La historia del funcionario
Es verano en el hemisferio sur (e invierno en el hemisferio norte), y durante el mes de febrero, Literatur.Review los reúne a ambos a través de la publicación de relatos aún no traducidos o inéditos del norte y del sur de nuestro mundo.
Leonardo Garzaro es autor, editor y periodista. Nacido en São Paulo en 1983, ha fundado varias editoriales independientes y publicado decenas de libros. Actualmente escribe para PublishNews y la sección de cultura de Valor Económico, uno de los periódicos más importantes de Brasil. Algunos de sus cuentos se han publicado en la premiada revista norteamericana Literal Latin Voice. La revista literaria Latin America Literature Today (LALT), nombró su cuento La historia del fanático uno de los diez mejores de 2023. Es consultor de literatura brasileña para las editoriales Monogramático, en Argentina; Textofilia Ediciones, en México; Corredor Sur, en Ecuador; y la agencia turca Introtema. Su última novela, El guardián de los nombres, se publicó en cuatro países y fue nominada al Premio Jabuti de Literatura.
Se decía que en aquellos parajes vivía un hombre que guardaba los nombres, y encontrar el pueblo, la calle y la casa le resultó más fácil de lo que esperaba. Era como si pedir indicaciones fuera una mera formalidad; los carreteros, los tenderos y los dueños de los establecimientos ya sabían adónde se dirigía, como si lo reconocieran en su expresión, o simplemente porque era allí adonde iban todos. Todos le respondieron levantando el brazo para señalar con el mismo gesto genérico pero eficiente. Solo tenía que dirigirse en esa dirección y volver a preguntar más adelante, sin prestar atención a los nombres que los políticos habían dado a las calles, desviaciones y puentes del camino. Era un viaje largo, y el potro recién adquirido era un cómodo medio de transporte. A pesar de avanzar por lugares nuevos de los que solo había oído hablar, los desconocidos le proporcionaban indicaciones con tal naturalidad, que tenía la agradable sensación de encontrarse en las afueras de su ciudad natal.
Era una casa modesta situada en una animada calle inundada de vendedores vociferantes y peatones arremolinados. Los adoquines eran antiguos y firmes; se fijó en ellos al bajar la vista, y entonces divisó sus zapatos sucios y se avergonzó de su aspecto. Tenía un elegante potro atado al otro lado de la calle, y los bajos de sus pantalones y sus zapatos estaban embarrados... Golpeó con sus delgadas manos la tela para ver si así se arreglaba, deseando abandonar su posición frente a la puerta y dirigirse a la tienda de ropa más cercana para conseguir algo más apropiado. Al final se dio por vencido y alzó la vista lo justo para tirar del picaporte, pasando de la luz de la calle a la penumbra interior, encorvándose ligeramente como para encogerse. Le habían dicho que nadie abriría la puerta ni le mostraría el interior, que era importante comportarse como si acabara de llegar a casa de un pariente cercano.
– Disculpe...
Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, distinguió una larga mesa de madera. Sentado detrás de ella había un hombre que escudriñaba las paginas abiertas de un enorme libro. Había un estante con tres o cuatro pesados volúmenes, y junto a ellos había otros diferentes, cuadernos donados por distintas generosidades. Se acercó, reparando de nuevo en la madera del suelo y el estado desastroso de sus zapatos, y se sentó en el borde de la silla, sin apenas apoyarse en ella, dispuesto a huir a la menor señal de desagrado del guardián de los nombres, que parecía joven y llevaba un traje de buen corte. Observó que el enorme libro contenía una secuencia interminable de nombres, uno encima de otro, y se preguntó si, al final de aquel encuentro, el suyo acabaría allí registrado.
– Yo... necesito un nombre nuevo... me llamo Ernesto. La gente me llama Ernestinho...
El guardián de los nombres por fin alzó la mirada, y lo encaró lentamente. Fijando su atención en una pequeña mancha de tinta depositada por descuido en el tablero de la mesa, comenzó su historia con voz tenue, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Estaba a cargo de una fábrica de cuero; no de la parte técnica, aunque también sabía algo de eso, sino de la gestión de la mano de obra. Sus responsabilidades incluían supervisar cuándo entraban y salían los empleados, sus descansos para comer, pagar sus salarios y aprobar o rechazar los anticipos que constantemente le solicitaban. Tenía que ser firme, imponer autoridad y disciplina a los curtidores, hombres rudos que trabajaban empapados y que veían a cualquiera que fuera diferente a ellos como el enemigo, especialmente a un hombre como él. Aparte de su vida laboral, sus padres, que vivían en el mismo terreno, su matrimonio con una joven conocida de la familia, sin educación y sin hijos, el único problema era el perro de la vecina que ladraba sin cesar y solo de madrugada, perturbando su sueño nocturno. A nadie excepto a él le molestaba el perro: lo adoraban y no se daban cuenta de las tribulaciones intempestivas del animal. Su mujer llegó a sugerir a Ernestinho que tal vez lo estuviera soñando. Al final dejó de molestarle, a pesar de su sueño irregular: tenía un buen trabajo y una buena casa y, al fin y al cabo, era imposible que la vida fuera perfecta. Todo hombre necesita algo de lo que quejarse; lo suyo era aguantar al perro de la vecina.
SRL PublishingLeonardo Garzaro |The Guardian of Names | SRL Publishing | 350 páginas | 23,10 EUR
Editora Rua do SabaoLeonardo Garzaro | O guardiao de nomes | Editora Rua do Sabao | 432 páginas | 40,45 BRL
Su relación laboral con los curtidores se aliviaba con la presencia de Jasão, responsable de la maquinaria, que conocía a fondo. Como primer empleado de la fábrica, pues llevaba allí desde el momento en que se curtió la primera piel, contaba con el respeto de todos los curtidores, incluso de los más jóvenes y hoscos. Una simple mirada bastaba para mantenerlos a raya. Ya tenía cierta edad, pero era capaz de derribar a dos hombres sin apenas sudar. Bueno, tal vez un poco. Jasão trataba a Ernestinho con el mayor respeto, refiriéndose a él como Dr. Ernesto. Se aseguraba de que lo reprendieran cuando llegaba tarde —les gustaba un poco de fútbol y un trago de aguardiente en la pausa del almuerzo, y a veces se demoraban unos minutos— y el resto seguía su ejemplo. Gracias a esos dos pilares, Jasão y Ernestinho, la fábrica se mantenía disciplinada y rentable, y entregaba un producto de calidad.
Estaba, sin embargo, el mercado. Ernestinho tuvo el primer indicio de que el año sería diferente cuando el jefe cuestionó la cantidad total de horas extraordinarias pagadas, le pidió una explicación detallada de cada minuto de trabajo que iba más allá de lo que figuraba en el contrato y acusó a los trabajadores de ralentizar deliberadamente la producción. Siguieron todo tipo de recortes: a Ernestinho le tocaba asegurarse de que bebieran menos agua durante sus turnos y de que se conformaran con un parco almuerzo en la cantina. Les explicaba cómo, año tras año, la política de tipos de cambio había dejado obsoleta la fábrica de un año para otro, aunque en realidad nada había cambiado. En las tiendas locales habían empezado a aparecer guantes y botas baratos, de pésima calidad, y aun así, aquello era lo que preferían los clientes.
Un día, el jefe le informó de que tenía que despedir a una décima parte de los trabajadores, empezando por Jasão; fue como si le hubieran dado un cuchillo con la orden expresa de matar a su propio hijo nonato. ¿Por qué no lo despedía él mismo? Porque ese era el trabajo de Ernestinho. Si no estaba a la altura, podía considerarse despedido, con el honor de recibir la noticia directamente del jefe. Aquel día salió del trabajo con un peso que ponía a prueba los límites de sus fuerzas. Al notar su expresión preocupada, su rostro pálido y lo poco que hablaba, compañeros y familiares empezaron a preguntarle qué le pasaba y si le podían ayudar en algo. Ernestinho se limitaba a evitar la pregunta y a rehuirla, agachando la cabeza. Despedir a Jasão... Podía despedir a toda la fábrica, pero no a ese hombre. Si Jasão ganaba más que los demás, era porque su trabajo era más valioso. Pero dependía de él hacerlo o dejárselo a otro y perder su trabajo. Las noches de insomnio se vieron aún más perturbadas por el perro de la vecina, que parecía poseído por alguna fuerza maligna. ¿Cómo iba a despedir a Jasão?
Su jefe le recordaba todos los días que no podía eludir esa responsabilidad. Pasó seis noches sin dormir, seis días apenas presente en su propio cuerpo. Al séptimo día de la orden, pálido y despeinado, vio que el jefe le ignoraba. Mantenía una animada conversación con un joven prometedor, recién licenciado en administración por la escuela técnica: Ernestinho mandó preparar los papeles inmediatamente. Recibió a puerta cerrada a Jasão, que estaba despreocupado, pensando que la causa de la mirada aterrorizada de Ernestinho no era nada que él no pudiera arreglar. En voz baja, incapaz de mirar a Jasão a los ojos, le explicó lo de la devaluación de la moneda (algo que él mismo no entendía), mencionó la gratitud que siempre tendrían por los años de servicio que había prestado a la fábrica y le garantizó que se le abonarían debidamente todos sus derechos. Luego le anunció que estaba despedido.
El rostro de Jasão se congeló. Su sonrisa y su confianza empezaron a desmoronarse.
Primero, Jasão exigió ver las cuentas, alegando que era imposible que la fábrica estuviera en números rojos y no pudiera pagar su salario; él sabía cómo funcionaba. Luego amenazó con abrir una curtiduría más barata para competir con la fábrica. Por último, mencionó a su nieta, que siempre había soñado con ser médico, argumentando que sin trabajo no podría pagarle los estudios... Se echó a llorar. Las manos enormes sobre el rostro, la espalda convulsionando, el dolor pulsando el cuerpo con una fuerza capaz de derribar muros. Una presa reventada arrastraba al gigante. Frente a aquel hombre deshecho en el otro extremo de la mesa, Ernestinho, con los papeles sellados y un bolígrafo en la mano derecha, esperó a que Jasão se calmara y los firmara.
Cuando por fin hubo respirado un poco y recuperado la compostura, Ernestinho le entregó el bolígrafo, señaló dónde debía firmar y deslizó el formulario. Le devolvió una copia de los documentos y se plantó frente a él: estaba hecho.
Jasão salió arrastrándose de la habitación, doblado como si estuviera sin aliento. Tras él vendrían otros seis empleados que sabían lo que se les venía encima, incapaces de enfrentarse a la mirada firme de Ernestinho. Sus reacciones variaron desde las amenazas hasta lágrimas, las acusaciones infundadas sobre la trayectoria del negocio y la moral de Ernestinho, pero ninguna pudo compararse con la reacción de Jasão. Ya no le intimidaban; habiendo llevado a cabo la peor de las misiones, se sentía mejor que nunca, pleno, fuerte como si estuviera de pie sobre los hombros de Jasão y, desde aquella inmensa altura, tuviera el control de aquellos hombres. Informó al jefe de la noticia y le entregó los documentos firmados con la cabeza bien alta. Aceptó los cumplidos por haber ejecutado la sentencia, convino en que a la fábrica le esperaba un futuro glorioso e hizo saber que aquel día se marcharía temprano. Se limitó a anunciarlo y se marchó.
Esa noche, poseyó a su esposa como en las historias que contaban los hombres, sacando de aquella modesta mujer una voluntad y un exceso que decían que solo existía en las ciudades portuarias. Cuando el perro de la vecina volvió a interrumpir su sueño, se levantó de la cama, cruzó el patio trasero, se subió al muro y lanzó una zapatilla al animal, dando en el blanco. A la mañana siguiente, anunció a sus padres que se mudaba; estaba cansado de vivir en casa ajena. Además, declaró que ya no se llamaría Ernesto, y mucho menos el diminutivo Ernestinho. Siempre había odiado ese nombre, no le pegaba nada. Gastó los ahorros de la familia en un potro joven, pues siempre había soñado con tener un caballo que montar. Se concedió a sí mismo, como jefe de personal, unos lujosos treinta y cinco días de permiso retribuido, para dedicarlos a encontrar al guardián de los nombres. Le planteó su petición: necesitaba un nombre nuevo, el antiguo ya no le representaba. Traía consigo las críticas de su familia, los elogios del jefe y el poder de un semental entre las piernas: todo aquello no significaba nada sin un nombre nuevo.
El guardián de los nombres se le acercó lentamente, sin decir nada, llevándole a preguntarse si, en cualquier momento, pronunciaría su sentencia. Decían que rebautizaba a personas por intereses políticos, que iba a anunciar su candidatura al congreso en una lista imbatible. El camino hasta su casa estaba plagado de comercios que hacían referencia a su nombre: vendían miel, pan y cachaza que antes habían sido «del Rey» o «del Cura», pero ahora eran «del Guardián de los Nombres». Por una fracción de segundo se preguntó a qué clase de hombre se enfrentaba, qué le había concedido el derecho de custodiar los nombres, y por qué él y nadie más —¿no sería lo correcto que lo hiciera un extranjero? Cuando el guardián de los nombres terminó de inspeccionarlo y soltó la pluma, tragó en seco, temeroso de recibir un nombre tan horrible que lo hiciera anhelar volver a llamarse Ernestinho.
– Jasão. Este será el nombre.
Tras la elegante caligrafía del primer carácter se formó el resto del nombre. Sabía que no se esperaba nada más de él, excepto que se marchara. Volvió a salir a la calle, pasando las sílabas por la lengua y, una vez montado en el caballo, notó que sonreía: Jasão. ¡Ese sería su nombre! Espoleó al caballo y lo llevó al galope, solo para sentir los músculos del torso del animal palpitando entre sus piernas. Estaba ansioso por volver cuanto antes, para demostrar a los curtidores y a su familia que allí estaba Jasão, con la cabeza siempre alta, dispuesto a garantizar por sí mismo el éxito de la fábrica. El otro se había doblegado bajo el peso de su propio nombre. Podía haberlos engañado, pero este Jasão nunca lo haría. Ahora, las vastas llanuras, el sol batiente, los depredadores al acecho e incluso su propio jefe con sus teorías mercantilistas serían los que se doblegarían bajo el peso del invencible Jasão.
Cuando llegase, mandaría matar al caballo y utilizaría el cuero para hacerse un par de botas bien cómodas. El animal, por supuesto, lo agradecería: ahora tenía el honor de llevar a Jasão sobre su lomo.
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Este relato forma parte de la colección The Guardian of Names. Adaptación española basada en la traducción inglesa del portugués brasileño de Emyr Humphreys.
El original en portugués brasileño puede descargarse aquí: