Silencio del Preludio en Do mayor

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Silencio del Preludio en Do mayor

Cinco poemas de Argelia
Foto Radhia Toumi
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Radhia Toumi

Radhia Toumi es una poeta, cuentista y académica argelina. Es profesora de traducción en la Universidad de Batna 2. 
Escribe en árabe y francés. Ha publicado dos poemarios, entre ellos Tasalluqu ḥurr munfarid y Zerda. También es autora de una colección de relatos cortos, Limādhā ismuhā Fāṭima? Se encuentra entre las voces más destacadas del panorama literario argelino contemporáneo.

¿Escucha Dios la oración?
Estábamos allí,
asignados a este lugar.
Nuestras pisadas han dejado su huella en él,
y nuestros zapatos, que nos llevaban,
graban en su cuero gastado
cada carretera, cada camino, cada calle.

Estábamos allí,
la patria encogida en la palma,
y expandida en el corazón.

Y aquí estamos, hoy, aquí,
en una patria rebosante de existencia.

Estábamos soñando.
El sueño persiste,
sin tregua.
¿Mueren los sueños?

No hemos olvidado el camino
cuando habló
a nuestros pies agotados,
a las muletas de la esperanza,
a los carros cargados de ángeles.

Miramos sin ver,
escombros y cuerpos,

una asfixia en el ojo amoroso

Oh ciudad sitiada,
Judas y los suyos entregaron, vendieron.
No des tu secreto a nadie.

Ciudad truncada,
levanta la cabeza.
Ayer, allí estabas.
Hoy, aquí estás,
ofrecida al fuego, a la ruina.

Tus ojos empañados.
Y yo te pregunto:
¿Escucha Dios la oración?

 

Una muerte no basta
La herida, eternamente abierta,
te ha obligado
a desarraigar tus sentimientos
y enterrarlos en un frío odre.

¿Quién querría morir dos veces, tres veces, cinco veces,
o más?
Y sin embargo morimos dos veces, tres veces y más,
y luego nos levantamos de nuevo,
para volver a morir.

La muerte es una hidra con muchas cabezas.
Tienes que beber de varias muertes,
y, entre una y otra,
vives una vida diminuta,
como una bocanada de aire que te llena el pecho antes de la zambullida.

El cuerpo se convierte en una bestia dócil,
llevando la primera muerte, la segunda, la tercera,
y, en cada temblorosa cita,
el cuerpo arranca su propio cadáver
para llevar la segunda, la tercera, la cuarta.

Felices aquellos
que murieron y luego sintieron, en sus venas,
surgir la savia de la vida.
En sus cuerpos,
las huellas de las mordeduras de la muerte,
sólo ellos, la mayoría de las veces, las ven.

Sus ojos son puertas abiertas:
si te quedas allí,
una corriente de mar sordo te absorbe,
y nadie oirá el grito de tu alma desnuda
mientras te corta las alas de raíz.

Allí verás a los muertos,
estresando aliento y quebranto
en una estera,
con cuya punta juega el viento.

Una muerte no basta
para saltar a la cima del dolor,
para enterrar el recuerdo de su traición,
para enjugar tu sangre derramada,
para zurcir tu corazón desgarrado.

Una muerte no basta.
Hacen falta innumerables muertes
para mirar a la vida a los ojos
desde el hombro de la hidra de muchas cabezas.

 

Los que parten
Todos los que parten
dejan sus poros abiertos
para que respiren los vivos,
el olor de la boda de la tierra y la lluvia.

Todos los que parten 
dejan sus vasijas vacías
para que nosotros las llenemos de agua y pájaros.

Todos los que parten dejan entre su orilla agitada
en nuestros sueños nocturnos,
y la nuestra, abrasada por el sol,
una cuerda que tiembla
cada vez que lloramos,
cada vez que guerreamos
y devoramos la carne de nuestros hermanos.

Todos los que parten han dejado
los hilos de un relato inconcluso,
y han posado sus dedos en sus bordes
para sentir su cuerpo
en el momento de la sutura.

¿Se han ido de verdad,
o somos nosotros los que nos hemos ido?

Esta silla vacía,
esta cama fría,
este traje habitado por el aire,
este vestido balanceándose en el armario,
y este perfume, pegado como la piel
al muro de la memoria,

y este beso en la mejilla,
y esta mirada que se lanza sobre ti
y jadea,
pues eras tú quien cortaba la cuerda.

Todas los que parten permanecen
en un cuarto oscuro
en lo profundo de nosotros.

¿Cerraremos la puerta
para que los labios callen?

Los que parten renuncian a todo
y, antes de irse,
entregan a cada uno una fortaleza de sombras
para que erremos
Y llamemos mil veces a la puerta del corazón

 

*Preludio en Do Mayor es una pieza compuesta por Johann Sebastian Bach

Silencio del Preludio en Do Mayor*
En un mediodía
que aflojó los brazos,
las patas de las abejas cayeron
en el regazo de una pieza de Bach,
donde el jazmín se inclina
hacia los dedos que rozan,
de vez en cuando,
la piel de las teclas
de un piano acostumbrado a los bailes.

Entonces las notas temblaron como un vapor,
sacudidas por el eco de un grito oscurecido.
Pasos murmurados se acercan,
luego se detienen
en un pozo sin rostro.

Allí, los alientos se envuelven
en tinta negra
que abraza los oídos con su noche
para no oír los techos que se derrumban,
ni ver volar las paredes
desgarradas por la tormenta.

Las casas no llevan abrigos,
están desnudas,
admitiendo su fragilidad,
exponiendo su intimidad a pesar de sí mismas.

En el salón que ha dicho adiós a las paredes,
en la ciudad cuyo techo ha volado,
yace un piano lisiado,
con los dedos amputados,
y las hojas aferrando contra sí mismas
la melodía que lucha
por mantener su alegría.

La puerta arrancada
se abre a una cama agujereada
que se ha tragado todos los llantos.

El piso no tiene puerta.
No alberga ni marido ni mujer ni hijos.
Sólo quedan las sombras de un calor apagado,
y los besos que un M16 retuvo, cañón sobre la sien.

El piano intenta no ceder.
Apoya su espalda en su dignidad,
recuerda su danza sobre acordes apacibles,
un preludio en do mayor,
para resistir.

 

La lengua que necesito
Necesito una lengua
que desnude las piernas,
cada vez que descienda al río,
una lengua que, cuando se hunda
en el mar de sus faltas,
respire como una ballena.

Necesito palabras como el agua,
la soledad del hielo,
la levedad del vapor,
la danza de las olas en alta mar.

Necesito una lengua
que profiera todos los tabúes
en solo de violín,
que baile, gitana habitada de ojos de serpiente,
y rece como una reclusa
en la espesura de la noche.

Este lenguaje que habla en silencio,
cargada con el trigo del amor,
y cuyo suelo es la suavidad de la luz
reflejada en la pared
a primera hora de la mañana.

Necesito una lengua que me vista,
como un gorjeo,
y me habite
como un canto de sirenas
al atardecer.

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La adaptación al español se basa en la traducción al francés del árabe realizada por Rita Barotta.