El hippie de la orilla del lago

El hippie de la orilla del lago

La etnóloga Heike Behrend analiza la figura de un profeta provinciano alemán que, a comienzos del siglo XX, regentaba un «jardín del paraíso» con fines comerciales en la región de Altmark
Foto Heike Behrend
Bildunterschrift
Heike Behrend
Buchcover Gespräche mit einem Toten

Heike Behrend | Gespräche mit einem Toten | Matthes & Seitz | 312 páginas | 28 EUR

«Antropología de proximidad» es la denominación que Heike Behrend otorga al método con el que en su libro Gespräche mit einem Toten (Conversaciones con un muerto), intenta evitar el término «Heimat- und Volkskunde» (estudios de la patria y del folclore), contaminado por su asociación con el periodo nacionalsocialista. En el área donde se centra su estudio, constata con asombro que la palabra Heimat (patria) no se percibe como un término cargado de connotaciones negativas en Altmark, una región marcada por la RDA, un paisaje cultural situado en el centro de la frontera interalemana en el triángulo formado por las ciudades de Salzgitter, Wittenberge y Stendal. Para esta etnóloga de Alemania Occidental, formada en el espíritu del 68, esto supone, en un primer momento, un reto inesperado.

Behrend, nacida en 1947 en Stralsund, solo conserva vagos recuerdos de las visitas veraniegas que hacía de niña a la casa de su abuelo en el lago Arendsee. En 1953, la familia se trasladó de la Alemania Oriental a la Occidental. Solo varios años después de la reunificación regresó por primera vez al lugar de su infancia. Entre ambos momentos median décadas de investigación de campo en África Oriental, sobre todo en Kenia y Uganda, que la han convertido en una de las etnólogas germanoparlantes de mayor prestigio.

En África, Behrend se ha dedicado durante mucho tiempo al estudio de los «profetas carismáticos». Ha investigado, en comunidades concretas, cómo reaccionan las sociedades ante las crisis, cómo se expanden los nuevos movimientos religiosos y qué papel desempeñan en ese proceso la fotografía y otros medios de comunicación. Equipada con las herramientas de una brillante trayectoria académica, emprende ahora el viaje de vuelta a casa. «Pensar en la Altmark desde África», así describe Behrend su método. Con él, intenta rodear la figura de un personaje histórico que, incluso dentro del llamativo universo del movimiento Lebensreform (reforma de los modos de vida) de finales del siglo XIX, destacaba por su singularidad.

Gustaf Nagel, el profeta del Arendsee, era sin duda un nacionalista alemán, misógino y antisemita. Las condiciones ideales, pues, para labrarse una carrera razonablemente exitosa en el Imperio alemán de la época guillermina. Sin embargo, tras la temprana muerte de su madre, el joven Gustav interrumpe bruscamente su formación como comerciante. Inventó su propia ortografía, sustituyó la «v» de su nombre por una «f», adoptó una dieta estrictamente vegetariana y se autoproclamó sanador sin formación ni título alguno. Pronto empezó a presentarse como el Elegido, como un profeta a través del cual hablaba Dios.

Behrend describe la transformación mesiánica de un joven al que siempre se le había considerado frágil de salud, a partir de una gran cantidad de postales en las que el profeta, dotado de gran sentido de los negocios, se presenta regularmente de forma profesional. Al igual que otros reformadores de su época, era partidario del naturismo, si bien en su caso no era expresión de una nueva moral sexual liberada. La desnudez simboliza la «curación a través de los poros libres». Forma parte de un novedoso culto a la pureza y la abnegación. En las numerosas imágenes reproducidas en el libro se ve a un hombre que sabe satisfacer hábilmente los deseos de una clientela predominantemente femenina, sin traspasar en exceso los límites del buen gusto de la época. Este profeta hecho a sí mismo y siempre descalzo, juega con la imaginación de su clientela. En ninguna de las representaciones aparece completamente desnudo, pero rara vez lleva más que un taparrabos o una toga.

Es probable que estas imágenes no sirvieran únicamente como un medio de la época para difundir el profetismo de Nagel. También servían como material publicitario para su «Jardín del Paraíso». A orillas del lago Arendsee había inaugurado en 1910 un parque temático privado y comercial en el que los visitantes, previo pago de una entrada, podían visitar un templo, grutas, esculturas y una piscina al aire libre. El precio solía incluir una aparición sorpresa del propio anfitrión, que recitaba sus poemas visionarios ante el templo o junto a alguna de las grutas. Se dice que algunos días llegaba a producir como en un trance hasta 30 de estos textos, a menudo de carácter mesiánico.

Behrend no deja de sorprenderse ante la ambivalencia de las acciones de su protagonista: muchos de los textos de Nagel son abiertamente misóginos y homófobos. Sin embargo, en sus escenificaciones fotográficos aparece sistemáticamente vestido con ropa de mujer. Desde la perspectiva actual, según Behrend, incluso se le podría describir como un «precursor de la identidad queer». Ni siquiera su antisemitismo, claramente expresado en sus escritos, le impidió ayudar a los judíos perseguidos durante la época nazi.

En su libro, Behrend aborda la figura del «profeta del Arendsee» desde distintos ángulos, sin pretender descifrarla por completo. Describe lo visible y trabaja con fuentes, pero en ocasiones también formula hipótesis e incorpora de manera constante sus propias experiencias al relato. De este modo, ella misma se hace presente a lo largo del texto y los lectores descubren su frágil amistad con la profesora e investigadora local Christine Meyer, así como los persistentes malentendidos entre el Este y el Oeste que amenazan dicha relación.

Incluso después de casi trescientas páginas, el personaje de Gustaf Nagel sigue resultando relativamente difusa. Hoy en día cuesta entender que este hombre barbudo, enamorado de sus propias puestas en escena, llegara a gozar de una notable popularidad en su época. A diferencia de la mayoría de los reformadores, no era partidario de la economía del bien común, la abolición de la propiedad privada ni los modelos cooperativos. La naturaleza no le interesaba especialmente y consideraba superfluos los esfuerzos de emancipación de las mujeres. A juicio de Behrend, Gustaf Nagel representa una nueva forma de profetismo: un profetismo «fundado en un séquito compuesto principalmente por compradores y clientes».

Resulta significativo que, según él mismo afirmaba, llegara ser durante algún tiempo el mayor contribuyente de la ciudad de Arendsee. Pero, a pesar de su extraordinaria habilidad para los negocios, nunca dejó de ser un marginado social. Su entorno lo castigó por ser diferente. Ya en agosto de 1900, fue declarado legalmente incapaz a instancias de su padre. Aunque tres años más tarde el Juzgado de Primera Instancia de Arendsee revocó aquella decisión, ese episodio no fue más que el preludio de un enfrentamiento permanente con las instituciones del Imperio alemán, de la República de Weimar, del régimen nazi y de los primeros años de la RDA. Bajo todos estos regímenes fue considerado un alborotador, detenido en repetidas ocasiones y encarcelado durante breves períodos. En 1943 ingresó como prisionero en el campo de concentración de Dachau y posteriormente trasladado a un manicomio. Tras el final de la guerra, fue reconocido en la zona de ocupación soviética como «víctima del fascismo», pero en 1950, apenas un año después de la fundación de la RDA, fue ingresado de nuevo a instancias de la Seguridad del Estado en el manicomio de Uchtspringe. Allí falleció en 1952, a los setenta y siete años.


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