Lo nuevo como una forma de entrar a la ficción

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Lo nuevo como una forma de entrar a la ficción

Entre mito y mercado: la seducción de lo nuevo como ilusión mental y motor del capitalismo, frente a la crudeza de lo real y su tensión necesaria con la ficción
Foto Bruno Elías Maduro
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Bruno Elías Maduro

Bruno Elías Maduro, nacido en Cartagena en 1971, es un escritor, abogado y filósofo colombiano. Publicó libros de cuentos y novelas tales como Noticias de Mamatoco (2013), La aldea debajo de la montaña (2021) y Juan Camacho o los relatos de un pescador (2021). 
También llevan su firma varios estudios relativos a neuropsicología, filosofía política y pedagogía. Entre ellos cabe destacar Filosofía de la educación e interculturalidad indígena (1995), Filosofía de la cognición (2009) y Teoría del poder (2015).
Y en sus inicios profesionales realizó una importante labor educativa en la Sierra Nevada, fundando varias escuelas.

‘Lo nuevo’ en lo mental implica una ‘mitología’. Una ficción. Pues lo nuevo es una creencia en un hecho que no existe, que se supone va acontecer, que no está ahí, que es venidero, pero que ahora mismo solo es una especie de convicción, es decir, una ilusión. Lo nuevo nos ataca en la mente como algo que busca renovar o sacar adelante lo actual viejo. Por eso lo nuevo de salida nos cae muy bien, aunque en el fondo eso nuevo, después, caigamos en la cuenta que es dañino y causante de un retroceso. Lo nuevo se impone como algo que tiene la apariencia de ser vital y reproductivo, que engendra vida y da esperanza. La idea de lo nuevo es cautivante, atractiva, seductora, interesante y llamativa. La novedad por ser novedad ya nos somete. Pero lo nuevo es una ficción. 
Al usar lo nuevo el mercado nos atrapa. Esta es una de las ventajas que tiene el mundo capitalista que juega con esta debilidad mental de los seres humanos, y nos ha institucionalizado lo nuevo como lo excelente y lo progresivo. Cosa que en el fondo contiene más de ficciones que los sueños de un niño jugando con su oso de peluche. 
La novedad por ser novedad ya nos somete en trance. Lo nuevo es hipnótico. Pero lo nuevo deja de ser nuevo cuando se vuelve cotidiano y constante, su parte interesante se vuelve franca porque se repite y la ilusión sorpresiva, fenece, se agota. Como juguete infantil se extingue y se vuelve directo para el cajón de reciclaje. Esa novedad no es sino una mera ilusión, una fábula. Lo cierto: la cosa concreta y real está alejada de toda idea de novedad. No hay nada nuevo debajo del sol.
El capitalismo se nutre de lo nuevo por lo nuevo. Es como si el mercado supiera en el fondo que lo nuevo nos conmociona. Lo nuevo en el fondo no es nuevo, sino que es una quimera, un espejismo. Muchas veces algo que se presenta como nuevo es solo una copia renovada de lo que ya era, pero para nuestra mente se presenta como algo original y novedoso. Y claro, sorpresa. 
El mercantilismo y el comercio sabe que lo nuevo por ser nuevo ya de por sí es impresionante.  Sobre todo, la institucionalización de lo nuevo tiene un efecto inmediato en la mente de las personas. 
Esta época mercantil se basa en el impacto de lo nuevo por lo nuevo, de lo nuevo como importante, que conlleva incita a desmejora de lo antiguo y lo tradicional. Lo viejo se ve como dañino y perjudicial, como decrepito. La vejez humana cae en esa desgarradura del prejuicio comercial. El joven es valorado, no por la juventud, sino porque es nueva fuerza, como si esa nueva fuerza solo tuviera las formas de mantenerse. Lo nuevo es el envoltorio de algo que se presenta innovadora, pero después, lo más probable es que desencante. 
Al lado de lo nuevo está la decepción. Es algo normal. Porque eso nuevo que venía a arreglar todos los problemas, terminó mostrando su cara real y verdadera. Cuando esto último sucede, las expectativas se derrumban. Aprendemos que el contenido del paquete es muy diferente al envoltorio, al celofán que lo cubre. Lo nuevo es una debilidad humana en cualquier área de su vida porque viene prefabricada en la ficción infantil que nos ha quedado, y hace parte de nuestras mitologías. De nuestras debilidades.
Por otro lado, está lo que existe. Lo real, que es crudo, cruel, riguroso, inclemente y severo, y muchas veces atroz, feroz. Brutal. Lo real no es compasivo, es real y listo; lo real no le importa que lo aceptes o no, se mofa sino lo aceptamos, es lo real y cierto, puedes tenerlo por falso y no se inmutará. Como si ese algo supiera que es real y no tendrá como valía su desvalorización. 
Lo real, a pesar de su crudeza, porque es real, se edifica en lo cierto y concreto que está alrededor de nosotros. Sobre lo real, no solo está lo natural, sino también hay una gran cuota de la cultura y la civilización en él. Lo real se levanta no solo en la cosa material, también sucede su representación de realidad en la mente. 
El cazador y el agricultor son ejemplos del esfuerzo humano por doblegar lo real. Al cultivo de la tierra no se va desrealizado y llenos de sueños y fantasmas, se va con la mano concreta a trabajarla. A sacarle provecho. Lo real no es lo contrario de la ficción sino su complemento. La tierra cultivada necesita de realidad y ficción: ambas. A la tierra no va el agricultor solo con ficciones, como sucede en el arte, a la tierra el hombre va con el azadón y el arado. (Cómo si estuviera en una guerra cotidiana), aquí se necesita del trabajo físico, del trabajo concreto. 
Entre lo real y lo ficticio, que es ineludible, el agricultor consagra su vida al trabajo y al esfuerzo de los días, él llena el granero de trigo o maíz, con el fruto de sus manos; la hace, no con mitos, sino con algo real. 
Pero el agricultor para llegar al fruto de su tierra, fungible y comestible, ha sufrido un tiempo para que ese trigo se vuelva grano comestible. Pan. Ahora bien, para soportar ese trabajo y ese esfuerzo le ha tocado tomar como ayuda a la ficción, a la ilusión. Lo real solitario es agudo, demoledor y destructor para la mente humana. Por eso para sacar los frutos de la tierra, el agricultor necesita cantarle, versificarla, arrullarla. Hablarle.  Detrás del trigo y el pan está la ilusión del arte que lo acompaña para que el hombre que se esfuerza sienta algo de felicidad mientras dobla el lomo. La vida real no es fácil, pero si hay ilusiones, lo real se vuelve dúctil. 


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