Los gritos en el sótano de la estética
Vicdan –la palabra azerbaiyana para «conciencia»– es el punto de partida de esta columna de Abil Hasanov. Sus textos interpretan la literatura y la filosofía como formas de reafirmación de uno mismo y de resistencia: contra el dogma, contra el poder y contra la comodidad intelectual. En el centro se sitúan pensadores y poetas cuya obra reivindica la unidad entre convicción y existencia. La crítica aparece aquí como una forma precisa de juzgar —y como práctica de la libertad de espíritu.
Roberto Bolaño escribió Nocturno de Chile como si en lugar de una pluma tuviera un bisturí en la mano. Pero no corta en la carne, sino en la conciencia. Y de esta herida no brota pus, sino versos de la Antigua Grecia, gramática latina y plegarias litúrgicas. No se trata de la decadencia de un solo individuo, sino del colapso moral de toda una época, de toda una clase intelectual.
El protagonista, Sebastián Urrutia Lacroix —sacerdote, crítico literario y profesional del no ver—, se encuentra en su lecho de muerte y emprende un recorrido nocturno por su conciencia. Pero esta carrera no le lleva hacia delante, sino a los pasillos húmedos y oscuros de la memoria. Urrutia quiere demostrarnos que siempre ha amado únicamente el arte. Que solo ha leído a Aristóteles, observado halcones y recorrido las cimas de la estética. Pero, ¿cómo es posible que desde esas cimas no viera lo que ocurría en las sangrientas calles de abajo?
Ahí radica precisamente la maestría de Bolaño: no nos explica el horror de la dictadura con tanques, sino con las frases corteses de un sacerdote que imparte clases de marxismo a Pinochet. Nos hace oír el crujido de esa columna vertebral intelectual que se inclina ante el dictador.
El momento más estremecedor es el episodio de la casa de María Canales. En la planta superior, la élite chilena bebe vino y se entusiasma con la poesía y el modernismo europeo, mientras que en el sótano de esa misma casa se tortura a personas hasta la muerte. Esta es la prueba de cuán maravillosamente puede la cultura servir de máscara para la barbarie. Todos oyen esos gritos, pero el sabor del vino y la seducción de la rima los ahogan.
Esta novela consta de un único párrafo. Porque a la decadencia de la conciencia no se le pone punto. Bolaño nos dice: memoriza los clásicos todo lo que quieras; si tu estética se erige sobre el dolor ajeno, ese arte no es más que un silencio refinado.
Cuanto más habla Urrutia para lavar su conciencia, más se hunde. Porque cada palabra se convierte en una nueva confesión de ese silencio de tantos años. Al final queda claro: hay noches tan oscuras en la historia que mantenerse neutral significa elegir el más negro de todos los colores.
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