¡No soy un traidor!

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¡No soy un traidor!

Ni traidor ni impostor: el traductor como transmisor de sentido, artífice de puentes culturales y promotor del diálogo entre los pueblos
Foto Radhia Toumi
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Radhia Toumi

Radhia Toumi es una poetisa, narradora y académica argelina. Imparte clases de traducción en la Universidad de Batna 2. 
Escribe en árabe y en francés. Hasta la fecha ha publicado dos poemarios, Tasalluqu ḥurr munfarid y Zerda, así como una colección de relatos titulada Limādhā ismuhā Fāṭima? Es una de las voces más destacadas del panorama literario argelino contemporáneo.

¡No! ¡No soy un traidor, digan lo que digan mis detractores! Tampoco soy un Judas. Es cierto que a veces digo las cosas cambiándolas un poco, pero solo en caso de necesidad. A veces me ocurre que añado frases o palabras, otras suprimo uno o dos pasajes… Pero, créanme, ¡lo hago porque es necesario! 

¿Acaso si usted me entrega un mensaje que ha colocado en una envoltura lingüística, digamos, de color gris, y yo se lo entrego a su destinatario en una diferente, digamos, de color rosa, debería ser considerado un mentiroso o, peor aún, un estafador?

Los lectores y, sobre todo, los críticos, siempre están a mi acecho. Son muy exigentes con mi trabajo. Por mucho que me esfuerce, si el resultado contiene la más mínima imperfección, se me acusa de traidor. ¡Esto ya es demasiado! Yo solo hago mi trabajo, es decir: traducir.

El dicho italiano nos tacha de traidores: Traduttore, traditore («traductor, traidor»). Pero no, ¡eso no es cierto! Este juicio simplista e injusto refleja un desconocimiento de nuestra labor, la labor de los traductores.

El traductor es un mediador cultural, un puente entre lenguas y culturas. Abre ventanas a países y pueblos de este vasto mundo. A través de la palabra traducida, ofrece viajes gratuitos a territorios desconocidos. 

La labor del traductor es especialmente compleja, ya que la transferencia de un texto desde una lengua de origen a una lengua de destino no es una tarea fácil, sobre todo en el ámbito de la traducción literaria. La lengua de un texto representa la envoltura lingüística que rodea su significado. Para plasmar correctamente el sentido del texto original en la nueva envoltura lingüística del texto de destino, hay que tener en cuenta el espíritu del original, las características propias de cada lengua y el objetivo de la traducción, entre otras cosas. 

Entre las dos escuelas que discrepan sobre cuál es el mejor método para traducir un texto literario, la orientación «ciblista» (centrada en el texto meta o de llegada) y la «sourcista» (centrada en el texto de origen) siguen enfrentando argumentos contrapuestos. Adaptar la traducción al lector destinatario, atenuando o eliminando las huellas culturales y las particularidades lingüísticas del texto original para ajustarlo a la cultura y la lengua de llegada, constituye, en términos generales, la tarea del traductor «ciblista». Por el contrario, conservar en la traducción las huellas culturales y lingüísticas del texto de origen con el fin de poner de manifiesto la diversidad cultural y dar a conocer al lector de la lengua de destino la alteridad del otro, caracteriza la labor del traductor «sourcista». 

Al traducir un texto literario según uno u otro método, siempre habrá lectores y críticos tanto a favor como en contra. Cada uno de estos métodos persigue objetivos precisos e ignora otros aspectos que no se ajustan a su propósito traductológico.

Hay que saber que el texto que se va a traducir, sea cual sea, representa una unión entre la letra y el espíritu. La letra es el aspecto material del texto, es decir, el lenguaje. El espíritu es el sentido que ese lenguaje transmite. Traducir ambos aspectos y transmitirlos al mismo tiempo es el mayor desafío al que se enfrenta todo traductor literario. La traducción literaria ha demostrado a lo largo de la historia que todo proceso de traducción implica inevitablemente algún tipo de pérdida, sea de la naturaleza que sea, de ahí la acusación de traición que pesa sobre la figura del traductor.

El traductor no siempre elige ser un traidor con respecto a los textos que traduce. Dicho esto, no se niega que la historia de la traducción haya señalado a ciertos traductores que fueron acusados de traición a su pueblo. En estos casos entraron en juego otros factores que situaron a la figura del traductor en una zona donde se enfrentaban intereses opuestos.

El ejemplo más conocido es el de una mujer indígena apodada La Malinche, también conocida como Doña Marina, que actuó de intérprete y desempeñó un papel importante durante la conquista española del imperio azteca en el siglo XVI. Una parte de los mexicanos acusa a La Malinche de haber traicionado a su pueblo. 

Pero dejemos de lado las situaciones de guerra entre dos o más países, en las que la lealtad y la fidelidad del traductor o del intérprete se ponen a prueba, y volvamos a la una rutina diaria más o menos normal. Los traductores desempeñan un papel fundamental en la construcción de la cultura de cada país. La cultura nacional necesita, en efecto, los puentes tendidos por la traducción, que la conectan con las culturas extranjeras.

Es el traductor quien se convierte en el arquitecto y el constructor de esos puentes culturales que enriquecen la cultura nacional. Sin esta apertura que garantiza la traducción, la cultura nacional se vería condenada al aislamiento y correría el riesgo de desconectarse del conocimiento y la creatividad que surgen y se desarrollan en otros lugares, hasta el punto de transformarse en una auténtica prisión.

La traducción derriba las barreras lingüísticas y aporta el conocimiento que toda nación necesita. En la era de la globalización, este papel parece más indispensable que nunca afrontar los desafíos actuales. Los traductores enarbolan la bandera de la diversidad cultural y lingüística. Trabajan lejos de los focos y transmiten el conocimiento y las literaturas del mundo. La acusación de traición que se dirige al traductor por las diferencias entre el texto original y su traducción no tiene razón de ser cuando se trata de un traductor competente. Dado que la competencia es una condición sine qua non para ejercer esta profesión, es importante destacar que existen tantas traducciones como traductores. Cada traducción se asemeja a un recién nacido que no escapa a la influencia sociocultural e histórica de su tiempo. Por lo tanto, no se puede juzgar la traducción/producto al margen de su entorno de origen. La traición no sería más que una interpretación personal realizada por un lector o un crítico en un momento determinado, una lectura marcada por su historicidad. Tampoco hay que olvidar que, durante la traducción, el traductor toma múltiples decisiones para cada segmento, unidad o palabra traducida. La subjetividad y la intuición del traductor juegan un papel importante en esta toma de decisiones, que se lleva a cabo respetando las limitaciones de la lengua y la carga cultural del texto.

¡No soy un traidor! Soy un traductor, una pieza más del complejo entramado que conforma el proceso de traducción. Mi labor se limita a actuar sobre el texto que traduzco; la recepción de la obra es competencia de los lectores. Son ellos quienes deben valorarla y emitir su juicio sin poner a los traductores en la picota ni condenarlos al patíbulo.


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