Una noche en el hotel Simorgh*
Es verano en el hemisferio norte e invierno en el hemisferio sur. Un motivo más que suficiente para fusionar el verano y el invierno en Literatur.Review durante el mes de agosto, publicando relatos inéditos o nunca traducidos procedentes del norte y del sur de nuestro planeta.
Maryam Al-Attar es una poetisa y traductora originaria del sur de Irak. Nacida en 1987, es miembro de la Unión de Escritores y Poetas de Irak y ha participado en numerosos festivales de poesía tanto en Irak como en el extranjero.
Ha publicado tres libros de poesía: Wa’d (2013), Shatā’im majjāniyya (2016) y Akalū rummānata katifayhā (2024).
Es conocida, sobre todo, por su labor de traducción de la literatura persa contemporánea al árabe, gracias a la cual ha contribuido a dar a conocer al público araboparlante varias voces poéticas destacadas.
Entre sus traducciones figuran antologías de poesía persa y afgana, así como las obras completas de poetas de primer orden, como Forough Farrokhzad y Ahmad Chamlou. También ha traducido numerosas obras de poesía y novelas, publicadas por editoriales árabes e internacionales.
Conozco esta repetición. Hace ya muchos años que mi cuerpo se ha acostumbrado a ella. Me desvío un poco, pero luego vuelvo a la misma rutina: al amor que me hace bella en los espejos e inmortal, a la docilidad de mis manos, a la obstinación del instinto y a su represión… reprimirlo para parecer serena y plena. Me pierdo y reconozco mi desorientación mientras doy vueltas y vueltas para enfrentarme a lo que ya he afrontado.
Una vez me quedé dormida sobre el músculo de un brazo y soñé que era una estrella, una estrella cristalina en una inmensidad donde no había nadie que reprendiera al corazón por sus tropiezos.
Una vez me tumbé en una isla y soñé que era una sirena que peinaba sus largos cabellos en la playa, y que a los peces dorados les preocupaba infinitamente por su suerte.
Una vez, abrí una ventanita y me perdí en una calle larga. Al volver, descubrí que la casa de mis padres había cambiado, que su número de teléfono también, y que hasta el olor de mi padre ya no era el mismo. Vi mis libros tirados en la acera y entonces comprendí que había crecido… que había crecido hasta tal punto que mis hermanos me consideraban una vieja bruja. Incluso después de quitarme el maquillaje de la cara, me encerraron en una habitación, en una casa que ya no guardaba ningún vínculo con mis recuerdos.
A través de una rendija, el cielo me ofrecía la mitad de un sol y la mitad de una luna. Desde entonces me he dedicado a las mitades, en una tierra que pertenece a mis antepasados, con sus calles, sus ríos, sus cines, sus tribunales, sus estaciones, sus hombres, sus niños, sus parques de atracciones y sus tiendas.
Las mitades son mías. Nada me ha enseñado a conseguirlas, salvo la espera. Pero quien espera permanece en silencio: no sabe por dónde empezar e ignora cómo terminar. La espera congela todos los deseos. Puede transformarlos en anhelos, en deseos aplazados, en historias que nunca sucederán para ser contadas.
La espera es la hermana de la repetición original. En la repetición, todo está vivo, incluso los muertos. Y tanto la espera como la repetición engendran la ilusión.
Yo, que prodigo las mitades, atrapada en una repetición monstruosa y una espera interminable, llevo en mi interior deseos suspendidos. No merezco otra cosa que ser contada… Quiero que cuentes mi historia.
He escrito este texto esta mañana, Yusuf, como reflejo de un sueño que tuve anoche. Soñé que estaba en Irak, de vuelta de un largo viaje en el que todo me era ajeno. Yo me resistía y me repetía a mí misma en el sueño: «Maryam, están atrapada en los laberintos de una pesadilla. Tienes que despertarte para arreglar todo este desastre».
Entonces me desperté y comprendí que estaba lejos de Irak, y que tú tampoco estabas allí.
Recordé la época en la que aún vivías allí. Te habías adaptado, te habías resignado a todo por lo que estábamos pasando. Tu sueño era el teatro, la puesta en escena en una tarima de los textos que escribíamos. Y me llegaste al corazón cuando nos vimos, hace un año, al verme suspirar y mirarme largamente mientras palpabas los bordes de la mesa y deslizabas los dedos sobre el mantel blanco que la cubría. Entonces me dijiste:
«Maryam, me he rendido. Puede que pronto abandone el país, junto con todos los jóvenes que se están yendo estos días, y no volveré nunca más».
Tus ojos rebosaban generosas lágrimas. Sonreíste con amargura y luego recitaste unos versos de Eliot, aquellos que solíamos repetir en el instituto porque nos parecían muy hermosos. No sabía que algún día los volveríamos a recitar para describir nuestra propia realidad:
«Así acaba el mundo,
así acaba el mundo,
no con un estruendo,
sino con un gemido».
Tu voz se volvió un susurro cuando continuaste relatándome lo que te había sucedido la víspera:
«Fue una noche nefasta, mi amor. ¡Esos hombres entraron en el teatro, los enmascarados! Destrozaron la escenografía de la obra e incendiaron todo lo que mis compañeros y yo habíamos construido… No tengo sitio aquí. No sé hacer otra cosa que actuar, y ellos están luchando contra eso».
Entonces intenté consolarte. Pensaba que tu partida no era más que una idea a la que te aferrabas en momentos de desesperación. No sabía que realmente te habías rendido, que tu corazón ya no tenía fuerzas para seguir resistiendo.
Después dejé de tener noticias tuyas. Así, con una facilidad desconcertante, tu presencia se borró de las sillas del café donde solíamos vernos.
Yo también acabé con la idea de tu presencia, esa presencia que me era tan familiar. Ya no quise enfrentarme a ella. Después, busqué excusas para justificar que no me hubieras avisado de tu marcha. Unos meses más tarde, quizá porque eras incapaz de enfrentarte a mí, llamaste a mi hermana. Fue ella quien me contó que te habías ido hacía meses y que ahora vivías en un campo de refugiados en Alemania.
En cualquier caso, el texto que aparece al principio de esta carta lo escribí en la sala de espera antes de la entrevista en la embajada. Lo redacté a toda prisa y decidí enviártelo desde aquí, porque pregunté por el servicio postal y aquí funciona. Así que debería llegarte en menos de una semana, y ya me dirás qué te parece.
No me gusta enviar este tipo de cosas por Internet. Tú y yo sabemos que los documentos escritos tienen un encanto irresistible. Quizá, cuando tu situación haya mejorado, vuelvas al teatro y estas palabras salgan de tu boca en alemán.
Cuando entré en la sala de la entrevista, vi tras el cristal a una mujer rubia de pelo corto, sentada detrás de la ventanilla. Su mirada era normal y sus rasgos serenos.
Me preguntó:
—¿Cuál es el motivo de la invitación?
Le expliqué mi situación. Luego me preguntó por ti. Dijo en un tono más alto:
—¿Quién la ha invitado a Alemania? ¿Qué relación tiene usted con esa persona?
Poco a poco, empecé a hablar de ti.
Es agradable hablar de ti. De donde vives, de nuestra correspondencia constante, nuestros sueños aplazados y de cómo te conocía antes de que te fueras.
Preguntó:
—¿Dónde se alojará durante su estancia?
Recordé cómo me habías descrito tu habitación, al amigo con el que la compartes y tu talento para la cocina. Pero me limité a darle tu dirección.
Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, una sensación dolorosa me oprimía el corazón. Sabía que ya no dormimos a la misma hora, que ya no compartíamos el mismo cielo, que el calor de este lugar me hacía infeliz, mientras que a ti quizá te molestara el frío de allí.
Pero le hablé de otros momentos felices que compartimos, porque tenemos bastantes… Entonces recordé que no debía extenderme demasiado en detalles que nadie me había pedido.
Tras un instante de silencio, su voz me sacó de mis pensamientos:
—Firme aquí, al pie de esta hoja.
Salí del edificio con cuidado, para no empujar con el hombro a la gente que hacía cola delante de la puerta. Preferí caminar hasta el final de la calle.
Allí había una enorme residencia de ancianos, rodeada de un gran espacio arbolado y una verja de hierro alta y resistente. Pero los muros eran bajos, de modo que esa mañana pude ver a algunos residentes que paseaban por los senderos.
Los envidié.
Ahí estaban, viejos, débiles, incapacitados. Ya no tenían que desplazarse, ni viajar, ni defender su vida ni sus sueños. Con qué sencillez habían encontrado el lugar destinado a convertirse en su último refugio…
Yo, en cambio, seguía rodando por la pendiente de aquella calle construida sobre las montañas, como una burbuja que giraba y amenazaba con estallar en cualquier momento.
Hoy también he pasado por la antigua librería Khosro, aquella que visitamos juntos una vez. Este hombre posee un talento asombroso para acumular libros raros. Parece como si volviera de una época lejana, trayendo a sus clientes tesoros entrañables, antes de desaparecer para regresar con otros títulos.
En una de las estanterías vislumbré un libro de Rilke, el poeta al que mató una rosa. Se trataba de una edición antigua titulada Geschichten vom lieben Gott (Historias del Buen Dios y otros relatos).
Lo abrí y hojeé sus páginas con curiosidad, hasta que el señor Khosro se fijó en mí y me dijo que le encantaba ese libro, porque le había marcado durante su adolescencia. A continuación, me expuso su idea fundamental: la muerte puede ser la culminación del canto, no su interrupción.
Me contó brevemente la historia.
Era, según decía, la historia de un hombre pobre de un pueblo ruso llamado Timofei, que vivió una vida tranquila, trabajando con sus manos y cantando para sí mismo canciones sencillas mientras trabajaba o iba de camino.
Para los habitantes del pueblo, su voz era tan familiar como la luz del día. Cantaba sin que nadie prestara realmente atención a sus letras, como si su voz fuera una prolongación de la naturaleza.
A medida que envejecía, sintió que se acercaba su fin. Una tarde, se sentó frente a su casa y empezó a cantar una canción que nunca antes había cantado. Una canción que abarcaba toda su vida: los campos, los caballos, los pajaritos, el calor de la estufa e incluso las pesadas nubes que se cernían sobre las llanuras.
Y mientras su voz subía y bajaba, el canto se volvió más profundo que las propias palabras, como si entregara su vida al aire y a la melodía.
Al final de la canción, su voz se apagó suavemente, como una lámpara al amanecer. Murió sonriendo. El pueblo no se dio cuenta hasta que la canción se redujo al silencio.
Lo escuchaba como una alumna principiante, uniendo los hilos de la historia con la realidad, preguntándome cómo Rilke había podido describir la vida con una mística a la vez tan profunda y tan sencilla, hasta el punto de convertir su agotador recorrido en un simple canto, o incluso en una canción abandonada en el aire.
Le sonreí, porque en unos instantes me había permitido reunirme con él, con Rilke, con el viejo Timofeï y contigo en un mismo lugar.
Esa es la huella que deja en nosotros un libro. Ni el idioma ni el tiempo pueden impedir lo que sentí en ese momento.
Iba a comprarle varios libros, pero recordé que mi estancia era temporal, que todo es temporal y que quien está de paso no debe sobrecargar su maleta.
Me consolé imaginando lo mejor: los libros que nos esperan allí, las películas que aún no hemos visto, las calles que nos esperan para que las recorramos y una ciudad que, al final, nos acogerá.
Cuando salí de la librería, ya había caído la noche. Aceleré el paso entre la gente que regresaba a casa. Me sumergí en su torbellino para poder imaginarme como una más de ellos, alguien a quien esperaban una familia y un hogar.
Caminaba rápido, mientras el olor de los libros antiguos de la librería Khosro me envolvía en una nostalgia íntima y maravillosa.
Volví al hotel. No recuerdo haber atravesado el vestíbulo ni haber entrado en la habitación. Mi único objetivo era sentarme en la silla, frente a la mesa, para escribirte.
Y aquí estoy, escribiendo desde una ciudad abarrotada, llena de ruido tanto de día como de noche. Aquí, los obreros trabajan sin descanso las veinticuatro horas del día. Las escuelas, con el volumen de sus altavoces, perturban continuamente la quietud de la mañana.
Oigo la voz del director advirtiendo a los alumnos y prometiéndoles un futuro radiante si le obedecen, y luego se alzan las voces bulliciosas e infantiles de los chicos.
Me molesta, pero les sonrío en secreto.
Sabes cuánto me gusta el amanecer y la mañana que le sigue. Aquí, sin embargo, me veo privada de la pureza del amanecer y del silencio que antes disfrutaba.
Sé que soy injusta con esta ciudad al describirla así, pero es una ciudad en la que nada se parece a mí, ni el olor a aceite de sus fábricas, que se escapa a las calles y se cuela sin piedad en las fosas nasales, ni sus mujeres y sus hombres, siempre absortos en conversaciones en torno a ganar dinero y llegar a fin de mes.
Y tú sabes que yo llamo al dinero «esos papeles de colores llenos de dibujos feos».
Cansada de estar sentada detrás de la mesa, cogí los papeles y me tumbé en la cama blanca, que olía a cloro, sobre esa sábana cuyo tacto quizá ya hubiera cubierto cientos de cuerpos antes que el mío.
Apagué la lámpara. Entonces me fijé en el halo que venía de la calle y en mi aislamiento en aquella habitación vacía.
La mitad de mi cuerpo estaba prisionera de la blancura de la cama. Sobre la otra mitad se deslizaba, a intervalos regulares, el reflejo de los faros de los coches. Atravesaba el cristal de la ventana, acompañado del ruido de los vehículos que circulaban a toda velocidad, como un grito violeta en plena noche.
Tuve la sensación de haber interpretado numerosos papeles a lo largo de ese día. Papeles que habían mancillado mi rostro y modificado decenas de veces el tono de mi voz, en un guion mal escrito y bajo una máscara que no lograba convencer a los demás.
Las palabras de mi lengua árabe brotaban involuntariamente cada vez que intentaba hablar en su idioma. Tenía que introducir mis datos en dispositivos digitales que no sé utilizar, enfrentarme a la irritación de los empleados, volver a empezar decenas de veces…
Una operación que parece sencilla en su rutina diaria, pero que para mí resulta extremadamente difícil.
Llegué incluso a pensar que sería incapaz de explicar lo que me estaba pasando a un simple empleado cuando me llamaba por mi nombre y yo no lo reconocía hasta que lo había repetido varias veces por el altavoz.
Porque, sinceramente, ¿cómo decirle que tengo dos nombres de pila, dos apellidos, dos pasaportes y un documento de identidad?
¿Cómo explicarle que este lugar, que a ellos les aburre y les impacienta, para mí es tan extraño como la entrada a una cueva misteriosa, y que no llegué aquí hasta ayer?
¿Cómo decirles que, desde ayer, me estoy aprendiendo de memoria una frase para presentarme, y que he practicado recitarla manteniendo una expresión normal?
Frases que la mayoría de los inmigrantes ensayan antes de la entrevista, escenarios inventados que solo los inmigrantes conocen entre sí, como si fueran una lengua recién nacida, desprovista de patria, que se habría ido formando a lo largo de los años entre quienes pasan de un país a otro.
Recordaba aquel maldito texto que me había aprendido de memoria, mientras en mi cabeza se agolpaban multitud de direcciones y llevaba encima más documentos acreditativos que los dos países juntos.
Déjame pulsar, en mi memoria, el botón de avance rápido de la bobina que graba los acontecimientos del día, para llegar a ese preciso instante.
Ahora es medianoche, y, prácticamente, no soy nadie.
En una noche como esta, en homenaje a todos los nombres que me han sido atribuidos, ya no tengo ni nombre ni apellido que me remita a un linaje o a unas raíces.
Pienso en lo agradable que sería presentarnos a través de lo que nos gusta: la lista de nuestras canciones favoritas, las películas que nos han marcado, los cuentos clásicos que nos han formado, los poemas que nos han maravillado hasta el punto de aprenderlos de memoria.
Incluso el rostro de la persona a la que amamos podría decir más de nosotros que todas esas cifras y todas esas huellas dactilares.
Sin embargo, sé que lo que guardo en mi memoria y lo que me gusta no le interesa absolutamente a nadie.
Giro la cabeza hacia el otro lado de la cama. Contemplo durante un buen rato el cuadro que tengo frente a mí. Es la reproducción de una obra de Modigliani: una mujer recostada contra una silla, con el cuello largo, cuya mano esboza un gesto sumamente femenino.
¡Ah, los ojos! Por supuesto, no están pintados.
Recuerdo la frase que se le atribuye:
«Cuando conozca tu alma, pintaré tus ojos».
Entonces se me caen las lágrimas y siguen cayendo sin motivo aparente, como si llorar en una habitación de hotel fuera algo inevitable.
Un hotel es, sin duda, un lugar extraño. Habitaciones cúbicas, estancias temporales, huéspedes convencidos de la puntualidad de las salidas que dejan aquí sus recuerdos para ir a crear otros en otros lugares.
Yo no creo en los hoteles. No creo en las despedidas ni en la justicia de este mundo. Tampoco creo en el intercambio de dinero para conseguir nada.
Este cuaderno en el que te escribo ahora, por ejemplo, sería si hubiese entrado y la librería y le hubiese dicho al dependiente que quería un cuaderno de páginas en blanco para escribirle a un amante lejano, ese hombre del que me separé hace años y que sabe muy poco de mí.
Le habría dicho que soy inmigrante y que es mi deber documentarlo por escrito. Que, en lugar de darle dinero, podría contarle un recuerdo importante para mí, un recuerdo que me impulsa a escribir.
Le habría explicado que escribir es un deber para todo emigrante, porque cada noche cambiamos de almohada según el capricho de las leyes y los gobernantes de nuestros países.
Y así, sencillamente, el vendedor se habría convertido en un oyente y un compañero.
Quizá sea una mujer soñadora, pero valoro el tiempo y la vida que paso en este planeta.
Me gustaría, en lugar de estar encerrada en habitaciones provisionales y ciudades sucias, estar recostada contra un árbol, tocando la hierba y observando a un cuervo que revolotea mi alrededor y al que, de vez en cuando, lanzo unos trozos de pan, ¡sin tener que preocuparme en acreditar mi identidad!
Yo y los demás merecemos llenar nuestros pulmones de aire puro y pasar lo que nos queda de vida en un lugar impregnado de pureza y claridad.
Merezco contemplar las ciudades desde las alturas, como si fuera un pájaro primitivo que viviera entre los dinosaurios. Me gustaría dar testimonio para el futuro de lo que preocupa a los hombres y burlarme de sus afanes.
Evidentemente, no soy una profetisa. Pero sé que es «la última vez que vivo».
Estoy cansada de renacer cada mañana en una ciudad de la que no guardo ningún recuerdo. Cansada de dormir en una zona cero, de empezar desde cero y de buscar refugio en el cero.
El cero no es un número. Llora mucho y solo adquiere valor cuando otra cifra se coloca delante de él.
Mi amado lejano, quizá no volvamos a encontrarnos, pero te lo advierto: vive.
Ninguna felicidad merece que uno sufra por ella.
La felicidad llega de improviso, como el amor.
Así que vive amando, sin sufrir.
+++
*El Simurgh, ave mítica de la tradición persa, simboliza la sabiduría, la transformación y la renovación. Su nombre evoca las palabras persas que significan «treinta pájaros» (si morgh), un juego de palabras central en La conferencia de los pájaros de Attar. El nombre persa fue elegido en referencia tanto al poema de Attar como al Shahnameh de Ferdowsi, así como por la antigua asociación del Simurgh con la renovación y el renacimiento.
¿Le ha gustado este texto? Entonces, ¡apoye nuestro trabajo con una contribución única, mensual o anual a través de una de nuestras suscripciones!
¿No quiere perderse ningún texto de Literatur.Review? ¡Entonces suscríbase aquí a nuestro boletín informativo!