Después de Mandela

Navigation

Después de Mandela

¿Es Mandela, más que una figura histórica emblemática, un símbolo controvertido de una transición entre épocas? Una reflexión sobre el neoliberalismo, la ruptura generacional y las promesas incumplidas de la Sudáfrica posapartheid
Foto John Comaroff
Bildunterschrift
John Comaroff

Hasta su jubilación en 2024, John Comaroff fue Catedrático Hugh K. Foster de Estudios Africanos y Afroamericanos y de Antropología en la Universidad de Harvard; anteriormente, fue Catedrático Distinguido de Antropología en la Universidad de Chicago hasta 2012. Estudió en la Universidad de Ciudad del Cabo (licenciatura, 1966) y se doctoró en la London School of Economics en 1973.
Su investigación se centra en Sudáfrica, concretamente en la delincuencia, la estatalidad, la democracia y la economía política, y también en cuestiones de etnicidad, identidad, religión y cultura en África.

Aunque en esta ocasión, la celebración del Centenario* se centra en el legado histórico de Tata Madiba —como solemos llamarle en Sudáfrica—, me gustaría abordar la figura de Nelson Mandela sólo de manera indirecta y tangencial desde el punto de vista biográfico. No es por falta de respeto hacia su heroísmo o su papel histórico, sino más bien porque prefiero no reducir el pasado, el presente y el futuro de Sudáfrica, y mucho menos una prolongada lucha anticolonial, librada en varios registros por muchos actores históricos diferentes, a otra mito-historia del Gran Hombre. Eso fue precisamente lo que hizo el New York Times el día del fallecimiento de Madiba al publicar un titular que decía: «Muere el conquistador del Apartheid», borrando así, en un gesto liberal típicamente americano, todas las complejidades de una larga marcha hacia la libertad que sigue estando radicalmente inconclusa.

Prefiero, en cambio, tratar a Mandela como un significante cambiante, una figura mítica en cuya persona se escenificó el tránsito de una época histórica a otra y, precisamente por ello, como la figura sobre la que han recaído todos los debates surgidos de las fracturas entre esas épocas, así como todas las contradicciones producidas por una dialéctica no resuelta entre ellas. Dicho sin ambages, la liberación de Mandela y el fin formal del apartheid formal se produjeron en un momento en el que el propio mundo estaba experimentando una metamorfosis: un alejamiento de la era del capitalismo industrial y su inscripción en el Estado-nación democrático liberal o en sus antítesis comunistas; el declive de la era del imperio y el colonialismo; el agotamiento del Keynesianismo y el desarrollo basado en el telos de la modernización; el final del viejo orden internacional y también el fin de una época en que la lucha contra la desigualdad se concebía como el objetivo central de la política de clase/raza, de la movilización de masas y de la praxis social de izquierdas. Fue durante los últimos años de aquella época cuando las guerras de liberación, de acuerdo con los contornos ideológicos del momento, se plantearon en términos de revoluciones en dos fases: la primera, contra el colonialismo, la segunda contra el capitalismo racial. Esta segunda revolución, por supuesto, es la que se incluyó en el texto de la Carta de la Libertad de 1955. Y, en 1994, con el fin del Ancien Régime, en la promesa poscolonial de «una vida mejor para todos», una vida regida por una constitución comprometida con la justicia social, la igualdad y la dignidad. Fue la promesa personificada en y por Nelson Mandela.

*La «celebración del Centenario» hace referencia a la mesa redonda «Después de Mandela: Ciudadanía, generación y tiempo histórico», celebrada en el Stellenbosch Institute for Advanced Study (STIAS) el 18 de julio de 2018 para conmemorar el centenario de Nelson Mandela y el Día de Mandela. John Comaroff participó en el debate junto a Achille Mbembe, Sarah Nuttall y Jean Comaroff, y presentó allí este texto.

El problema es que el mundo ha cambiado radicalmente: un lento desplazamiento hacia la derecha —es decir, una revolución de signo completamente distinto— ha dado paso a un nuevo orden global, la era comúnmente denominada neoliberal. Y este es, en sí mismo, un término resbaladizo y polisémico que engloba múltiples rasgos distintivos: el fundamentalismo de mercado; el desplazamiento del capital industrial por el financiero; la erosión del Estado del bienestar a manos del Estado corporativo, convertido cada vez más en objeto de captura, privatización y gobiernos rentistas; el crecimiento sísmico de la desigualdad; el paso de la lucha de clases a las políticas de identidad y movimientos sociales; y la concepción de toda la vida social, de toda biografía humana, como algo motivada por el interés propio ilustrado y el cálculo de costes y beneficios por parte de «individuos responsables volcados en sí mismos». Como la mayoría de los estudiosos saben, este es el mundo tal y como lo tipificó Foucault en sus célebres cursos de 1978-9. Es también el mundo que nos legaron Thatcher y Reagan —una genealogía que desemboca en Trump— y el de las presiones ejercidas sobre África mediante los programas de ajuste estructural. Fueron estas las presiones que llevaron a la ANC a renunciar a muchas de las cláusulas de la Carta de la Libertad y a avanzar, en medio de un mercado laboral en drástica contracción y una economía manufacturera en descomposición, hacia políticas de desregulación, privatización, precarización y tecnopolítica, aunque, por supuesto, no de manera absoluta. Sudáfrica sigue teniendo un régimen de prestaciones sociales muy superior al de otros muchos países del mundo.

En otras palabras y como hemos dicho antes, Sudáfrica alcanzó su liberación en el momento de la (neo)liberalización, y aquí reside el problema: la mayoría de las expectativas depositadas en el nuevo régimen se basaban en la creación de un país capaz de ocupar su lugar en el viejo orden mundial liberal, moderno, democrático, estatista, desarrollista y preglobalización, expectativas que Madiba venía a representar, aunque, en realidad, era una figura política mucho más compleja de lo que esto sugiere. De ahí la esperanza proyectada en él, que sigue estando muy extendida entre quienes siguen manteniendo su fe en la concepción moderna de la «buena vida» y en los medios adecuados para alcanzarla. Pero el segundo advenimiento de Madiba, su regreso proto-mesiánico tras su crucifixión carcelaria, coincidió también con el final de la época cuyas aspiraciones más elevadas había llegado a representar.

La nueva era global, evidentemente, sacudió los cimientos de la Sudáfrica post-apartheid antes incluso de que esta llegara plenamente a existir. Puesto que no hace falta reiterar aquí lo que todos sabemos sobre el giro neoliberal y el auge del capitalismo milenarista, permítanme señalar sólo dos cuestiones que convergen en las disputas en torno a la figura histórica de Mandela y a su capacidad para encarnar un cambio de época: el tiempo histórico y la cuestión generacional.

En primer lugar, el tiempo. Se está convirtiendo en un lugar común señalar que la temporalidad neoliberal difiere profundamente de la propia de la época liberal anterior, aunque, por supuesto, aún persistan rastros de esta última. Es un sentido del tiempo que rechaza los grandes relatos, las gran teorías y las teleologías hegelianas; una experiencia del tiempo en la que el largo plazo, salvo como fantasía de futuro, se derrumba en el presente continuo; donde, de hecho, en el ámbito de las finanzas, los «futuros» —abstracciones totalmente destemporalizadas, puramente imaginarias— se compran y se venden en el aquí y ahora; y donde, como Nietzsche habría anticipado, el pasado se vuelve cada vez más irrelevante, algo especialmente visible entre las generaciones más jóvenes. Esta percepción ahistórica del tiempo relega a un segundo plano la duración, la linealidad e incluso cualquier atisbo de ciclicidad, en favor —siguiendo la «dualidad temporal» de Bachelard— de la primacía de lo instantáneo, de la discontinuidad y la interrupción, hasta hacer estallar por completo «el continuum del tiempo histórico». Lo que, por cierto, se hace eco de la nueva hegemonía del vitalismo económico, hoy dependiente de la ruptura constante, de romper moldes y crear nuevos, y no de la inversión a largo plazo. El plan quinquenal ha muerto, el éxito empresarial se mide por el próximo balance trimestral. Lo mismo ocurre en los ámbitos religioso, cultural e informacional, con su rápida rotación, sus breves períodos de atención, su rápida obsolescencia y su inscripción en el espacio digital compartido, las redes sociales y la inmediatez digital. Y también con la vida política, que, bajo racionalidades neoliberales, borra cada vez más lo que ha habido antes en nombre de nuevos tipos de legitimidad –a menudo importados del sector corporativo– y promete la resolución instantánea de imposibilidades estructurales: como «empleo para todos», o un «retorno a la grandeza» totalmente desvinculado de la realidad. Volveré enseguida sobre esto, no lo olviden.

Por ahora, pasemos al otro tema: la cuestión generacional, a la que Jean ya ha aludido. Hace dos décadas, sostuvimos que la línea de fractura más visible en Sudáfrica y en muchos otros lugares era la generacional, a la que denominábamos «la clase del 2000»; el espacio hacia el que se desplazaban cada vez más la cuestión de clase y sus ansiedades asociadas. Mientras que los marxistas habían defendido la idea de una fusión entre clase y raza en el contexto del capitalismo colonial, bajo el neoliberalismo esa relación también se transformó y dejó de experimentarse como la base de la discriminación y la desigualdad, a pesar de seguir siendo una línea estructural clave de fractura social.

En cambio, debido en gran parte a los cambios en el funcionamiento del capital y su nuevo régimen laboral, fueron los jóvenes sudafricanos negros, en su mayoría varones, quienes padecieron con mayor intensidad los inconvenientes del cambio económico, a los que les resultó difícil obtener unos ingresos estables, casarse y llegar a la edad adulta, quedando así atrapados, como «jóvenes», en un limbo generacional. La crisis de la reproducción social se hizo, y se sigue haciendo, palpable en sus cuerpos y en sus vidas. (Y eso vale también para amplios sectores de EE.UU. y Europa.) Y no se trata sólo de los desfavorecidos, porque los graduados de secundaria y universitarios también observan el mundo y perciben la precariedad que se avecina: para muchos, ausencia de empleo o trabajos precarios. El ascenso al estatus de clase media tampoco resuelve gran cosa. En tiempos neoliberales, ese estatus se mide menos por la posesión de bienes que por la capacidad de endeudamiento, lo que sitúa la catástrofe personal a un solo revés, a un solo accidente de distancia. La «clase del 2000» —en resumen, esa abstracción concreta que conocemos como generación y que sociológicamente encarna la «juventud», generalmente racializada— se encuentra en un mundo en el que los mayores parecen protegidos por un pasado convertido ya en mito, un pasado irrecuperable para ellos. Además, constituyen una proporción cada vez mayor de la población total en toda África, una población que, como señaló Jean, es cada vez más consciente de sí misma como categoría social, tanto «en sí» como «para sí». Como ella misma indicó, la «juventud» ha sido tratada, a lo largo de la historia moderna, de forma ambivalente: a la vez como una fuerza generativa, creativa y vital para la producción de futuros y, al mismo tiempo, como algo rebelde, potencialmente peligroso, transgresor, irracional e inacabado. Esta ambivalencia persiste cada vez más en muchos lugares, lo que añade un toque decisivo a la política juvenil, su inmediatez, su inmanencia, su impaciencia. Y con ello volvemos nuevamente a la cuestión del tiempo.

Atrapada en la contratemporalidad histórica del momento neoliberal, el tiempo de la disrupción y el instante, para muchos miembros de esta generación la idea de la espera, del largo plazo, de una visión teleológica de la historia, ya no tiene sentido. Ni podría tenerlo. El tiempo de Mandela se ha vuelto irrelevante salvo como objeto de rechazo, como anacronismo opresivo, como signo del fracaso político a la hora de cumplir la promesa milenarista. Mi colega afroamericano, el sociólogo Lawrence Bobo, ha defendido el valor político de la ira negra en Estados Unidos como instrumento político positivo. En Sudáfrica, aunque era ira sea muy controvertida, también ha demostrado su capacidad para desplazar y reconfigurar el ámbito político. No voy a entrar aquí en las polémicas que ha suscitado, salvo para decir lo siguiente: es fácil expresar ira o condenarla, pero es mucho más importante comprenderla, entender las condiciones históricas —las fracturas y la dialéctica no resuelta— que la han originado. Si el legado de Mandela no ha de ser simplemente un Rorschach político, como escribió Rebecca Davis en el Daily Maverick, una pizarra hagiográfica en la que cualquiera pueda escribir sus reivindicaciones, promesas y esperanzas políticas, entonces quizá el «significado de Mandela», por utilizar la expresión de Mandla Langa, consista en entender por qué para algunos ese significado reside en «la nostalgia por la era Madiba», y para otros reside en «el valor político que puede extraerse de una crisis social cada vez más profunda»; todo ello en medio de «la sensación de que», en Sudáfrica, «algo [está] pugnando por abrirse paso». Así como Mandela fue el icono definitivo de un pasado de lucha, quizá su valor en el presente radique en ser el ancestro espectral en torno al cual pueda desarrollarse el argumento sobre el futuro sudafricano.

La cuestión general, en conclusión, es que el tránsito de una época a otra, marcado por las fracturas encarnadas en la controvertida figura de Mandela, ha dado lugar a conflictos ideológicos en los que, al menos en términos ideales, las generaciones muestran una «afinidad electiva» —si se me permite tomar prestado el concepto de Max Weber—, hacia concepciones contrapuestas del tiempo y la ciudadanía, del presente y el futuro, y, por tanto, hacia distintas formas de pensar y actuar políticamente. Desde este punto de vista, quizá el verdadero legado de Mandela resida en una dialéctica de la provocación: la provocación de un debate formulado ante todo, y ojalá no en última instancia, en términos intergeneracionales. Un debate sobre cómo crear un nuevo mundo, una nueva Sudáfrica y, aunque resulte irónico a la vista de lo que he dicho, un nuevo sentido de futuro que no se base en una antihistoria sino —reconociendo a Fanon y Cesaire, Biko y Hani tanto como a Mandela— un nuevo tipo de conciencia adaptada a la época en que vivimos. Tal vez sea eso lo que necesitamos, a modo de desafío, para empezar a «abrir otro espacio en la política, un espacio hasta ahora impensable», en el sentido de un nuevo comienzo, una re-generación.

+++

Davis, Rebecca. El legado de Nelson Mandela: el test de Rorschach para los políticos sudafricanos.
Daily Maverick, 17 de julio de 2018

Langa, Mandla. Reivindicar a Mandela. Sunday Times (Sudáfrica), 15 de julio de 2018, pp.17-18.

+++

Más lecturas sobre Sudáfrica en Literatur.Review:

All Gomorrhas Are The Same
A Socio-critical overview of  trajectories of the ‘South African novel’, 2020 – 2023


¿Le ha gustado este texto? Entonces, ¡apoye nuestro trabajo con una contribución única, mensual o anual a través de una de nuestras suscripciones!
¿No quiere perderse ningún texto de Literatur.Review? ¡Entonces suscríbase aquí a nuestro boletín informativo!