El agua lo sabe
Es verano en el Norte Global e invierno en el Sur Global. Motivo más que suficiente para que Literatur.Review una el verano y el invierno en agosto y publique relatos, hasta ahora inéditos o sin traducir, procedentes del Norte y del Sur de nuestro mundo.
Eunice Tayamika Maganga es una escritora, periodista y productora de radio malauí afincada en Lilongwe, Malaui. Es licenciada en Educación Artística por la Universidad de Mzuzu y trabaja en Story Club FM como presentadora de radio, productora y responsable de marketing. En su trabajo desarrolla y presenta programas de carácter narrativo centrados en las artes, la cultura y las cuestiones sociales.
Además de su carrera en la radio, Maganga mantiene una intensa actividad literaria. Su obra explora cuestiones culturales, la literatura africana y temas de carácter humanitario. En 2025 participó en el Taller de Escritura Creativa de CANEX África, celebrado en Argelia. Su poesía ha sido publicada en la revista literaria Poda Poda, en el número «Mundanity» de diciembre de 2025, y varios de sus textos aparecerán próximamente en una antología.
Su escritura explora el duelo, la feminidad, la supervivencia y el devenir. Cuando no está detrás de un micrófono o de un cuaderno, probablemente esté releyendo La primera mujer, de Jennifer Nansubuga Makumbi.
No había forma de escapar de aquellas aguas embravecidas. Golpeaban con tanta saña el frágil cuerpo de Tikondwe que estuvo a punto de soltarse. Sin embargo, se aferraba a la rama con todas sus fuerzas. Tenía que llegar hasta su bebé, costara lo que costara.
¡Plaf!
Las olas rugientes la golpeaban, debilitando su agarre. Sus manos resbalaron. Lloró con el cielo. Una profunda sensación de impotencia la invadió. ¿Quién la oiría desde allí? Alzó los ojos hacia los cielos, hacia Dios, en busca de una respuesta. Nada. Nadie. Finalmente, lo comprendió. Aquello era su castigo. Había sido ella quien había atraído la desgracia sobre Ziyende. Su intento de asesinato había provocado la ira de Dios.
A pesar de aquella culpa persistente, estaba decidida a luchar contra la corriente que intentaba arrastrarla con fuerza hacia una muerte segura. Impulsada por la ferviente esperanza de que su bebé siguiera con vida, se zambulló de cabeza en las violentas y turbias aguas. Se retorcía, se contorsionaba mientras su cuerpo recibía una y otra vez los embates del agua. En un momento dado, distinguió claramente la silueta de un cuerpo, vestido con una camiseta azul y un pantalón vaquero.
Sin cabeza.
Un miedo atroz se apoderó de ella. Tenía que llegar hasta su bebé antes de que fuese demasiado tarde.
A lo lejos, se oyó un grito desgarrador. A pesar del fuerte aguacero, ni siquiera los espíritus podían dejar de oír sus gritos de terror. Milagrosamente, el horno en el que se encontraba resistía como una fortaleza en medio de la tormenta desatada. Aunque estaba situado en una zona desierta de Ziyende, tampoco había escapado a la carnicería. A su alrededor yacían los restos de lo que antes había sido un denso bosque, con cadáveres de animales salvajes esparcidos al azar. Reliquias de la Casa de los Espíritus: vasijas de arcilla multicolores hechas añicos, sacos de grano reventados y cubiertos de una espesa capa de barro marrón, calabazas aplastadas bajo el peso del granito y de los árboles. Era evidente que Dios había abandonado aquella tierra. Extrañamente, se había asegurado de salvar a la niña, como un último regalo de misericordia. Un querubín asustado, de apenas unas horas de vida, aterrorizado por los sonidos que resonaban a su alrededor, yacía allí, helado. Gritaba como si supiera que su madre se estaba abriendo paso desesperadamente a través del infierno para encontrarla.
Tikondwe la oyó. Siguió el rastro de sus gritos como un perro de caza. Golpeada, ensangrentada y magullada por el río desbordado, se mostró implacable. Avanzaba a tientas en la oscuridad, al borde de la locura. Cuando la encontró, acunó al diminuto ser, soplando sobre él y frotándolo para devolverle el calor. Cansada y herida, consiguió alimentarlo antes de acabar sumida en un sueño profundo. Tuvo una pesadilla.
Un hombre la violó. Era su tío, Tunduma. Le estaba llevando harina de maíz a su tía de parte de su madre cuando él, aprovechando de la ausencia de su esposa, la amenazó de muerte mientras la violaba. Con el paso del tiempo, había probado todo tipo de pócimas y venenos. La vida seguía ahí. La clínica estaba descartada; su primo trabajaba allí. No podía correr ese riesgo. Por eso, cuando sintió las contracciones y rompió aguas, huyó hacia las colinas.
Había querido matar al bebé. Mientras se retorcía de dolor en el horno, maldiciendo al universo mientras la cabeza del bebé asomaba, supo que no sería capaz de llegar hasta el final. Se abandonaría a los elementos. Al envolver al recién nacido en un zitenje, deseó que los cielos hicieran lo que consideraran oportuno. Pasarían meses antes de que alguien llegara hasta allí; pensó que el niño ya sería un fantasma para cuando alguien apareciera.
El sueño continuó. Se encontró con un hombre vestido con una camisa azul y un pantalón vaquero, que escuchaba una radio portátil. Emitía nuevas advertencias sobre la inminente llegada del ciclón Chitengamoyo. Él la miró brevemente. Ella pudo percibir su desconfianza y su juicio. Pero enseguida continuó su camino.
Tikondwe abrió los ojos de golpe. Había revuelo a su alrededor. Su mirada recorrió la multitud. ¿Vecinos del pueblo? ¿Equipos de rescate, quizás? Mientras escudriñaba sus rostros, demasiado débil para moverse, lo vio. La sangre se le heló en las venas.
Tunduma arañaba frenéticamente los escombros que la cubrían.
A su lado, su bebé yacía dormido, con la respiración entrecortada.
Los meses que siguieron fueron un auténtico torbellino. El ciclón Chitengamoyo había sido cruel. Se habían perdido familias, bienes y medios de subsistencia; la reconstrucción parecía inconcebible. Sin embargo, eso no detuvo los rumores.
«Parece que ella lo sedujo».
«Por favor, todo el mundo sabía que era una cualquiera».
«¿Estamos seguros de que el niño es siquiera suyo? Andaba con otros chicos, así que estoy segura de que, de todos modos, habían planeado hacerle cargar con el muerto».
«El niño está en el hospital luchando por su vida, mientras que esa bruja afirma que no tenía intención de matarlo. ¡Qué criatura tan despiadada! Incluso más que las inundaciones, diría yo. Ambos no han hecho más que arrebatárselo todo a los demás, sin dar nada a cambio».
«Me han dicho que las autoridades están implicadas. Han recorrido el barrio haciendo preguntas. ¡Ja! ¿Justo en este momento, cuando todos estamos intentando recuperarnos, es cuando deciden preguntar por esa chica? Imagínate: se presentan hoy a preguntarte por sus andanzas cuando no puedes localizar el cadáver de tu hermano. ¿Quién hace eso? Qué falta de consideración».
«Inu inuu. Solo quiero que esto acabe. Solo quiero que termine este año. Han pasado demasiadas cosas».
«Puede que lo Tikondwe hiciera en el santuario nos haya llevado a este momento. Todo aquello fue un presagio».
A medida que avanzaba la investigación sobre Tunduma, los rumores intensificaban. Los aldeanos estaban descontentos. Parecía que nadie estaba tan pendiente de los chismes como del bienestar colectivo. Muy pronto, como suele ocurrir, su atención se desvió hacia otros asuntos. Corrió el rumor de que llegarían ayudas del boma y de los azungu, lo que provocó un gran revuelo entre la gente. ¿Cuánto recibirían? ¿Qué pasaría con los bienes que habían perdido? ¿Cómo iban a enterrar a familiares y amigos sin tener sus cuerpos? No faltaban los horrores. Y, sin embargo, había esperanza. La comunidad bullía de actividad a medida que se recuperaban más cadáveres, encontrados en otros lugares, pero gravemente mutilados. ¿Cómo iban a recibir ayuda en esas circunstancias? Cada día surgían nuevas preguntas. Tikondwe suspiró aliviada al ver que todo aquello desviaba la atención de ella. Ya no había miradas de reprobación dirigidas hacia ella, ni chasquidos de lengua ni risas ahogadas. También encontraba consuelo junto a su madre, que había acudido rápidamente a su lado el día en que la tierra decidió que no todos en Ziyende vivirían para contarlo. Se quedó con ella, ayudándola a cuidar de su nieto, arrullando tanto a la madre como al niño para que se durmieran durante sus episodios de enfermedad. Tikondwe vio a su madre contener las lágrimas el día en que contó a las autoridades su terrible experiencia. Vio cómo su madre apretaba los puños cuando la interrogaron acerca del bebé. La tormenta también arreciaba aquel día. Era el eco del torbellino de dolor, culpa y miedo que llevaba dentro. Cuando salió del hospital, el sol asomaba tímidamente sobre el pasaje devastado de la pequeña aldea. Contempló aquella tierra que había sido su hogar durante los últimos diecisiete años, ahora despojada de vegetación y de cualquier atisbo de verdor. El calor era insoportable. En lo más profundo de su corazón, sabía que aquellos días se contaban entre los últimos que pasaría allí. Estaba decidida a marcharse.
Veinticinco años habían pasado. Ziyende, ahora exuberante y llena de vida, bullía de actividad. La mujer observaba la aldea con incredulidad. La niña que tenía a su lado no paraba de hablar de que se estaba perdiendo una fiesta y de que tenía prisa por volver a casa, a la ciudad, para reunirse con sus amigos. Tecleaba frenéticamente en su teléfono, con el ceño fruncido y los ojos clavados en la pantalla. La mujer esbozó una débil sonrisa mientras murmuraba algunas palabras, sin dejar de mirar a su alrededor, todavía conmocionada. Se adentraron un poco más en la aldea. Cuando llegaron al borde del parque, bajaron del coche y se encontraron con un guardia junto a la entrada. Este las saludó cortésmente y las condujo hasta una pequeña oficina situada en el interior.
«Bienvenidas de nuevo, señora B. Estamos encantados de que haya decidido participar en este proyecto».
«Muchísimas gracias, guardabosques Mitus. Ufulu puede ser muy insistente a veces, y ceder a sus caprichos es la única forma de recuperar la paz en casa. Insistió en que viniéramos hoy para la entrevista porque, al parecer, la fiesta de esta noche no puede esperar».
Él se rio. Ufulu se removió un poco en su silla, avergonzada de que la hubieran delatado. El guardabosques Mitus volvió su atención hacia la joven. Era la viva imagen de su madre, solo que de piel más oscura y con un aire más inocente. Y también menos nerviosa. Había notado que la señora B parecía bastante inquieta: se agitaba en la silla, le temblaban ligeramente las manos y su voz también sonaba un poco temblorosa. Lo sabía porque ya había tratado con ella anteriormente. Era una mujer que hablaba con convicción y se desenvolvía con cierta autoridad. Al fin y al cabo, era la nueva jefa de proyectos de la Sociedad para la Fauna Silvestre y el Medio Ambiente. ¿Por qué parecía tan ausente? Volvió a centrar su atención en Ufulu.
«Jovencita, ¿por qué elegiste este lugar para tu investigación? Solo tenemos doce árboles de la especie que estás estudiando. En Mavimbi hay más de mil».
Ella se encogió de hombros. «Bueno, en Mavimbi no se ha registrado ningún leopardo suelto últimamente, ¿verdad? Esperaba poder avistar alguno. Además, he oído que aquí podría haber un santuario que data de hace quinientos años. Sería genial poder verlo con mis propios ojos. Mamá cree que lo de querer meterme de lleno en el Nizimu es una fase pasajera, pero ya que estamos aquí…».
El guardabosques Mitus se removió en su silla.
«¿Nizimu? ¿Te refieres a la religión ancestral? ¿Por qué?».
Ufulu levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.
«¿Por qué no?».
La señora B miró discretamente a su hija. La inquietud se reflejaba en su rostro. Con un movimiento débil, le hizo un gesto al guardabosques para que no le prestara atención, pero se dio cuenta de que él estaba mucho más intrigado.
«Esperaba que solo fuera una fase y que se le pasaría, pero parece que va en serio. De todos modos, no consigo hacer que abandone ese interés. A estas alturas, ya no sé qué hacer», admitió.
El guardabosques Mitus miró alternativamente a la madre y a la hija y sonrió. No tenía intención de entrometerse en aquel curioso asunto familiar. Esa era una de las principales razones por las que había aprovechado la oportunidad cuando la señora B se había puesto en contacto con él en busca de apoyo para el proyecto de investigación de Ufulu. Solo la había visto en televisión y se había comunicado con ella por correo electrónico. No podía dejar pasar la oportunidad de conocerla en persona y presentar el proyecto de conservación que Ziyende quería poner en marcha, ahora que, por primera vez desde el ciclón Chitengamoyo, se habían avistado leopardos y otros depredadores.
«¿Vamos… al santuario? Ahí es donde se concentran los árboles que buscas».
La señora B dejó escapar un largo suspiro.
«Guíanos», concedió.
El corazón le latía desbocado y se preguntaba si Ufulu podría oírlo. Estaba temblando. Hizo como si se ajustara el vestido mientras seguían al guardabosques Mitus fuera de la oficina hasta su coche. Mientras ascendían por la pendiente, demasiado absorta en su propia angustia, no se dio cuenta de que Ufulu lanzaba una mirada furtiva a sus manos, que temblaban como si hubiera estado expuesta al frío. Era el día más caluroso del año.
El trayecto cuesta arriba fue el más largo de la vida de la señora B. No era tanta la distancia, pero a ella le pareció que duraba años. Con cada curva, revivía el horror del viaje hacia la pequeña Ufulu. Luchó por contener las lágrimas mientras un dolor agudo y punzante le atravesaba el pecho. Se golpeó el pecho con el puño, aferrándose a la tela ligera de su vestido. Casi dejó escapar un fuerte gemido cuando el guardabosques Mitus anunció que habían llegado. Todavía presa del dolor, vaciló antes de bajar del vehículo. Tanto Ufulu como el guardabosques ya habían salido y caminaban decididamente hacia el horno.
El horno.
Todo había comenzado allí. Lo que en su día fue un santuario que se mantuvo firme en medio del caos, ahora parecía desgastado y deteriorado por el paso del tiempo. La señora B se quedó paralizada. Recorrió el lugar con la mirada y vio cuánto había cambiado todo. Cuando se marchó, la tierra estaba desnuda y el santuario vacío y abandonado. Ahora había árboles… muchos árboles. Incluso el horno parecía menos imponente que el día en que se arrastró hasta él para llegar hasta Ufulu.
Tenía la mente nublada y los ojos ardientes por las lágrimas. Le faltaba el aire, jadeaba. Sentía como si cediese el suelo bajo sus pies. No veía con claridad, no oía a su hija gritar a su lado. Se oyó lanzar un grito profundo y gutural. No parecía en absoluto su propia voz.
El cielo se abrió sin previo aviso, de golpe, tal y como había ocurrido veinticinco años atrás. Como si hubiera estado esperando ese momento. Como si siempre hubiera sabido que ella regresaría allí. La sentía en el rostro y no podía secársela. Ya no podía distinguir qué era lluvia y qué era ella. Ufulu gritaba en algún lugar por encima de ella. La tierra bajo sus pies estaba blanda y cedía, exhalando el olor de todo lo que había enterrado allí. A lo lejos, una sirena. Intentó buscar el cielo con la mirada, pero sus ojos se encontraron con otra cosa: una tira de tela, descolorida, enredada entre las raíces de un árbol. Chitenje. El mismo azul y blanco con el que había envuelto a Ufulu aquella noche.
Después solo quedaron la oscuridad y el sonido de la lluvia.
Publicado originalmente en Writing Climate Resilience Africa: Short stories, essays and poetry, este relato se presenta aquí por gentileza del editor, Mbizo Chirasha.
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