de un mar tempestuoso. Y mi padre, mientras tanto, no prestaba ninguna atención a mi estado. Estaba ocupado respondiendo a las preguntas de los adultos que le interrogaban sobre todo lo relacionado con la ciudad, tanto lo grande como lo pequeño. Fueron momentos muy duros para mí.
Después, me apresuré a ver a mi madre, que había ido a otra habitación para mirar en las maletas y ver lo que mi padre había traído de la ciudad. Mi curiosidad me empujaba a tocar las bolsas antes de que ella las abriera, solo para adivinar lo que había dentro.
Mi madre abrió las bolsas… Había muchas cosas: un vestido para mi madre, otro para mi única hermana Zozan… una camisa para Nasri y una chaqueta para Saif… y luego… ¡Mis pantalones! ¡Oh Dios, qué bonitos eran! ¡Vete al infierno, celoso Sheikho! Eran realmente hermosos, pero ¿dónde están los zapatos, madre?
Mi madre no prestó atención a mi pregunta en absoluto. Cuando se la repetí obstinadamente, me contestó, claramente molesta por mi insistencia sobre los zapatos:
“¿Qué vas a hacer con los zapatos, hijo mío? Ya tienes zapatos, y estos pantalones nuevos son suficientes para el Eid. ¡No olvides que somos pobres, hijo mío!”
¡Maldita pobreza! ¡Qué tengo yo que ver con la pobreza si los pobres sois vosotros! ¡Sólo quiero zapatos! ¡Sólo zapatos, madre!
Pero nunca hubo respuesta. ¿Y de qué serviría una respuesta, cuando la ciudad está lejos y mañana es Eid?
Qué profunda era mi tristeza en ese momento, después de que mi alegría por los pantalones hubiera durado solo unos segundos. Ah, ¡qué efímeros son los momentos de alegría! ¡Y qué largos son los momentos de tristeza!
Las lágrimas caían silenciosa y cálidamente de mis ojos mientras me sentaba en un rincón de la casa, suspirando profundamente. Sin embargo, nadie en la casa preguntó por mí. Todos estaban ocupados consigo mismos: mi padre, mi madre, mis hermanos… A nadie le importaba. Era como si todos se hubieran acostumbrado a mi estado.
“Es solo un niño, y es natural que los niños lloren y se enfaden. Se calmará al cabo de un rato y volverá a la normalidad”, decían siempre de mí.
Ayer discutí con ellos por los cuadernos del colegio. Dos días antes, discutí con ellos por una mochila que todavía no me habían dado, a pesar de que mi padre me había dicho una vez que si pasaba a tercero con buenas notas, me compraría una mochila preciosa y de gran calidad.
Pero no cumplió su promesa, y ahora estoy en cuarto. Y ahora dice que cuando acabe cuarto me comprará la mochila. Y tal vez mañana me diga: “Cuando termines quinto…”
Ya no me fío de él. Todos los años me promete cosas —muchas cosas— si logro el primer puesto de mi clase, pero nunca cumple sus promesas. Sin embargo, nunca he roto ninguna promesa que haya hecho. Siempre está posponiendo sus promesas de año en año, y yo las persigo como se persigue un espejismo.
No es solo mi padre. Ya no confío en nadie de la casa. También he perdido las ganas de estudiar, aunque antes me gustaba mucho. Era mi única oportunidad de afianzar mis conocimientos y probarme ante todos.
Sí, hace unos días vino a casa el maestro de escuela. Todavía recuerdo cómo le hablaba a mi padre de mi excelencia en la escuela, elogiándome delante de los aldeanos. El maestro me pasaba suavemente la mano por la cabeza, recordando a mi padre e instándole a que me cuidara bien, diciendo: “Cuídalo bien, porque le auguro un futuro brillante…”
No entendía muy bien lo que decía el maestro, pero sus palabras me reconfortaban. Respiraba aliviado y mantenía la cabeza alta delante de todos los alumnos y conocidos. Puedo decir que la única razón que me hizo continuar mis estudios con tanta seriedad fue ese momento con mi profesor, un momento que nunca he olvidado y que nunca olvidaré por el resto de mi vida.
El amanecer no estaba lejos, ni tampoco el día del Eid. Cuando empezaba a salir el sol, todo el mundo tenía que prepararse para el Eid. Era el día que esperábamos durante todo un año, el día en que debíamos celebrarlo juntos y dejar de lado todas nuestras disputas y todo lo que nos preocupaba.
Todos esperaban el Eid con una alegría indescriptible. Eid era el único día de felicidad en nuestra dura vida de pueblo. Era el único día que tenía un significado real en la vida de la aldea y también en nuestras vidas como niños.
Pero yo no estaba bien y tampoco era feliz. Ese día no sentí ninguna alegría, ninguna felicidad digna de mención. Estaba triste, evitaba a todo el mundo, me escondía en los rincones para no encontrarme con los demás niños. Prefería sentarme entre los adultos, porque ellos no hablaban de ropa ni de zapatos nuevos ni de esas cosas. En cambio, siempre hablaban de agricultura, ovejas y otros asuntos triviales, y disfrutaban de sus conversaciones hasta la noche.
Por la noche, todos decían que el Eid había pasado rápido. Sin embargo, para mí fue el día más largo de mi vida. A veces, incluso deseaba que no hubiera Eid, porque habría sido mejor para mí.
Eid no es para gente como yo, que no puede llevar zapatos nuevos. Es para los que llevan ropa nueva y zapatos de cuero brillante, para los que tienen carteras, bonitos cuadernos y plumas estilográficas. El Eid es para gente como Khairu y Sheikho.
Y sin embargo, estaba seguro de que llegaría un día en el que sería más feliz que en cualquier Eid que hubiera conocido. Pero para entonces, habría dejado atrás la infancia…
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