Detrás de las gafas

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Detrás de las gafas

Dos relatos breves de Arabia Saudí
Foto Yousef Al-Mohaimeed
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Yousef Al-Mohaimeed

Es verano en el hemisferio sur e invierno en el norte, y en febrero Literatur.Review los reúne y publica relatos del norte y del sur de nuestro globo que aún no han sido traducidos ni publicados.

Yousef Al-Mohaimeed es un novelista y periodista saudí nacido en Riad en 1964. Es autor de varias novelas y una colección de relatos cortos en árabe. Algunas de sus obras han sido traducidas a varios idiomas, entre ellos inglés, ruso, alemán, italiano y español.

Solo la memoria persiste

Cuando la puerta automática de cristal se abrió y salió a la plaza del mercado, portando una bolsa en la mano que contenía unas gafas de sol, esbozó una leve sonrisa. Una suave brisa de verano le acarició el rostro. De repente se vio a sí mismo como una estrella de Hollywood, con gafas oscuras y un llamativo peinado. Sonreía al pensar que serían las primeras gafas de sol que iba a llevar en su vida. ¡Y menudo par de gafas, con una montura azul cielo!

Pidió un helado de chocolate y se detuvo junto a la fuente, contemplando cómo el agua se rompía en reflejos brillantes. Le habría gustado sostener un cigarro entre los dedos, alzar la cara hacia el sol tras unas gafas oscuras, la cabeza ligeramente ladeada, como Brad Pitt. Un pájaro se posó en una farola cercana; lo observó un instante antes de que se alejara volando. Encontró un largo banco de madera bajo la sombra de un árbol, se sentó y devoró el helado. Cuando terminó, sacó las gafas de la bolsa, abrió el estuche y se las puso. ¡Qué hermoso era el mundo de repente! Imaginó que la siguiente escena estaba a punto de empezar, que el director estaba a punto de gritar su nombre. Dejó escapar una risilla.

Una anciana que había sentada a su lado se giró frunciendo el ceño y lo miró, sorprendida.

La anciana susurró que su hija, que estaba en Miami, llevaba esta marca de gafas... Bueno, en realidad dijo Prada.

Él se quedó momentáneamente desconcertado, luego se animó y dijo que era una buena marca, con diseños originales y bonitos.

—¿Son de su novia? —preguntó ella.

Él tartamudeó antes de responder.

—No. Luego añadió, con voz incómoda—: Son mías.

Se hizo un breve silencio antes de que la anciana añadiera: 

—Pero son gafas de mujer. ¿Es usted...?

Su teléfono sonó de repente. La pantalla se iluminó con la imagen sonriente de su nieta.

Se excusó y salió a toda prisa, hablando mientras caminaba. La anciana le gritó, blandiendo la caja y la bolsa de Nordstrom. Él volvió sobre sus pasos, sonriendo, las cogió agradecido, se quitó las gafas y las metió de nuevo en la bolsa. Se preguntó por qué la dependienta no le había dicho que eran gafas de mujer, habiéndolo visto probárselas durante un buen rato ante el espejo.

Pensó en volver a la tienda y cambiarlas.

Caminó hacia la tienda, pero no la encontró.

Se detuvo, desconcertado, y miró a su alrededor. Las tiendas vecinas estaban allí: el Apple Store, Anthropologie, el restaurante japonés Blue Ribbon, el cine... Todo estaba en su lugar, como siempre, excepto la tienda. Preguntó al camarero en la entrada de la cafetería:
—¿No había aquí una tienda de Nordstrom?
—No.
—Claro que sí —respondió, molesto—. Estoy seguro.

Sostuvo la bolsa:
—Mira, acabo de comprarlas aquí.

Un hombre de unos sesenta años se acercó:
—Soy el dueño del café. La tienda de la que habla cerró hace años.

—Eso no es cierto —gritó—. ¿Se está burlando de mí?

El dueño se inclinó hacia él y le susurró:
—Si no se marcha inmediatamente, llamaré a la policía.

Se retiró como un ratón asustado y regresó a la fuente. Se sentó en el borde, justo donde había estado sentado poco antes. La anciana ya no estaba. En su lugar, sonreía una joven.

—Solo la memoria persiste —murmuró.

—¿Decías algo? —preguntó la joven.
—No.

+++

Las gafas que no ven nada

Nunca imaginé, ni siquiera remotamente, que un día usaría las gafas redondas graduadas de mi padre tantos años después de su muerte. Habíamos heredado de él, después de nuestra disputa a tres bandas por su herencia: su alfombra de oración, sus gafas redondas como las de Sartre y una caja de discos de vinilo por la que tuve una discusión con mi hermano mayor que nos llevó a enemistarnos y a distanciarnos durante varios años.

(1) Hijab ibn Nahit / Khalaf ibn Hethal / Alfiyya : Poetas y obras emblemáticas de la poesía árabe oral y clásica.

Mi única hermana solía decir que seguía oliendo a nuestro padre cada vez que se postraba en la alfombra para rezar, y se echaba a llorar. Mi hermano escuchaba en su tocadiscos las canciones de Hijab ibn Nahit, Khalaf ibn Hethal y la Alfiyya de Ibn Ammar (1). Pero años más tarde, cuando los magnetófonos se hicieron de uso común, vendió la caja de vinilos en el mercado de subastas de Ibn Qassim por una mísera suma, apenas suficiente para comprar cigarrillos durante dos días seguidos.

En cuanto a mí, había escondido las gruesas gafas graduadas en mi armario y me olvidé de ellas durante años, hasta que mi vista se deterioró gravemente. Entonces me acordé y me dije: «¿Por qué no probármelas?» Al fin y al cabo, ni siquiera podía permitirme una visita al oftalmólogo, y mucho menos comprarme unas gafas nuevas.

A la mañana siguiente, caminaba por una acera desierta, abriendo el pecho al aire fresco y suave. Apenas podía distinguir lo que había a unos metros de mí, y estaba pensando que, si me ponía las gafas, podría ver a veinte o incluso treinta metros. Pero de repente vi a mi madre corriendo despeinada al otro lado de la calle, como llorando, gritando o quizá tirándose tierra sobre la cabeza. Presa del pánico, intenté cruzar, y me sobresaltó el claxon de un autobús que iba a toda velocidad y casi me atropella.

Alterado, me refugié en un café popular. Mientras recuperaba el aliento, un camarero joven se plantó ante mí, sonriendo. Al principio solo sonreía, pero luego se echó a reír. Desconcertado, lo observé desde detrás de mis abultadas gafas:
—¿Qué pasa?
Siguió riendo, y en medio de su arrebato logré captar su pregunta:
—¿Por qué llevas las gafas de tu padre?
¡Maldita sea! ¿Cómo sabía aquel idiota que eran de mi padre y no mías?
—¿Quién te ha dicho que eran las gafas de mi padre? 
Añadí inmediatamente:
—Quiero decir... ¿cómo lo has sabido?
Me contestó burlonamente:
—Mi abuelo tenía las mismas, pero las tiramos tras su muerte. 
—¿Por qué? —pregunté. 
—Porque no sirven para nada. Si mi abuelo hubiera visto bien con ellas, de haber conocido su futuro y el nuestro, yo no estaría aquí sirviendo en un café.
Me reí.
—Por cierto, ¿a qué se dedicaba tu padre? —me preguntó.
Me eché a reír y salí del café sin pedir nada.

Volví a la acera, observando los carteles y las luces de neón, ajustándome bien las gafas y los leyendo mientras las luces se reflejaban en sus cristales curvados. Vi una señal que decía «Stop» y me detuve. Una voz gritó:
– ¡Eh, muchacho! Ven aquí.

Caminé por la acera, observando los carteles y las luces de neón, ajustándome bien las gafas y leyendo mientras las luces se reflejaban en sus cristales curvados.

(2) Ful: plato popular de habas, muy extendido en Oriente Próximo

Se trataba de un señor mayor que había colocado una pequeña mesa redonda de metal frente a un puesto de ful (2).

Me acerqué y me senté en una silla de hierro. Acercó una tetera de cerámica ornamentada, me sirvió el té en un vaso transparente mal lavado y luego me sonrió. Le devolví la sonrisa detrás de mis gafas.
—¿Qué ves? —preguntó.
—Te veo a ti —le contesté.
Extendió su mano áspera, agarró mis gafas por la montura y las puso sobre la mesa.
—¿Y ahora?
—Ahora también te veo.
Se echó a reír, como diciendo: «¿Entonces, para qué llevas esa gafas gruesas, idiota, si no cambia lo que ves?»

(3) Ghutra: tocado tradicional que llevan los hombres en la península arábiga

—¿Y qué quieres? ¿Que vea un río, por ejemplo, cuando me las ponga? —pregunté, molesto.
Me preguntó por su historia. Le conté que pertenecían a mi padre; que se las ponía cuando leía la sura de José en un Corán grande. Cuando se le llenaban los ojos de lágrimas, se las quitaba y se limpiaba la cara con el extremo de su ghutra (3). Cuando lo encontramos muerto en su habitación, estaba relajado en su cama de algodón, con las gafas puestas, sonriendo.

De repente, un chico pasó junto a nosotros en bicicleta. Con un gesto rápido, me arrancó las gafas, aceleró y salió huyendo. Le grité, pero iba como un loco con las gafas puestas, hasta que giró hacia la calle y fue arrollado por una pequeña furgoneta que lo lanzó varios metros.

El mundo giraba frente a unas gruesas gafas graduadas.


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