En el Punto Cero

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Un relato corto de Sudán del Sur
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Stella Gaitano

En el Norte Global es verano, en el Sur Global es invierno. Motivo más que suficiente para que Literatur.Review reúna en agosto el verano y el invierno y publique relatos hasta ahora sin traducir o inéditos procedentes del norte y del sur de nuestro mundo.

Stella Gaitano, nacida en 1979 en Jartum en el seno de una familia de sursudanesa, es una escritora y activista por los derechos humanos de Sudán del Sur. Estudió inglés y árabe en la Universidad de Jartum, se formó como farmacéutica y comenzó muy pronto a publicar relatos cortos en árabe para llegar a un público más amplio.
En sus obras aborda temas como la guerra, el desplazamiento forzoso, la discriminación, la dictadura, así como cuestiones de identidad y pertenencia. Tras la independencia de Sudán del Sur, vivió en Juba y escribió sobre la vida en el joven Estado. Entre sus publicaciones más importantes se encuentran dos colecciones de relatos cortos y la novela La sonrisa dorada de Eddo, que fue la primera novela de Sudán del Sur en recibir el premio PEN Translates Award y se publicó en inglés en 2023.
Debido a sus críticas al Gobierno de Sudán del Sur, Gaitano se vio obligada a exiliarse en 2015. Desde 2022 vive en Alemania en el marco del programa «Writers-in-Exile» del Centro PEN alemán y sigue comprometida con los derechos humanos, la democracia y la educación.

Me siento solo. Aunque no estoy solo en realidad, pues a mi alrededor unas gallinas mugrientas escarban en la tierra en busca de gusanos y granos. Cuando necesito distraerme, cojo un periódico viejo de la pila de papeles para leer noticias caducadas desde hace ya mucho tiempo. Al hacerlo, me encuentro con las fotos que conservo de mis hijos a diferentes edades, fotos familiares tomadas en celebraciones e instantáneas con compañeros de trabajo. Toda una vida, inmortalizada en papel satinado, desfila ante mis ojos mientras paso las páginas.

El tiempo frío y lluvioso me pesa, y en mi imaginación regreso a nuestra antigua casa, que tuve que vender por una miseria. En mi mente, cierro ventanas y puertas y acomodo en la calidez de mi casa. ¡Ay, cómo echo de menos esas ventanas y esas puertas! Cuando uno ha vivido durante años a la intemperie, en un campamento, a menudo añora más estas cosas tan sencillas que la tierra que ha dejado atrás. A esto se suma la preocupación por un montón de pertenencias que, además, podrían robarnos en cualquier momento. ¿Por qué nos aferramos a estas cosas viejas cuando nos vemos obligados a marcharnos? ¿Será por la nostalgia de los viejos tiempos, por ese apego sentimental a unos objetos de los que durante tanto tiempo carecimos y que, durante unos días después de comprarlos, nos hicieron felices? Los muebles forman parte de la familia. No se abandonan sin más, hay que vigilarlos, protegerlos y cuidarlos.

Pero a veces me invaden la ira y la tristeza. ¿Es solo por estos muebles que he aguantado aquí tres años y no he podido volver a mi patria, Sudán del Sur? ¿Por este batiburrillo medio mohoso y oxidado por la lluvia, y reseco por el sol abrasador del verano? ¿Es por eso por lo que dejé marchar a Teresa y a los niños? Seguro que hace tiempo que han comenzado una nueva vida en el sur, han vuelto a instalarse y Teresa se siente feliz allí. Más de una vez he estado tentado de dejarlo todo y seguirles los pasos. Pero quizá Teresa se habría enfadado conmigo, porque para las mujeres los muebles lo son todo. Así que habrá que esperar. Tengo que armarme de paciencia, hacen los demás. Hay mujeres que ya han perdido a sus maridos o a sus hijos aquí, porque nadie está a salvo. En la espesura que nos rodea abundan las bandas armadas y los combatientes, siempre al acecho para secuestrar a jóvenes y reclutarlos a la fuerza para guerras que nadie sabe realmente en beneficio de quién se libran. Admiro la tenacidad de estas mujeres.

Unos desempleados se han erigido en guardianes de los bienes de personas que se marcharon un día dejándolo todo atrás. ¡Qué ingeniosa ocurrencia! Los propietarios les envían de vez en cuando pequeñas sumas de dinero desde el extranjero. Pero cuando tardan en llegar, estos supuestos guardianes venden algunas de las pertenencias para comprar comida, emborracharse o complacer a alguna mujer. Aunque somos muchos aquí y los enseres domésticos se amontonan en sacos hasta donde alcanza la vista, todavía no me he resignado a la situación. Aún conservo la esperanza, aunque la esperanza es un enemigo, porque si se tiene en exceso, la decepción es aún más grande y se pesa como una roca sobre el corazón. Si pudiera rendirme como los demás, y resignarme a mi situación, todo sería más fácil. Pero nada más lejos de la realidad. Padezco una enfermedad crónica: la esperanza de que algún día todos podamos empaquetar nuestros trastos y viajar al sur para reunirnos con nuestras familias. Al mismo tiempo, estoy cansado de esperar.

Llevo años atrapado entre Sudán del Norte y Sudán del Sur. Es cierto que nos hemos acercado al sur, pero no conseguimos llegar hasta allí. Nuestro viaje terminó donde terminaba la carretera asfaltada, como si una orden secreta hubiera puesto fin al camino. A partir de ahí solo hay caminos que atraviesan la hierba y la sabana arbolada. Aquí está el Point Zero, un nombre caprichoso y ambiguo que puede referirse tanto a un comienzo como a un final. La carretera que viene del norte se interrumpe y comienzan las pistas polvorientas del sur. «Point Zero», un nombre tan ingenioso como traicionero. El cero representa la nada, un agujero negro que se traga mis esperanzas y mis sueños. Mi mente se rebela; el abrupto final de la carretera me parece una criatura aterradora a la que, aquí en la frontera, hubieran amputado la cola.

Aquí es donde nos detuvimos, lejos de cualquier lugar habitado, para evitar cualquier disputa; al fin y al cabo, nosotros, los sudaneses del Sur, somos conocidos por saltarnos al cuello por cualquier tontería y no tener piedad de la vida ajena. En el norte vivíamos exactamente de la misma manera; allí también habían instalado los campamentos de desplazados lejos de los núcleos de población. Ahora vivimos en un campamento de repatriados, pero al menos en paz. Es mejor no enfrentar el orgullo de quienes viven aquí con la frustración de los repatriados, que han tenido que dejarlo todo atrás en el norte y que, sin embargo, aún no han llegado a la otra orilla, en el sur.

Hemos tenido que montar tiendas de campaña y acostumbrarnos a unos vecinos que cambian constantemente. En la adversidad nos mantenemos unidos, porque aquí no tenemos a nadie más. Solo hay un miembro de cada familia para vigilar las pertenencias a la espera y, algún día, cruzar la frontera. De momento sigue cerrada en virtud de un acuerdo entre los gobiernos y la Organización Internacional para las Migraciones. Tengo dos vecinas, una a mi lado y otra detrás de mí; entre los demás vecinos hay un alcohólico y un chico que cuidad de las pertenencias de tres familias, a cambio de una cantidad mensual. Sin embargo, no hace nada: somos nosotros, los adultos, quienes nos ocupamos de las cosas que él supuestamente debe vigilar. En cuanto recibe su dinero, se larga. Se cuelga alguien en algún vehículo y se va a la ciudad más cercana, que está a medio día de camino. Allí se da la gran vida y vuelve con los bolsillos vacíos. Solo de vez en cuando nos trae un saco de harina a modo de agradecimiento.

Mis dos amables vecinas han proyectado por error su instinto maternal sobre mí. En muy poco tiempo nos hemos convertido en una familia: ellas, el juerguista, yo y mis mugrientas gallinas. Por fin puedo volver a hablar con personas en lugar de tratar únicamente con mis gallinas. Juntos, desafiamos las tormentas y la lluvia, el miedo y el estómago vacío, y soportamos con valentía la nostalgia por nuestros hijos. Nos secamos las lágrimas unos a otros cuando la cobertura vuelve a ser tan mala que los móviles no funcionan y no sirve de nada subirse a colinas o tejados para entender siquiera una frase. En nuestra última llamada, Teresa y yo solo pudimos gritarnos «Hola, hola», y entonces se oyó un pitido y se cortó la llamada. Lo intentamos una y otra vez en vano, hasta que me enfadé tanto que estrellé el móvil contra la primera piedra que encontré y lloré en silencio. En las noches sin luna, mis vecinas y yo nos quedamos despiertos charlando para evitar que otras personas nos roben las ollas y los muebles y los cambien por un vaso de arak. Así es como también mantenemos la esperanza de recibir mejores noticias, sobre todo que los pregoneros anuncien pronto que es posible partir hacia Bur, Waw o Juba.

Por precaución, me preparo y me pongo unos pantalones recios. Incluso abrochados, se me deslizan hasta los pies. ¡Dios mío!, ¿cuánto peso habré perdido ya? Tengo que dar dos vueltas al cinturón alrededor de la cintura para que se mantengan en su sitio. Luego ordeno mis cosas, aunque ya las hayan empaquetado Teresa y nuestras amables vecinas de Jartum. Reúno a mis gallinas y las meto una a una en la jaula. Las gallinas son mi familia. Ya son la segunda o tercera generación, todas con manchas blancas y negras. A veces las he cruzado con gallinas de color ocre y marrón dorado, ya que antes solo las habían montado los gallos desplumados del campamento, pero todas son mías. Aquí todo el mundo lo sabe, porque solo yo llegué con una jaula llena de gallinas y pollitos. No solo son mis gallinas, sino también mi comida y mi familia; me escuchan sin decir nada. Cocino sus huevos y, de vez en cuando, me como una, pero cuanto más las conozco, menos me atrevo a sacrificarlas. Sin embargo, como es bien sabido, el hambre no entiende de amistades. Las gallinas llenan el vacío que dejó mi familia al marcharse. No solo los instintos maternales, sino también los paternos pueden equivocarse, por lo que estas gallinas son ahora mis hijos, los que marcan el ritmo de mis días. Al atardecer, siempre las meto en su gallinero. Si falta alguna, peino todo el campamento en su búsqueda, me enzarzo en discusiones y estoy dispuesto a enfrentarme a cualquiera que se atreva a tocar a mis gallinas. Ya ha ocurrido que alguien le ha retorcido el cuello a alguna, la ha asado sobre un fuego de cañas secas y ha saciado su hambre con ella. ¡Pero mis gallinas lo son todo para mí desde que Teresa y los niños se marcharon! Incluso les he puesto nombre.

Por fin llega la buena noticia: ¡puedo reunirme con mi familia! El corazón me da un vuelco de alegría tan grande que hasta me duele. ¿Cómo me recibirá Teresa? ¿Cuánto habrán crecido mis hijos e hijas? ¡Ay, cuánto echo de menos a Rahil! Me enjugo una lágrima de la mejilla demacrada y sonrío al mismo tiempo.

Llego a Juba al mismo tiempo que las aves migratorias que regresan a sus nidos. Por todas partes se oyen un trinos y gorjeos estridentes, mientras las mujeres lanzan gritos de alegría para dar la bienvenida a los que regresan. Siento cansancio en todas las articulaciones y me aferro a la jaula de las gallinas, como si solo ellas pudieran servirme de apoyo. Me quedo junto al camión en el que se amontonan nuestras pertenencias como espinas de pescado tras un festín. En realidad, todo eso ya no es más que chatarra, pero tenía que traerlo; de lo contrario, le habría roto el corazón a Teresa. Siento como si estuviera trayendo los restos de un ser querido para enterrarlos en su tierra natal.

De repente, me asalta un pensamiento inquietante: ¿me reconocerá siquiera mi familia? Me giro al notar una mano suave sobre el hombro. Allí está Teresa, con Rahil en brazos, llorando. Al instante me envuelven tantos cuerpos que me falta el aire y me invade una sensación de vértigo. Vuelvo a coger la jaula de gallinas para escapar de los abrazos, aunque el calor de Teresa y de mis hijos reconforta. Ahora son tan altos como yo, solo Rahil me mira con extrañeza.

La ciudad, la gente, mis hijos, todo ha cambiado. Incluso Teresa parece más fuerte y decidida que antes. Los niños han crecido y me llaman «papá», solo Rahil me llama «tío», la forma respetuosa de dirigirse a hombre desconocido. Con ello me muestra, de forma dolorosa, los límites de nuestra relación. No hay sensación más extraña que la de no ser reconocido por tu propio hijo.

Mientras tanto, mis otros hijos van a la escuela, y Teresa también. Trabaja como profesora en un edificio en ruinas sin paredes e imparte clase a niños con la nariz llena de mocos. Yo vuelvo a quedarme solo con mis gallinas y me pongo a ordenar en el piso las escasas pertenencias que hemos traído. Recuerdo los días en el campamento y añoro el afecto maternal de mis vecinas, los altos campos de maíz y sésamo y las jóvenes dinka, igual de esbeltas, de Renk, donde uno podía conseguir trabajo en los campos por cuatro cuartos. Lo llamábamos «la Arabia Saudí de la hoz». En época de cosecha, todo el mundo estaba de buen humor, nos daban algo de dinero, ¡y la vida nos parecía tener sentido! Nunca habría pensado que volver a mi país pudiera entristecerme tanto. Ahora ya no sé qué quiero. El ser humano es extraño…

Mientras me sumerjo en mis pensamientos, Rahil me da un golpecito. La miro con la misma reserva con la que ella me mira a mí, aunque no estoy seguro de si le estoy siendo injusto con ella. «Tío», dice de nuevo. Me muerdo los labios y la miro con aire interrogativo.

«¿Me coges esa papaya de ahí?», me pide.

Miro en la dirección que señala su dedo, extendido hacia el cielo, y me sorprendo. Es como si viera por primera vez aquel árbol alto y esbelto. Se dobla bajo el peso de los frutos maduros, que brillan con un tono amarillento. Los rayos del sol atraviesan las ramas y se me clavan en los ojos como agujas. Dejo a un lado las gallinas y los muebles rotos y miro a mi alrededor. Nada menos que seis árboles de papaya frondosos y cargados de frutos rodean la casa, además de dos mangos con grandes frutos verdes que también están madurando, y un frondoso guayabo que deja caer sus frutos cuando el viento lo roza. Los árboles de niem extienden sus raíces en todas direcciones sobre la tierra sombreada. ¿Cuándo ha crecido todo esto?

He debido de expresar mi asombro en voz alta, porque Rahil parece haberme oído. Me tiende una vara de bambú con un gancho de alambre para recoger la fruta y responde: «¡Siempre han estado ahí!»

Temblando, cojo la vara, arranco primero un fruto, lo cojo con la mano, luego otro y otro más… Voy a por un cuenco y corto las papayas en rodajas, mientras Rahil las devora con apetito. Así que nos sentamos a la sombra a comer la fruta dulce. Rahil no aparta la mirada del trozo que sostiene en la mano, y el jugo le resbala por los dedos, hundidos en la pulpa.

«¿Te gusta?», le pregunto sonriendo.

«¡Está riquísimo, tío papá!», responde con la boca embadurnada. Deja de masticar un instante y el jugo de la fruta le corre por la barbilla. Sin duda se ha dado cuenta de que la palabra «tío» todavía me duele. Entonces no puedo evitar reírme al ver lo ingeniosa que ha sido al añadirle un «papá», y ella también se ríe antes de seguir comiendo. De pronto me invade una profunda sensación de bienestar: por fin mi alma ha llegado también desde Point Zero.

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