Presencia
Tras la fachada de la certeza comienza el verdadero cuestionamiento. En su columna filosófica UMBRAL, el filósofo colombiano Bruno Maduro nos lleva hasta los límites de nuestro conocimiento. Analiza la fe ciega en los dogmas científicos, cuestiona la construcción de nuestra historia y arroja luz sobre el enigma sin resolver de la condición humana. Un espacio para el pensamiento más allá de las ilusiones, allí donde la verdad a menudo solo destella en el error y en el reino intermedio de la intuición.
¿Qué es entonces el hombre? ¿En qué consiste el género humano? ¿Se puede comprobar empíricamente lo que hemos definido como humanidad? ¿Podremos encontrar algo esencial en todos los individuos y en todas las culturas que nos diga: ¿el misterio del ser del hombre está descubierto, delatado, solucionado o concluido o, incluso, perfeccionado?
Si irrumpimos, en este prefabricado problema, tratando de buscar en las partes más profundas de las ciencias del espíritu, o atacando el sentido de la investigación humanística contemporánea para satisfacer este interrogatorio inicial, parece ser que en lo que respecta a la naturaleza del hombre hemos de concluir este desagrado: el ser mío, el de él, el de ella, el tuyo y el de los otros, el de aquellos, nuestros semejantes, siguen incólumes, intactos, inmunes y resistentes a su delación; y, aún, naufragan en misterio, y como tal, siguen poseyendo la indemnidad del ser. Lo que hemos creído descubierto en nosotros como seres humanos, en el fondo, es, aún, un problema sin resolver. Es como si desde el principio la indagación por la naturaleza humana tuviese prediseñada una respuesta encriptada, cerrada, enclavada o inmersa en el misterio, y, al caer en la cuenta de esta encriptación, nos asuste en pánico el preguntar esto: ¿ha quedado vedada, entonces, la naturaleza humana para el conocimiento actual del hombre mismo? Y nos asombre lo que sigue. Lo concluyente. ¿Por largo rato seguiremos siendo nuestro propio rompecabezas irresoluble?
Pero no caigamos en la decepción y el pesimismo. Busquemos rutas de navegación para encontrar tierra firme o respuestas a las preguntas primitivas sobre nuestro género. Empecemos. Para ello trasladémonos a las ciencias comparadas, vamos a ver si podemos tener éxitos con este método comparativo, y, así, salir del atasco trascendental que ya está asomado. Confrontemos nuestras ciencias humanas con las otras ciencias modernas, notemos si así se asoma la luz con el contraste.
Pero, ya en este camino encontramos una pequeña diferencia de arrancada. Y de iniciada podríamos afirmar que es más factible entrar a la investigación natural y fáctica para conseguir resultados y logros, que en las humanas o ciencias del espiritu.
Tan cómodo es al botánico reconocer un vegetal, registrar su uso, inspeccionar su aclimatación, clasificar el arbusto, manipular su genética, seleccionar la planta más apta para los cultivos, o alterar su inevitable ciclo biológico, eso de veras es mucho más factible, y con más precisión, que el hecho de estudiar culturas, etnias, pueblos, naciones o colectividades humanas. Y podría ir más allá. Es más agradable para el hombre que investiga inmiscuirse entre un grupo de gansos, de patos, de garzas, de gorilas, o de cualquier animal, tal como lo hicieron Lorenz (1980) o Tinbergen (1981), cuando modelaron la etología. Es medianamente fácil intentar determinar cómo un grupo de aves o de mamíferos se rigen por tal o cual ley de la conducta animal. Pero, si con esos métodos de etología y de investigación animal se tratará de entrar al hombre, su resultado no solo sería diferente, sino contraproducente: en las ciencias del hombre no surge el mismo problema, tal y como le acontece a su equivalente en la investigación animal. Comparar la horda del gorila con sociedades humanas es un exabrupto etnológico -el que aún se permite. Cotejar la manada de chimpancés con familias humanas mal denominadas “primitivas”, es un acto preñado de colonialismo y darwinismo social, exclusión y xenofobia, otra destemplanza que aún se aprueba en sociología, psicoanálisis, antropología evolutiva o psicología social. Y lo peor, en normas jurídicas. Lo innegable: entre más nos internamos en el estudio de las ciencias humanas -suponiendo que estas abordan al ser humano-, el misterio de la naturaleza del hombre se agranda cada vez más, o se vuelve descomunal, y tal vez, hoy se nos presenta como un inaccesible.
Para las ciencias modernas, los interrogantes que cuestionan el mundo físico, natural, material o biológico brotan con más facilidad que nuestra relación con los otros seres humanos, incluyendo a ese sí mismo que se declara estudioso del género. Nuestro verdadero conflicto, como un hombre que indaga al hombre real, no es con el objeto material o empírico que nos ataca en el día a día, nuestro real apresuramiento es más penetrante: la verdadera tarea que nos desvela como investigadores de la sociedad, o del hombre mismo, es tratar de comprender al ser humano tal y desde la perspectiva del otro ser como un libre e igual, sujeto, que, aunque distinto, es en el fondo, nuestro ser equivalente.
Al tratar de arrancar en esta labor cognoscitiva de conocer al hombre, la que ya lleva milenios, nos encontramos con resistencias numerosas, las que de salida se le asoman al investigador del género, solo para hacerlo caer en la decepción. Hay un muro inmenso que impide desbordar la pared solitaria donde habita el sujeto humano que trata de conocer a ese otro sujeto también hombre, también prójimo, a ese que siendo cultura busca la otra cultura, a ese, que como él, actúa, labora, ama, construye habitáculos, inventa tecnologías, aborda la obtención de riquezas, asume conflictos, hace la guerra, descubre el movimiento de las estrellas, afronta el peligro de la supervivencia y sobre todo se somete a la idea de vivir en una mitología universal denominada felicidad. Y es que cuando tratamos de meter al humano en las ciencias de la evidencia y la prueba, -como trágicamente ocurre en el positivismo-, para poder tener un cercano concepto de él mismo, lo primero que se nos resiste en este tránsito es el intelecto del hombre investigador que no logra comprender al otro en su diferencia y distintidad, de ese que también tiene un entendimiento humano que lo está observando y percatando.
La naturaleza humana es tan escurridiza para el hombre que busca conocimiento profundo del hombre mismo, que su esquiva, en vez de generar las claves para poder abrir puertas y encontrar soluciones o salidas a dificultades en ciencias humanas, lo que nos regala son acertijos y rompecabezas: es cómo si en esta lucha por comprendernos como raza o género o culturas, ya existiera de antemano un verdadero pan de la discordia, pan divino, quizás, fruto de aquella herencia devenida de haber ingerido la manzana del bien y el mal: la esencia de la presencia comprensiva en el ser del hombre que trata de entender al otro humano ni siquiera llega hoy a la aproximación, debido a que no aceptamos al otro como un libre, igual y diferente. Por eso, entre más se empecine el investigador social y presente del hombre para tratar de advertir al otro semejante, sobre todo cuando este científico social, ese que no se ha liberado de sus prejuicios y preconceptos y xenofobias, y que conviven con él, o, cuando vaya al campo de trabajo, subordinado a sus obcecaciones de amplio conocedor, suponiéndose él de pecho altivo y por encima de los otros que observa, más se diluirá su denuedo por conocer al género, simplemente porque será este investigador un condenado sometido a preconceptos que se construyeron en su primera y falaz formación.
Esta dificultad preconcebida para adquirir conocimientos de su objeto no transcurre en las otras ciencias. El investigador natural en ciencias fácticas no posee este problema, su objeto de trabajo está esperándolo para ser doblegado. Un biólogo tiene el mundo vivo en sus pies o en su microscopio. Un físico tiene toda la galaxia y el universo observable. O los átomos y las cuerdas invisibles. Pero al investigador humanista, ese que trabaja sobre el hombre no le sucede lo mismo, pues, el sujeto-objeto-humano está esperando a su investigador de campo no para colaborarle, sino para impugnarlo, para irse de frente a su ciencia excluyente, para rechazarlo de plano, para objetarlo y expulsarlo de su territorio. Dirá: ¿Quién es éste que me viene a estudiar? ¿soy acaso yo rata de indias? ¿Qué autoridad humana le genera a éste investigador su certificación para estudiar al otro semejante a él? ¿por qué no se estudia él mismo? El investigador de ciencias humanas arranca entonces con una talanquera y un impedimento, el otro no lo va a certificar: ¿podrá abordar de plano toda la esencia de su objeto de conocimiento, y como tal solo podrá satisfacer su disciplina con las meras pesquisas o las descripciones de detalles? Lo cierto, el ser humano como entidad esencial le será negado a su indagador, de esta forma, la tarea del humanista solo tendrá que conformarse, no solo con las esquinas y los preliminares de lo que ve, observa o trata de comprender, sino con meros hallazgos, los que solo tendrán la categoría de mera conjetura. Adiós al concepto hegeliano, en el humanismo, este concepto del hombre será un inaccesible. (Maduro, 2026)
Detectada por algunos la crisis entre el objeto y el método y las diferentes formas de enfrentar al hombre desde las ciencias del hombre mismo, muchas escuelas de sociología o psicología o antropología que detectaron esta muralla, trataron de saltarla, pero no pudieron, entonces ¿qué hicieron? Fabricaron una trampa justa para no declararse incompetentes, y así ocultar su incoherencia, (podían perder el mercado de alumnos y diplomas si certificaban esta crisis) La salida: muchas escuelas y sus universidades asumieron los mismos métodos de investigación natural y lo aplicaron a las ciencias del hombre, ¿con qué objeto?: esquivar la auténtica problemática. Huir del hombre verdadero, ese que sigue siendo hoy un ser inalcanzable.
Desde el siglo XVII, muchos humanistas imitan a la ciencia física, otros a la biología, otros a la química, o a la bioquímica, esta última se replica con golpes bajos en las ciencias de la medicina estadística de la falaz evidencia. En economía, sus expertos se centran en la probabilística, para huir de sus desaciertos. Terceros, sociólogos o etnógrafos o politólogos, buscan refugios en las matemáticas aplicadas. Y pare de contar. En el fondo, ellos están asumiendo métodos prestados. Y con este endeudamiento, estas disciplinas han declarado su incompetencia para abordar al hombre como hombre mismo, como un ser sujeto rico en conocimientos, pasiones, dudas e incertidumbres: al intentar salvar su pellejo las ciencias del hombre actual acuden al préstamo, y, para no declararse en quiebra, y desmitificar su profesión, han buscado ayuda a otras ciencias exitosas en resultados efectistas, pensando que el éxito está en sus metodologías o sus productos. La mentira de la mentira. No son los métodos los que han dado resultados en el mundo natural o tecnológico, es otra cosa mucho más contundente: la terquedad del hombre por dominar a la naturaleza. Su voluntad de poder. Pero esta voluntad de poder en la naturaleza no se puede trasladar literalmente al estudio del hombre sin causar desavenencias, conflictos o guerras.
En síntesis. Hoy el ser del hombre se ha esfumado para las mismas Ciencias Humanas. Hoy el ser humano, tratado por disciplinas que carecen de marco y piso para indagar el espíritu de humanidad y su andar, están tratando de sobrevivir, ¿cómo?, conviviendo con migajas estadísticas, con padrones remanentes, con desechos y retazos epistémicos solo para subsistir; atrás han dejado al ser humano como subjetividad, como representación, como símbolo, como cultura diferencial, atrás dejaron y olvidaron la duda de la duda, el devenir del ente y la medida trascendental de su querer. No han aceptado que en el hombre como un ser investigado la verdad no llega a ser la verdad, y que el ser humano es esa medida que no puede medirse a sí misma sin que caiga en el asombro o en la sucesiva interrogación. Y esa huida del hombre real es ya el apocalipsis de las ciencias humanas.
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Bibliografía
Lorenz, K. (1980). Consideraciones sobre las conductas animal y humana: Konrad Lorenz. España: Plaza y Janés.
Maduro, B E. (2026) Antropología Dual. Una etnografía vista desde el otro. Adiós al objeto humano. Cartagena Colombia. Ed. Paidia ediciones
Tinbergen, N. (1981). El Estudio del instinto. España: Siglo XXI.
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