El mártir
Es verano en el Norte Global e invierno en el Sur Global. Motivo más que suficiente para que Literatur.Review una el verano y el invierno en agosto y publique relatos, hasta ahora inéditos o sin traducir, procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.
Kunal Basu es autor de doce novelas y tres colecciones de relatos. Sus obras se han traducido a numerosos idiomas, y su relato The Japanese Wife fue adaptado por Aparna Sen en un galardonado largometraje. Ha presentado su obra en festivales literarios internacionales de todo el mundo y ha disfrutado de becas literarias en Estados Unidos y Australia. Nacido en la India y afincado actualmente en Oxford, en cuya universidad imparte clases, se encuentra terminando una colección de relatos interrelacionados ambientados en la Calcuta contemporánea.
Amar Dey llevaba mucho tiempo muerto y olvidado, casi medio siglo, antes de que lo resucitara el espantoso rugido de una excavadora. La lápida del mártir, en la que figuraban su nombre y los años de su nacimiento y fallecimiento, se había deteriorado con el paso de los años hasta parecerse a las enigmáticas tablillas del antiguo valle del Indo, y ya solo permitía confirmar que había llegado en 1952 y que había fallecido en los umbrales de la juventud, a la edad de veinte años. Situada sobre lo que era una triste parodia de acera y con el telón de fondo de una pared igualmente deteriorada de una villa que en su día fue resplandeciente y que ahora yacía en ruinas, podía confundirse fácilmente con uno de esos mojones que los topógrafos municipales habían abandonado hacía tiempo.
Sanatan, el dueño de la tetería, que había sido el primero en oír la excavadora, creyó que se trataba de la continuación de una pesadilla en la que unos extraterrestres descendían de su nave espacial, que rugía a todo volumen, y que había visto en la televisión junto a su precoz nieto. Mientras ponía el agua a hervir, le asaltaban fragmentos de la noche anterior, sobre todo los chillidos de un búho que nunca dejaban de llenarle de aprensión. Una vez que identificó a aquella horrible máquina como la culpable, interpeló al hombre que estaba en la cabina del conductor, haciéndole señas para que detuviera el estruendo mientras las mandíbulas de la excavadora devoraban el muro de la villa, cerca de la lápida del mártir. Ensordecido por los auriculares, aquel condenado le devolvió el saludo sonriendo, lo que le valió las más atroces maldiciones.
Entre los primeros clientes de Sanatan, Haripada Bhaduri confirmó el rumor que circulaba por el barrio. Los propietarios de la villa, que habían librado entre ellos una batalla judicial de una década, habían acordado finalmente hacer las paces a instancias de un hombre santo y vendieron las magníficas ruinas de su hogar ancestral a un promotor inmobiliario, dando así paso a la excavadora.
«Es Marte», anunció Haripada tras el primer sorbo de la mañana. Se había dedicado de lleno a la astrología tras jubilarse de su puesto de agregado en el Ministerio de Alimentación. «Es conocido por poner las cosas en movimiento tras un período de incertidumbre».
El agente de seguros Nabin Malakar, que se había unido a ellos sin que se dieran cuenta, arrugó la nariz y se quejó de la insuficiente cobertura del seguro frente al riesgo de un derrumbe que pudiera dañar los edificios adyacentes y los cables eléctricos subterráneos.
«Imaginad un edificio en demolición como si fuera una bomba», explicó a los demás clientes. «Cuando explota, no solo destruye lo que hay debajo, sino que envía ondas expansivas a los alrededores. En un momento puedes estar dándote un baño y, al siguiente, salir catapultado como un cohete».
Mientras la tetería seguía con su ajetreo matutino, la excavadora se acercó peligrosamente a la piedra del mártir, hasta que Sanatan gritó con todas sus fuerzas para romper el silencio impuesto por los auriculares, y consiguió que el conductor detuviera la máquina. El hombre bajó de la cabina, se acercó con paso lento y sonrió a modo de disculpa antes de pedir un té.
«¿Sabes lo que estabas a punto de hacer?», preguntó Sanatan al conductor de la excavadora, y, ante su mirada de incomprensión, respondió él mismo: «Estabas a punto de enterrar a Amar Dey».
El silencio que se hizo en la tetería exigía una explicación. Mientras Sanatan se esforzaba por evocar el vago recuerdo de la noche en la que su pesadilla se había hecho realidad, el agua se desbordaba de la olla, las hojas de té aguardaban pacientemente en el recipiente y las moscas revoloteaban alrededor de la leche en la cacerola.
«Fue a principios de los setenta, cuando yo apenas tenía siete u ocho años. Era la década de la revolución: los estudiantes boicoteaban las clases, se cerraban colegios y bibliotecas, y los exámenes se cancelaban a última hora. Todo el mundo volvía a casa al caer la noche, y con la noche llegaban los jóvenes armados con bombas y el ejército con fusiles. Los maoístas habían convertido la ciudad en un campo de batalla». Sanatan era un mal estudiante pero un excelente futbolista. Por las noches no le permitían salir de casa, pero lo había arriesgado todo y se había escabullido a escondidas para pedirle prestadas a un amigo unas botas para el entrenamiento de la mañana siguiente. «Al salir de nuestro callejón, medí mis pasos para llegar al cruce, que estaba completamente a oscuras debido al toque de queda. Podía oír voces susurrando en la noche, el ruido de una sirena de policía que se acercaba. Alguien me rozó el hombro al pasar corriendo, y entonces estalló una bomba en el bazar, no muy lejos de donde yo me encontraba».
«¿Quién lanzó la bomba?», preguntó Nabin, sosteniendo su taza vacía.
Sanatan negó con la cabeza. No lo sabía. «Oí unos pasos y luego un disparo. Entré en pánico y corrí a casa sin mirar atrás».
Pasó la noche en vela, temblando por lo sucedido. A la mañana siguiente, los vecinos se agolparon en el bazar y formaron un círculo alrededor del cadáver de Amar Dey, a quien la policía había disparado por la espalda cuando intentaba huir.
«Parecía que aún estaba vivo. Tenía los ojos muy abiertos y su cabeza reposaba en un charco de sangre». Sanatan suspiró al terminar su relato. «Había quienes afirmaban que era un maoísta conocido, pero otros decían que solo era un transeúnte inocente, una víctima de la mala suerte. Todos coincidían en que era un mártir».
*
No estaba claro quién había erigido la lápida en memoria de Amar, pero con el tiempo se había convertido en un elemento tan característico del paisaje como el bazar, y de vez en cuando una corona de flores la adornaba el día de su martirio. Poco a poco, con el paso de los años y luego de las décadas, fue perdiendo su carácter trágico; solo quedaban un puñado de vecinos para relatar los acontecimientos de aquella fatídica noche. Al igual que los maoístas desaparecidos, Amar Dey también se había desvanecido en los oscuros recovecos de la memoria colectiva, dejando tras de sí un artefacto un tanto fútil que no servía más que para ofrecer a los guardianes de cuatro patas del barrio un punto de referencia práctico.
Como una chispa capaz de provocar un incendio forestal, la noticia de la inminente demolición de la piedra del mártir se extendió rápidamente por el barrio y más allá gracias a los clientes del puesto de té. Haripada Bhaduri fue el principal catalizador. En su mente, la llegada de la excavadora coincidía con el ascendente del «Planeta guerrero», y se propuso trazar un claro paralelismo entre la naturaleza asertiva y las acciones impulsivas de un hombre y las de aquella máquina monstruosa, mientras examinaba las cartas astrales de sus clientes. Para no quedarse atrás, el agente de seguros obtuvo un éxito excepcional al presentar los contratos de seguro de vida como una opción claramente más eficaz que la piedra del mártir a la hora de perpetuar un legado en caso de muerte natural o accidental. La noticia no tardó mucho en correr de puerta en puerta y por las callejuelas, atravesando cruces concurridos y abriéndose paso a través del canal de alcantarillado, de tal manera que la piedra olvidada se impuso a asuntos más urgentes para instalarse en los corazones y las mentes gracias a su significado recién adquirido.
El poeta Bidyut Biswas fue el primero en articular claramente el verdadero valor de la piedra del mártir, lo que suscitó la aprobación general. Era parte integral de la memoria, al igual que una célula lo es de la vida, escribió en el primero de una serie de poemas dedicados a la piedra, cuya ausencia comparó con un alma vacía. De pronto, una avalancha de poemas, ensayos y obras de teatro improvisadas inundó el barrio, cada cual empeñada en superar a las demás en sus alabanzas a aquel monumento que había caído en el olvido. Y los políticos, para no quedarse atrás respecto a los representantes del mundo cultural, se sumaron a la contienda, y ninguno con más vehemencia que Bapi Dhar, exfutbolista y entrenador del club local, famoso por su capacidad para enardecer a las masas.
«La excavadora no es la verdadera culpable», vociferó a través de un megáfono aquel futbolista convertido en político. La culpa era del promotor inmobiliario por derribar una villa patrimonial para construir bloques de viviendas y venderlos a precios desorbitados a los advenedizos. La clase acomodada había invadido su barrio de gente honrada, acaparando terrenos cotizados y borrando recuerdos inestimables. «El capitalismo es el verdadero culpable», resonó alto y claro el veredicto del político.
«¿No fue su partido el que estuvo detrás de la eliminación violenta de los maoístas?», susurró alguien entre la multitud. «Kamalesh Kundu, el promotor inmobiliario en cuestión, fue su principal financiador durante las últimas elecciones», añadió otro. Como siempre, su audiencia se dividió naturalmente en dos grupos: el más vociferante se ponía del lado de Bapi Dhar, mientras que los demás guardaban silencio en defensa de los capitalistas. La tetería, que sufría de lleno esta división, vio cómo se disparaban las ventas, ya que una o dos tazas no bastaban para zanjar la cuestión en una sola velada. Además de los clientes habituales, los visitantes acudían en masa al lugar en disputa para ver la lápida del mártir y la excavadora, que permanecía inactiva tras la primera oleada de actividad. Se erguía como un espectador silencioso, con las mandíbulas encogidas como las de una bestia obligada a someterse, y la cabina vacía del conductor contemplando con pesar el muro parcialmente demolido. El conductor de la excavadora no aparecía por ninguna parte y, tras indagar un poco, se supo que había abandonado la ciudad para regresar a su Bihar natal con el fin de asistir al nacimiento de sus hijos gemelos, que habían llegado tras una serie de partos de niñas.
*
Por una vez, Sanatan se libró de sus pesadillas; tenía la mente ocupada en los asuntos serios que surgían a diario en la tetería. En cuanto a la piedra del mártir, no se posicionó a favor de ningún bando. Sus pensamientos estaban con Amar y con su trágica muerte. La familia del joven había abandonado el barrio después de lo ocurrido, y todavía recordaba el camión que había salido del estrecho callejón del bazar cargando con sus pertenencias. Quizá sus pobres padres y sus hermanos deseaban olvidar aquella fatídica noche, sin necesidad de que la piedra les trajera ese recuerdo. Era difícil seguir viviendo con el recuerdo de la sangre, murmuró para sí mismo, tratando de borrar elnsuyo mientras preparaba la primera tetera de la mañana, sin perder de vista la piedra que había sido testigo de una segunda llegada tras la de la excavadora.
Dashu, el vagabundo que había perdido la razón tras la muerte de toda su familia al derrumbarse el techo que les cobijaba debido a una construcción defectuosa, había reaparecido en el barrio tras una larga ausencia y se había aupado sobre la piedra del mártir, tratándola como si fuera de su propiedad. Feas manchas fúngicas cubrían su torso desnudo, causadas por la desnutrición y la falta de higiene. Ataviado con un taparrabos y descalzo, despertaba la compasión de los transeúntes, que le lanzaban migajas y monedas sueltas, aunque mantenían una distancia prudencial por temor a sus arrebatos. La mayor parte del tiempo permanecía sentado en silencio, con los ojos cerrados y perdido en sus pensamientos, estado que solo se veía interrumpido de vez en cuando por una carcajada estridente ante alguna comedia imaginaria.
Sanatan sintió lástima por Dashu al sorprenderlo mirando con aire lastimero la tetera hirviendo. Al igual que la piedra del mártir, él también era un elemento vivo del barrio, portador de recuerdos trágicos y objeto del deterioro acumulado tras el paso de los años.
«¿Sabes qué es esto y a quién está dedicado?», le preguntó Sanatan a Dashu señalando la piedra del mártir mientras le acercaba té y galletas. Dashu sonrió ampliamente, asintiendo con la cabeza.
«Al presidente Mao Zedong».
Sanatan se echó a reír. «No, Dashu. El presidente Mao vivió y murió en China y no aquí, en Calcuta». Señaló la inscripción en la piedra —1952-1972— para reforzar su argumento: «Mao Zedong vivió mucho más de ochenta años, no hasta los veinte».
Dashu negaba violentamente con la cabeza, derramando el té de su taza, y no dejaba de repetir: «Mao, Mao, Mao, Mao…».
El poeta Bidyut Biswas, que padecía insomnio crónico, había llegado temprano y, tras presenciar el intercambio entre Sanatan y Dashu, comentó con ironía: «Tiene razón. El sueño del presidente Mao Zedong murió en el mismo lugar donde mataron a Amar. Su revolución agraria seguiría siendo para siempre un espejismo, y cada mártir daba testimonio del fracaso de su causa». La respuesta de Dashu debía interpretarse de forma simbólica y no literal, le explicó a un Sanatan perplejo, antes de sumirse en el silencio y componer la primera de sus odas al lunático vagabundo.
Nabin Malakar trajo la inquietante noticia de que la excavadora había reanudado su misión tras el regreso del conductor, después de que su mujer hubiera dado a luz con éxito a gemelos. «El promotor inmobiliario está ansioso por terminar el trabajo rápidamente antes de que todo este revuelo en torno a la piedra se convierta en una histeria colectiva. Al parecer, está a punto de cerrar un trato con nuestro amigo el político».
«¿Qué tipo de acuerdo?», preguntó Sanatan. ¿Cómo se puede llegar a un acuerdo con un cadáver…? Se preguntó.
«El astuto Kamalesh Kundu podría ofrecer una cantidad simbólica al club de fútbol local para que dedique a Amar su torneo anual de fútbol 6. Se podría llamar el “Trofeo Conmemorativo Amar Dey” o algo por el estilo. A cambio, Bapi se aseguraría de que la retirada de la piedra se llevara a cabo sin problemas».
«Eso sería un insulto a la memoria de Amar», protestó Bidyut Biswas. «Convertiría todo este asunto en algo abstracto. Ni los jugadores ni los espectadores tendrían ni idea de qué significa ese nombre, desvinculado del lugar de la tragedia. No se puede sustituir la sangre por un trozo de plata», concluyó Bidyut y pidió más té.
La noticia más preocupante fue la llegada al lugar de Jyoti Sinha, una periodista de primera línea. Era muy conocida; su reportaje de investigación sobre el asesinato de la esposa de un actor famoso le había valido una merecida fama como periodista intrépida, sobre todo porque se sabía que el actor en cuestión era amigo de destacados políticos. Tenía un don para indagar a fondo en busca de pruebas y una implacabilidad que le había valido el apodo de «Sabueso».
«¿Por qué iba a interesarse alguien como ella por un caso de hace décadas y, encima, por una excavadora?», preguntó un cliente de la tetería, con toda inocencia.
«Porque su editor la ha despedido por tergiversar los hechos y está intentando reinventarse como reportera de a pie», respondió Nabin, que sabía unas cuantas cosas sobre el periodismo dada su carrera en el ámbito de los seguros frente a catástrofes públicas.
«Aquí encontrará el terreno bien abonado», comentó Bidyut con sarcasmo. «Un revolucionario muerto, un capitalista codicioso, un político corrupto y un loco forman un caldo de lo más sabroso. Veamos qué más consigue añadir a la olla».
*
Fiel a sus convicciones, Jyoti Sinha visitó a Aruna Dasgupta, la viuda septuagenaria que se estaba recuperando de un cáncer y que tenía el honor de ser una de las pocas personas que habían conocido a Amar en vida.
«Háblame del chico», le pidió Jyoti a Aruna, después de esperar a que diera unas caladas para calmar sus pulmones. «¿Era él el cerebro maoísta, como algunos afirman?».
«Era íntimo amigo de mi hijo Hiran», dijo Aruna con voz vacilante. «Crecieron jugando al fútbol y estudiando juntos antes de los exámenes. Ambos eran buenos estudiantes. Mi Hiran era un idealista que soñaba con una sociedad justa, mientras que la ambición de Amar era marcharse a Estados Unidos». Aruna suspiró. «Hiran le daba libros a Amar y le rogaba que los leyera. Libros escritos por Marx, Lenin y Mao».
«¿Podría haber lanzado él la bomba aquella noche en el bazar?». Jyoti fue directa al grano, poniendo así fin a la parte de las memorias dedicada a la infancia.
Aruna Dasgupta frunció el ceño. «Amar era el tímido, nunca se hacía valer, a diferencia de mi hijo. No era decidido, ni propenso a la impulsividad. Se contenía en la mayoría de las situaciones».
Frente a la ventana de la casa de Aruna se había reunido un pequeño grupo de gente, y Jyoti bajó la voz antes de formular su siguiente pregunta: «¿Hiran había salido con Amar la noche en que lo mataron?».
Aruna guardó silencio.
«¿Salieron los dos en una misión? ¿Fue idea de Hiran saltarse el toque de queda?».
Una mirada ausente se apoderó de los ojos de Aruna. Jyoti bajó aún más la voz: «¿Fue Hiran quien lanzó la bomba? ¿Huyeron los dos después, pero Amar recibió la bala en la espalda?».
A medida que empezaban a circular rumores contradictorios sobre la muerte de Amar, Jyoti Sinha decidió presentarse en una dirección a una docena de millas de distancia para realizar sus indagaciones con una tal Sreela Gupta, directora jubilada de un colegio femenino para familias con bajos ingresos.
«¿Por qué querría entrevistar a la directora?», preguntó Nabin Malakar a sus compañeros de té. Sanatan guardó silencio. Una escena se reproducía en su mente, una en la que aparecían el joven Amar y una chica un poco más joven. Los había visto una tarde de camino al campo de fútbol. Ambos parecían tímidos, pero iban de la mano. Vio a Amar deslizar algo en el bolso de ella que parecía una carta.
«Porque la señora Gupta podría estar emparentada con nuestro Amar», respondió Haripada Bhaduri, que había elaborado el horóscopo de Amar a partir de los registros municipales de su nacimiento, con una sonrisa cómplice.
«¿Emparentada cómo?»
«Su séptima casa estaba afectada por Ketu, lo que significa que Amar bien podría haber tenido una relación inconclusa. Un amor verdadero frustrado por la muerte, que, por supuesto, era una maldición de su octava casa. Pero, ¿quién era entonces esa desdichada joven? Quizá Jyoti Sinha había logrado localizarla después de todos estos años».
Fuera cual fuera la verdad de sus investigaciones, los primeros informes del «Sabueso» enturbiaron considerablemente las pistas, al plantear dudas sobre la verdadera identidad de Amar. ¿Era realmente el famoso revolucionario maoísta que se decía que era? ¿O simplemente una víctima inocente que pagó el precio de la imprudencia de su amigo? ¿No resultaba irónico —escribió en su columna— que el verdadero maoísta estuviera ahora bien instalado en Estados Unidos, mientras que Amar —el inocente— estuviese muerto? ¿Era pues la lápida del mártir un homenaje apropiado al sacrificio por una causa noble o simplemente el símbolo de un asesinato sin sentido? —preguntaba Jyoti Sinha a sus lectores, dejando la respuesta en el aire.
Toda esta ambigüedad resultaba, por supuesto, difícil de resistir, y un grupo de estudiantes de la universidad cercana se presentó con un cuestionario de una página y acosó con sus preguntas tanto a los compradores como a los vendedores del bazar. Quienes no estaban familiarizados con el formato de opción múltiple se negaron a responder, mientras que otros necesitaron explicaciones minuciosas para determinar si consideraban que merecía la pena preservar la memoria de Amar (Sí o No) y si la mejor manera de hacerlo era: A) construir un monumento conmemorativo adecuado, B) crear una página web, o C) organizar una conferencia anual. La baja tasa de respuesta no bastó para desanimar a los investigadores, que, no obstante, perseveraron, sin pensar en detenerse ni siquiera cuando un encuestador desafortunado cometió el error de interrogar a Dashu y recibió a cambio una fuerte bofetada.
*
La llegada de los futuros propietarios de los pisos destinados a sustituir a la villa demolida caldeó los ánimos y confirmó la predicción de Haripada sobre la propensión al conflicto causada por ascendente en Marte. Aquellos que habían pagado un generoso anticipo exigieron la rápida finalización del proyecto y presionaron a Kamalesh Kundu para que acelerara la demolición. Al bajar de sus coches de lujo, los futuros propietarios desfilaron por las ruinas, dando patadas a algunos ladrillos esparcidos y blandiendo los planos de construcción, como los perros que marcan su territorio ante sus rivales. Los más temerarios intentaron arrancar la excavadora, haciendo ruidos amenazantes para ahuyentar a los golfillos que habían formado un círculo de curiosidad a su alrededor.
Como era de esperar, tanta agresividad despertó los peores instintos de los vecinos del barrio, por lo general dóciles, y los acontecimientos que siguieron solo pueden calificarse de lamentables.
Apenas había caído la noche cuando las callejuelas comenzaron a resonar con consignas, mientras un pequeño grupo de agitadores recorría el barrio, enarbolando pancartas dibujadas a toda prisa y repartiendo folletos fotocopiados entre los transeúntes. Haciendo honor a su reputación, la banda de antiguos maoístas, ya entrados en años, no tardó en organizar la resistencia contra las ansias de apropiación de la propiedad. A pesar de las rodillas que crujían y las cuerdas vocales desgastadas, hicieron notar su presencia únicamente gracias su fervor militante e inspiraron a una nueva generación de revolucionarios.
En muy poco tiempo, el barrio se llenó de sociedades secretas, lo cual inquietaba a los padres de los adolescentes, pero le confería el encanto perdido hace tiempo de la exuberancia juvenil. A partir de entonces, los acontecimientos solo podían dar un giro hacia la acción directa para salvar la lápida del mártir, y una piedra aterrizó sobre la excavadora, rompiendo la ventanilla de la cabina del conductor. Casi de la noche a la mañana, las paredes se cubrieron de consignas garabateadas a toda prisa, casi todas con alquitrán y, por lo tanto, imposibles de borrar. Los cánticos de protesta entonados a coro sustituyeron a las series de televisión que se emitían a todo volumen, y los rumores que circulaban por el bazar anunciaban un asalto armado a la villa para apoderarse de ella y convertirla en una comuna obrera. Ya era hora de que la policía hiciera notar su presencia.
En su mayoría, nadie había oído hablar de Ranabir Nandy, el jefe de la comisaría local. joven y atlético, tenía fama de ambicioso, pero no tan violento como otros miembros de las fuerzas del orden. Recién casado, parecía satisfecho con la vida, sin esos signos reveladores del estrés que dejaban a los policías prematuramente calvos y barrigones.
«Debéis encontrar un punto de encuentro entre ambos bandos», le dijo el inspector Nandy a Bidyut Biswas, quien se había autoproclamado portavoz de la coalición ciudadana contra la demolición, tras haber encontrado un renovado impulso creativo. «Como dos equipos que acuerdan un empate porque ninguno puede lograr una victoria decisiva».
«¿Cómo puede haber un punto de encuentro cuando solo los extremos son aceptables para ambas partes?», replicó Bidyut, haciendo gala de una lucidez poco común en un poeta. Si los activistas lograban su objetivo, la piedra permanecería en su sitio, frustrando el proyecto urbanístico que necesitaría su retirada para poder ver la luz.
El inspector flexionó los brazos —era su forma de tensar los músculos— y presentó un contraargumento. «Imagínese ahora que ha conseguido ahuyentar a los propietarios y a Kamalesh Kundu. ¿Y entonces qué? La piedra seguirá donde está, la ruina seguirá siendo una ruina. Se convertirá en un nido de serpientes, en un refugio de drogadictos y delincuentes. Será una lacra para todo el barrio». Tras descansar los brazos, el inspector hizo una reflexión filosófica: «Como la mayoría de las revoluciones, vuestra victoria solo conducirá al estancamiento». A continuación, incomodó a Bidyut con su amenaza velada de prohibir todas las «actividades culturales, principales culpables del caos».
Tras calmar a Bidyut con un té, Sanatan propuso una solución que le había sugerido su nieto, un auténtico genio de los videojuegos.
«Se puede ganar sin matar al enemigo», repitió imitando como un loro las palabras del chico, y luego sugirió una salida al punto muerto:
«A veces, basta con distraer al enemigo para que abandone el campo de batalla. No es en absoluto necesario luchar; basta con una astuta maniobra de distracción».
«¿Cómo distraerlo?», preguntó Haripada Bhaduri, todo oídos. Como astrólogo, era todo un maestro en el arte de la distracción, sobre todo cuando sus predicciones no daban en el blanco, para gran disgusto de sus clientes.
«Haciendo correr el rumor de que la villa está encantada». Recurriendo a su propio ingenio, Sanatan expuso el plan con detalle:
«Podríamos decir que todo el lugar está maldito, habitado por los espíritus atormentados de los antepasados de los propietarios. Podemos inventarnos historias de apariciones sobrenaturales, de gritos que se escuchan en plena noche, de formas fantasmales que juegan al escondite entre las ruinas».
Nabin, que hasta entonces se había mantenido en silencio, negó con la cabeza: «Una casa encantada no se puede asegurar. No beneficiaría a ninguna de las partes».
«Solo la conjunción de la Luna y Ketu en la duodécima casa puede provocar apariciones de fantasmas», dijo Haripada sin mucho entusiasmo, «todo el barrio tendría que presentar esta rara característica en sus cartas astrales».
Al levantarse para marcharse, Bidyut Biswas dio el golpe de gracia al ataúd fantasmal al afirmar que era infinitamente mejor que las ruinas estuvieran plagadas de serpientes que de fantasmas.
El punto muerto resultante de la laboriosa búsqueda de un terreno de entendimiento no benefició a nadie salvo a Dashu, quien, sin que casi nadie se diera cuenta, había plantado una hilera de árboles jóvenes alrededor de la tumba del mártir, había limpiado la suciedad del pavimento que había debajo y había colgado una guirnalda de claveles que había robado del puesto de flores del bazar, todo ello coronado con incienso perfumado.
*
Tras un mes de estancamiento y coincidiendo exactamente con el 50.º aniversario del martirio de Amar, se celebraron dos manifestaciones rivales organizadas por los partidarios y los detractores de la demolición. El ambiente en el barrio, a pesar de la probabilidad de un enfrentamiento, era curiosamente relajado, favorecido por una deslumbrante luna llena que adornaba el cielo de febrero. Los partidarios de la demolición, encabezados por Kamalesh Kundu, habían llegado y se disponían a leer una declaración jurídica en la que se establecía su derecho inalienable sobre la villa. Los hombres con traje y las mujeres con suntuosos vestidos de noche destacaban entre la multitud, difundiendo en la brisa nocturna perfumes de marca que enmascaraban los olores variopintos del bazar. Atado con una correa corta, el pastor alemán de Kamalesh parecía aburrido, girando la cabeza de un lado a otro para seguir a una colonia de ratas que se afanaban en recoger restos de comida en los puestos de verduras. Mientras esperaban pacientemente la llegada del bando contrario, los propietarios se entretenían observando la batalla de cometas que libraban los chicos del barrio contra un cielo que se oscurecía rápidamente.
Con la prohibición de llevar pancartas y cantar canciones, los activistas contra la demolición llegaron con una vela en la mano y desfilaron alrededor de la piedra del mártir como derviches giróvagos. Ellos también esperaban a que Jyoti Sinha fuera a buscar a la directora jubilada, Sreela Gupta, para que se plantara ante sus oponentes y lanzara una última súplica a los codiciosos propietarios para que dejaran la piedra en paz.
A medida que la multitud crecía y el ambiente se convertía en una espera impaciente, Sanatan cerró su tetería y se unió a los demás, sujetando con firmeza la mano de su nieto. Refunfuñando, Nabin Malakar hizo lo propio, descontento por verse involucrado en un proyecto sin resultados tangibles en materia de seguros. Entre los habituales de la tetería, solo faltaba Haripada Bhaduri. Previendo un tumulto general como consecuencia de una luna llena afligida por el maléfico Saturno y el obstinado Marte, se había marchado de allí a primera hora de la mañana.
Cuando Sreela Gupta llegó por fin, iba acompañada de su hijo y su nuera, ambos de mediana edad, y Bidyut la condujo hasta la lápida. La multitud se quedó en silencio. Muchos esperaban que se derrumbara y llorara, recordando quizá su último encuentro con Amar. Otros esperaban que se mostrara combativa, ganándose a la multitud con un discurso apasionado. Pero, inexplicablemente, permaneció de pie como una estatua ante la lápida del mártir, con la mirada perdida, impasible, negándose a pronunciar ni una sola palabra. Jyoti Sinha le dio un suave codazo, al igual que Bidyut, que le susurró unas palabras al oído, pero ella bien podría haber sido un cadáver andante, ya que respondía a las repetidas exhortaciones con silencio.
Entonces Dashu, que se había escondido entre la multitud, saltó sobre muro situado detrás de la lápida del mártir, alzó los puños al cielo y gritó: «¡Viva el presidente Mao!», y siguió gritando a pleno pulmón. El pastor alemán de Kamalesh Kundu respondió con un gruñido y se abalanzó sobre él, a punto de romper la correa, y en medio de la confusión general, se desató el caos. Todo el mundo empezó a hablar a la vez: un propietario trajeado, luciendo unos tirantes extravagantes, leyó la declaración oficial, pero su voz quedó ahogada por los maoístas que coreaban consignas contra los capitalistas inmundos; Bidyut recitó su soneto más reciente por un megáfono, Aruna Dasgupta dio rienda suelta a su dolor reprimido con fuertes sollozos, los padres preocupados reprendieron a sus hijos para que volvieran inmediatamente a casa, y estos se lanzaron a representar escenas improvisadas para honrar al mártir. Con tanto ajetreo, la línea eléctrica aérea se rompió, sumiendo al barrio en la oscuridad. Esto agitó aún más a la multitud, especialmente a quienes temían ser pisoteados en una estampida. Los portadores de velas corrían en todas direcciones, y las llamas representaban la danza de las luciérnagas en la oscuridad. Alguien gritó pidiendo una ambulancia y, justo en ese momento, resonó un disparo salido de la nada; la bala silbó atravesando la multitud y rozó la palma de la mano de Sreela Gupta antes de incrustarse en pleno centro de la lápida del mártir.
*
Al día siguiente de esos acontecimientos, que provocaron un sinfín de condolencias y recriminaciones, surgió casi milagrosamente un compromiso y, como suele ocurrir, fue fruto del ingenio de un capitalista. Una vez retirada la lápida del mártir, Kamalesh Kundu propuso bautizar el nuevo bloque de pisos con el nombre de Amar —Amar por «inmortal», que era, de hecho, el significado literal de su nombre—. Grabado en una placa y empotrado en la pared del nuevo edificio, el nombre escaparía de la ignominia de la acera y del abandono generalizado y, lo que es más importante, permanecería para siempre fuera del alcance de las excavadoras. Era la mejor manera de que Amar Dey lograra una coexistencia armoniosa entre ambos bandos, bajo la protección tanto de los capitalistas como de los revolucionarios.
Los antiguos maoístas, tras un prolongado debate, consideraron que la solución era aceptable, al igual que todo el barrio, incluidos los clientes habituales del salón de té. Con la aprobación del político Bapi Dhar y del inspector Nandy, la demolición comenzó tras un paréntesis de varias semanas, solo para encontrarse con el giro final de la historia.
Tras hacer dos viajes más de ida y vuelta a su casa para ver a sus recién nacidos, el conductor de la excavadora estaba más que dispuesto a empezar a trabajar, pero se vio obligado a detenerse cuando la gigantesca máquina se acercó lentamente a la lápida del mártir. Dashu se había acurrucado para dormir junto a ella, abrazando la piedra como si fuera su madre. El conductor no tardó en darse cuenta de que Dashu había muerto, con los ojos cerrados como si estuviera sumido en un sueño profundo, soñando, y una sonrisa en los labios. Los vecinos se reunieron para contemplar aquel impactante espectáculo, sacudiendo la cabeza ante la inesperada tragedia. No tardó mucho en aparecer una nueva estela, erigida junto a la de Amar, en memoria del mártir Dashu.
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