Etnocidio

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Etnocidio

Desde el reconocimiento del otro hasta la defensa de una niña kogui, queda patente cómo el etnocidio comienza en la forma de pensar y cómo puede evitarse en la acción.
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Bruno Elías Maduro

Tras la fachada de la certeza comienza el verdadero cuestionamiento. En su columna filosófica UMBRAL, el filósofo colombiano Bruno Maduro nos lleva hasta los límites de nuestro conocimiento. Analiza la fe ciega en los dogmas científicos, cuestiona la construcción de nuestra historia y arroja luz sobre el enigma sin resolver de la condición humana. Un espacio para el pensamiento más allá de las ilusiones, allí donde la verdad a menudo solo destella en el error y en el reino intermedio de la intuición.

El proceso de Núremberg llevó a la mente humana las ideas de genocidio y etnocidio. Antes de ese proceso la mente y la ficción humana no consideraba las masacres de pueblos como un homicidio al género humano. A pesar de siglos de esclavitud y colonialismo, todavía a muchos le queda enorme aceptar la etnicidad del planeta. La mente del hombre ha tenido sus propias esclavitudes de las que aún no ha podido zafarse. Para comprender el término hay que internarse en un territorio sinuoso. La primera notación la arrancaríamos desde el concepto del yo de occidente moderno, de ese yo que como ente etnocentrico se cree un ser hombre superior, llámese el civilizado, o el ser más desarrollado o el más inteligente, o el más capaz. Esa concepción de la persona superior, es la base del yo que desconoce al otro distinto e igual. 

Un hombre no es nada más que un hombre frente a otro hombre igual. Esa idea, inicialmente cristiana, -del cristianismo primitivo- solo pudo racionalizarse en la modernidad de occidente con Kant, un europeo que le dio a sus coterráneos disciplina de humanidad entera. Antes de Kant la idea o categoría del otro había sido un ente desconocido como concepto. De hecho, el otro, es solo un extranjero. Un bárbaro. Un extraño. Un enemigo. O un esclavizado. O Un estorbo. Para el opresor, el otro es un instrumento. Un medio, no un fin en sí mismo. Jamás el otro podrá ser un igual. Jamás un otro igual a mí, dirá el etnocentrista. Por eso es lógico que aquel hombre que no reconoce la personalidad del otro como alguien distinto y con valores iguales a su persona, es un genocida en potencia. Un etnocida en la práctica.  Cuando en un acto de ventaja o de guerra, aquel hombre que no reconoce la personalidad del otro, tiene la oportunidad de someter pondrá en funcionamiento total sus tecnologías de crueldad. Las ideas de la reciprocidad y la colaboración solo serán usadas en la economía de un discurso aparente que disfraza una ferocidad contra el género. 

El etnocida dirá: si puedo hacerle trampa al otro que no es igual a mí, sería más provechoso. Si lo muerdo, lo estafo, le robo, lo constriño, le quito la vida misma, no se considerará, para el régimen que protege el etnocidio y luego el genocidio un delito de lesa humanidad, mucho menos una falta común. Al contrario, el etnocida al comportarse en su negación del otro, estaría realizando su propio ser excluyente y promoviendo una de las peores exclusiones del mundo humano. En esta posición donde el victimario es exitoso, éste podría ser considerado un héroe, sobre todo para aquellos que piensan como él y realizan sus mismas prácticas de exclusión. 

La humanidad etnocida y antikantiana parte de un principio; el otro no existe, y, si se aparece el otro frente a mí, dirá, no es un igual a mí. De hecho, el miembro del ku Klux Klan niega con su practica el pensar de Kant, y no solo de pensar, también de actuar. El Nazi también hace lo mismo que el partidario del ku Klux Klan: siguen una ruta análoga. 

Ahora bien, en ese mismo camino de los excluyentes anteriores, está el colonialista contemporáneo que arredra con sus instituciones demoledoras la extirpación de culturas y etnias. Está ese funcionario del estado moderno colonial que se cree superior, por ser funcionario y tener ventajas respecto a sus coterráneos. Ese funcionario de estado etnocida lo podemos detectar porque ejerce con desigualdad y exclusión totalitaria, y sigue la misma lógica homicida del genocida. 

El derecho a ser tratado como hombre se genera en la mente de un ser humano que se instala en su yo el deber de llegar a ser un garantizador. Por eso un operador funcional de estado debe primar la garantía, no la intimidación sobre los débiles o los distintos a él o su poder.  El yo del funcionario debe ser garante, asegurador, y protector, y con esas actuaciones contradecir u oponerse al totalitario. Puede haber un cambio en el operador estatal, pasar de ser un exclusor a decir: yo también puedo engendrar esa posibilidad de aceptar al diferente. El otro también está en mí. Pero, si no está, puedo aprender de él. Lo contrario es fácil: llegar a ser un maltratador, un racista. Un victimario. Un neo fascista. Un neocolonialista. Un esclavista por excelencia. 

Aceptar al otro es aprehenderlo, reconocerlo es antes conocimiento, es decir esfuerzo para entenderlo. Si el otro no está en mí y tengo poder para conminarlo, para avasallarlo, lo máximo que puedo detentar por él es lastima, nunca un reconocimiento digno de su persona. Cuando el yo actúa con lastima está cayendo, no en el mundo animal, porque aquí los animales no superan, estamos cayendo en un estado bajo donde las lesiones hacia el otro están cerquitas.  

El funcionario excluyente cae en un estado de desgracia humana donde su yo como ser se vuelve una estructura en contra de lo que hemos predicado como civilización. En él el hombre se vuelve contra el hombre mismo. (Nos parece extraño pero esa miseria ha gobernado por miles de años nuestra conciencia. Quizá hemos tenido que lidiar con ella y no hemos caído en la cuenta de que ha estado presente todos los días de nuestra existencia. Está ahí al lado nuestro). 

Por eso hoy es tan necesario oponerse a estas desgracias contra el género humano. La primera lucha contra el etnocidio comienza entonces en nuestro propio yo. Cuando desbaratamos los automatismos que nos han vendido o inculcado. Cuando empezamos a aceptar que el otro no es un instrumento, no es un entreacto, no es una pieza para usar y botar. No es un medio para nuestros fines. Recordando a Kant, cuando hacemos lo contrario, el otro es considerado algo debajo de mí, y caemos, nosotros mismos, en la posibilidad de despreciarlo, de no valorarlo a él como un ser humano, despreciamos su cultura, su lengua sus tradiciones, sus costumbres. Estas si son las estructuras elementales de un etnocidio.

Al iniciar el aprendizaje etnocida, y al entrar en su territorio, muchas veces sin querer, empezamos a pertenecer a una secta segregacionista que niega con su práctica la dignidad humana, y con esta entrada estamos construyendo en nosotros mismos un yo victimario. Un yo que posee una gran carga malévola de la cual debemos sacudirnos y liberarnos. Tenemos que ser coherentes y  decir adiós al asco excluyente que recae sobre ese otro inocente que es rechazado por su etnia o sus costumbres y lenguas. Sin esa primera liberación la génesis de las masacres y las desapariciones, de los desarraigos, de las masacres y de los homicidios de lesa humanidad, están a la vuelta de la esquina.

Una concepción excluyente y genocida con el poder para generar miseria humana, acompañado de una mente pervertida es el verdadero caldo de cultivo para acabar con los pueblos.  El etnocidio es una institución que está en el yo del opresor, porque mata el hombre distinto desde el interior del alma del segregacionista. El etnocida quiere que el otro no solo destruya su cultura y su identidad, sino que se parezca a él. Y más aún, si esa identidad del otro diferente le hace daño a su forma de vivir y actuar entonces lo forzará a que se niegue y se asimile.

El yo entrenado en victimización no necesita odiar para ser etnocida, solo creer que el otro es un ser banal, menor o quizá una basura. Y listo, vengan las exclusiones. Si estas condiciones mentales están presentes en quienes están con ventaja o con armas, como los funcionarios de estado, no queda otra alternativa que huir de ellos, pues muchas veces la capacidad para enfrentarlos es a veces un imposible.

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PD de la evitación de un etnocidio infantil. 
Es necesario esta pos data para manifestar la defensa que hicimos de una niña Kogui que había sido sustraída a la comunidad indígena por parte de varias entidades del estado colombiano que deberían proteger los niños y niñas nativas, pero en este caso, violaron derechos étnicos contra una bebé indígena. La niña había sido llevada por la madre a una clínica para su atención de urgencia con neumonía, los funcionarios de la clínica le impidieron su acompañamiento en el hospital a los nativos, en plena discriminación. Pero, después de la alta médica de la niña, el instituto de protección le negó las visitas y el acercamiento de la madre con su niña, en un acto cruel. Mi defensa giró alrededor de este artículo que previamente ya había escrito. A la niña nativa, los funcionarios estatales la aislaron de la comunidad y de su núcleo familiar. Luché como su abogado contra esas injustas, y después de un año largo, casi dos, logramos que se devolviera la niña a la comunidad. El caso lo llevé a la máxima corporación judicial de nuestro país, la HCSJ o Corte suprema de justicia. La sala civil de la corte emitió el 25 de abril de 2025 la sentencia STC5820-2025, donde estimó que la sustracción de la niña era cierta y había violación de derechos étnicos, como lo argumentaba mi defensa, y que a la niña indígena se le debía generar la recuperación de sus derechos nativos con su núcleo familiar, no aislada en un hogar sustituto civil que no tenía nativos ni conocimiento de su cultura ni de su lengua. La niña estuvo aislada por esos largos meses de su comunidad y madre. La defensa no fue fácil. También atacamos al Instituto de antropología oficial de Colombia, porque éste no ha enseñado a los funcionarios del estado sobre esas comunidades, aunque tienen los recursos y los conocimientos en el área. Asimismo, abordé varias facultades de antropología que conocen supuestamente los Koguis de SNSM. Ninguno respondió, las excusas pulularon. Hoy la niña Kogui está de nuevo en su comunidad, y el peligro de transformarla en civil cesó. No hay en Colombia una estadística oficial ni académica de cuantos niños nativos sufren este daño étnico por parte del estado mismo, pues los procesos de este tipo son sometidos a reservas judiciales, y la mayoría de indígenas no conocen la lengua castellana ni saben absolutamente del sistema judicial. Esta sentencia sentó un precedente nacional, aunque los medios de comunicación colombianos no la han querido divulgar.

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Bibliografía
Fernández García, A., Fernández, A., Rodríguez Jiménez, J. L. (1996). 
El juicio de Nuremberg, cincuenta años después. 
España: Arco Libros.

Maduro, B E. (2026) 
Antropología Dual. Una etnografía vista desde el otro. Adiós al objeto humano. 
Cartagena Colombia. Ed. Paidia ediciones

Pérez Triviño, J. L. (2016). 
Los juicios de Nuremberg. 
España: Editorial UOC, S.L

STC5820-2025 Radicación n.° 11001-02-04-000-2024-02623-02 
(Aprobado en sesión de veintitrés de abril de dos mil veinticinco) 
Bogotá D.C., veinticinco (25) de abril de dos mil veinticinco (2025). 
FERNANDO AUGUSTO JIMÉNEZ VALDERRAMA Magistrado Ponente Corte Suprema de justicia- Colombia.


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